Con las palabras de las víctimas del exterminio…

El historiador Saul Friedländer recibió el Pulitzer por el segundo volumen de El Tercer Reich y los judíos (1939-1945), que se publica ahora en castellano y en el que repasa el horror nazi a partir de los diarios de asesinados y supervivientes.

Un prisionero del campo de Buchenwald mira detenidamente desde su litera, durante la liberación en abril de 1945 por las tropas aliadas. - AFP/ERIC SCHWAB

PEIO H. RIAÑO – MADRID – 22/12/2009 07:00

Junto a los crematorios más activos del exterminio nazi se encontraron enterrados al final de la II Guerra Mundial tres diarios similares. Eran los de Zalman Gradowski, Zalman Leventhal y Leyb Langfus. Gradowski fue deportado a Auschwitz en noviembre de 1942 desde Lona con toda su familia: madre, esposa, dos hermanas, cuñado y suegro. La familia entera fue gaseada el 8 de diciembre de ese mismo año, excepto el propio Gradowski, que fue destinado al Sonderkommando (las unidades de trabajo formadas por judíos, seleccionados para trabajar en las cámaras de gas y crematorios). Gradowski escondió cuatro libretas.

Los diaristas de los Sonderkommando sabían, como cuenta Saul Friedländer en el magnífico El Tercer Reich y los judíos (1939-1945). Los años del exterminio (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), que no se les permitiría sobrevivir, ya que eran testigos, y tampoco podían esperar sobrevivir al levantamiento que estaban preparando dentro del campo de exterminio. Justo antes de la rebelión que protagonizaron en octubre de 1944, Gradowski, uno de los cabecillas, enterró sus cuadernos.

La crónica desde el horno que Gradowski traza en uno de sus cuadernos entra a fondo en el detalle del espanto: “El cabello era lo primero que se quemaba. La piel, inmersa en las llamas, ardía al cabo de unos segundos. Entonces empezaban a levantarse brazos y piernas: los vasos sanguíneos se expandían y causaban esos movimientos de los miembros. Ahora ya ardía ferozmente todo el cuerpo; la piel se había consumido y la grasa goteaba y siseaba entre las llamas [] La cabeza era lo que más tardaba en arder; dos llamitas azules surgían de las cuencas de los ojos, que ardían con el cerebro. [...] Todo el proceso duraba 20 minutos, y un ser humano, un mundo, se había convertido en cenizas”.

“Estas fuentes son importantes, pero buscan la emoción”, dice Julián Casanova

“La historia de la aniquilación de los judíos europeos a nivel individual se puede reconstruir desde la perspectiva de las víctimas no sólo a partir de testimonios posteriores a la guerra, sino también gracias al número inusualmente elevado de diarios y cartas escritos durante aquella época y recuperados a lo largo de la década siguiente”, cuenta Saul Friedländer (Praga, 1932), que acude a diarios tan sonados como el de Victor Klemperer, Ana Frank o Primo Levi y a otros desconocidos por completo. Diarios, cartas, postales, informes, de todas las condiciones sociales, de todos los grupos de edad, es la materia prima con la que recorre desde septiembre de 1939 a mayo de 1945 la persecución y el exterminio judío.

Estos testimonios son una fuente historiográfica principal, “siguen siendo testimonios cruciales e inestimables”, cuenta el autor para el que la memoria activa “no se puede controlar”. “Schneller, schneller, schneller (más rápido, más rápido, más rápido), todavía resuena en mis oídos, esa era la consigna: comer, dormir, trabajar, morir a paso ligero”, escribió Greta Salus, presa de Auschwitz. “A menudo le he preguntado a personas que han sufrido la misma experiencia cuáles fueron sus impresiones al llegar a Auschwitz. La mayoría no podían contar demasiado y casi todos decían que estaban completamente confundidos y aturdidos, como si les hubiesen golpeado en la cabeza. Todos percibían los reflectores como una tortura, y el ruido como algo insoportable”. La memoria que no calla.

“En la explanada del campo, me hundí hasta las rodillas en dinero”

Lo que dicen las fuentes

Para otros historiadores como Julián Casanova, estas fuentes deben ser tratadas críticamente porque “es una parte menos fiable para el estudio historiográfico”. El catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza cree que estos testimonios aportan datos importantes, y datos concretos, pero “están muy relacionados con lo emocional”. Lamenta que en los últimos años se está viviendo una trivialización de la historia en busca de más lectores. “La Historia no es sólo poner un micrófono y recoger las palabras. Este tipo de fuentes son importantes, pero buscan la emoción más que el análisis”, añade Casanova.

La intención de Friedländer, por encima de cualquier conclusión histórica, es mantener viva la memoria, recordar siempre los exterminios de los nazis para tener presente que los seres humanos pueden cometer “los actos más inimaginables de asesinato y destrucción masiva”, sin que su nivel cultural tenga que ver con el comportamiento más bárbaro de toda la historia moderna. De ahí que centre todo el interés en los capítulos que forman parte de Los años del exterminio en las voces de los diaristas. “Por su misma naturaleza, por la fuerza de su humanidad y su libertad, una voz individual que surge de pronto en el curso de una narración histórica ordinaria de acontecimientos”.

Louise declaró: “Estudiante”. A la izquierda, a la cámara de gas

Hay una clara intención por parte del autor de conmover, de impactar con la voz individual de la víctima. Hay gritos y susurros, hay sorpresa y desesperación, también hay esperanza, pero por un error de interpretación de los acontecimientos por parte de quien los sufre. “Suele ocurrir escribe Friedländer que la inmediatez de un testigo desata nuestra propia reacción emocional y sacude nuestra anterior representación de esos acontecimientos históricos extremos”. Desde esa postura, el historiador renuncia explícitamente a domesticar su incredulidad, para mantenerle despierto ante el grito del horror.

El antiguo oficial de policía austriaco y experto en eutanasia Franz Stangl viaja a Treblinka por primera vez en julio de 1942 y se encuentra con un auténtico caos: “Fui en coche hasta allí con un chófer de la SS [...] Se olía a kilómetros de distancia. La carretera discurría junto a las vías del ferrocarril. Cuando estábamos a unos 15 o 20 minutos en coche de Treblinka empezamos a ver cadáveres junto a la vía del ferrocarril, primero dos o tres, luego más, y al llegar a la estación de Treblinka había centenares, allí tirados, y obviamente llevaban días así, al calor. En la estación se encontraba un tren lleno de judíos, algunos muertos, otros todavía vivos [...] Cuando entramos en el campo y salimos del coche en la explanada, me hundí hasta las rodillas en dinero; no sabía hacia dónde ir, adónde dirigirme. Iba vadeando billetes, monedas, piedras preciosas, joyas, ropas El hedor era indescriptible; había centenares o incluso miles de cuerpos por todas partes, descomponiéndose, pudriéndose”. Todo esto sucedía mientras, al otro lado de la alambrada, los guardias se emborrachaban, bailaban y cantaban.

Adiós a la inocencia

“Son testimonios cruciales e inestimables”, cuenta el autor

“Mi querido papaíto, malas noticias: después de mi tía, me llega ahora el turno de partir a mí”, arranca la postal que Louise Jacobson, de 17 años de edad, escribió rápido con lapicero el 12 de febrero de 1943 desde Drancy a su padre en París. “Nos vamos mañana por la mañana. Estoy con mis amigas, ya que muchas también vienen. He confiado mi reloj y otras pertenencias a gente decente de mi habitación. Papá, te beso cien mil veces con todas mis fuerzas. Valor y hasta pronto”. Así, el 13 de febrero de 1943 Louise parte para Auschwitz con 1.000 judíos más. Una amiga superviviente, ingeniera química, pasó la selección con ella. “Diles que eres química”, le habían susurrado. Cuando llegó el turno y le preguntaron cuál era su profesión, Louise declaró: “Estudiante”; fue enviada a la izquierda, a la cámara de gas.

Friedländer combina el relato de la aniquilación de los judíos europeos, las decisiones de los altos mandos sobre “la solución final”, la falta de solidaridad con los judíos que demostraron comunidades religiosas, instituciones o asociaciones profesionales de Alemania y del resto de Europa. “Por el contrario, muchas organizaciones sociales y grupos de poder se vieron directamente implicados en la expropiación de los judíos y se mostraron ansiosos, aunque sólo fuera por codicia, de su desaparición sistemática”, cuenta el historiador, para acabar con la inmensa masa de víctimas silenciadas.

El silencio del santo

Archivos bajo llave
La actitud del Vaticano sigue siendo oscurantista con respecto a los archivos que definen el papel del papa Pío XII. “Los historiadores no hemos conseguido acceder a estos archivos, lo que representa una limitación fundamental”. Saul Friedländer aborda la actitud del Papa con el detalle que la documentación disponible le permite. Con las fuentes de las que dispone, el Papa a punto de santo tuvo una actitud criticable.

La era del silencio
Desde principios de 1942 las noticias del exterminio judío llegaban al Vaticano de las fuentes más diversas. En mayo de 1942, el abad Piero Scavizzi enviaba el siguiente informe a Pío XII: “La lucha contra los judíos es implacable y se intensifica constantemente, con deportaciones y ejecuciones en masa. La masacre de los judíos en Ucrania ya está casi completa. En Polonia y Alemania quieren completarla también con un sistema de asesinatos”. Otras notas de tantos otros observadores le preguntan a su eminencia si tiene alguna información que confirme el exterminio. “Si es así, me gustaría saber si el Santo Padre tiene alguna sugerencia en cuanto a la forma práctica en que se podrían utilizar las fuerzas de la opinión pública civilizada para evitar la continuación de estas barbaridades”. La respuesta habitual fue resumida en un terrible: “Ya han llegado a la Santa Sede noticias de otras fuentes sobre las duras medidas tomadas contra los no arios, pero hasta el momento presente no ha sido posible verificar su exactitud”.

No a la condena
Friedländer se pregunta: “¿Por qué el líder nazi no hizo el menor movimiento para impedir una amenaza de una declaración pública del Papa contra la deportación y el exterminio de los judíos?”. A lo que añade: “Una condena pública por parte del Papa habría sido un desastre propagandístico a escala mundial. Sólo resulta plausible una respuesta: Hitler y sus acólitos tenían que estar convencidos de que el Papa no protestaría”.

La sorpresa de Goebbels
En este sentido, el historiador recoge algunos apuntes del diario de Goebbels que muestran la actitud de Pío XII ante los ojos del Ejército nazi: “He oído en las fuentes más diversas que se podría hacer algo con el Papa actual. Se supone que comparte, al menos en cierta medida, algunos puntos de vista muy razonables, y que no es hostil al nacionalsocialismo, como cabría suponer por las declaraciones de algunos de sus obispos”. Estos apuntes de Goebbles aclaran que el Papa estaba “más cerca de nosotros de lo que normalmente se cree”.

La Iglesia alemana clamó contra el mutismo
Al contrario que Pio XII, los obispos alemanes alzan la voz en agosto de 1943. Todos ellos firman la “petición a favor de los judíos” y lo envían a Hitler y a otros miembros de la élite del partido. En esa carta apuntan que han conocido la deportación de no arios de una manera que burla todos los derechos humanos. “Es nuestro sagrado deber defender los derechos inalienables de todos los hombres, garantizados por la ley natural. El mundo no comprendería que no fuéramos capaces de alzar la voz bien alta contra la privación de derechos de todas esas personas inocentes. Seríamos culpables ante Dios y ante los hombres por nuestro silencio”.

Público.es

http://www.publico.es/culturas/280054/palabras/victimas/exterminio

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