Nadie en el ataúd blanco…

Una denuncia sobre un bebé desaparecido en La Línea en 1967 genera un goteo de dudas en toda Andalucía y desempolva el caso del tráfico de niños robados para su adopción en el franquismo.

Pedro Ingelmo / Cádiz | Actualizado 20.06.2010.

Muchos madrileños de más de 40 años escucharían esta broma de sus madres: “A ti te compramos en el Rastro”. Esa broma, un tanto cruel, escondía un tabú. El célebre auto del juez Garzón sobre el franquismo, ya papel mojado, ponía cifras a ese tabú: 30.000 niños fueron arrancados a sus madres en la posguerra para entregarlos a familias adineradas o al auxilio social. Garzón se basó en varios estudios, entre ellos, el del sociólogo Francisco González de Tena, que había realizado un trabajo sobre la maternidad de Madrid, situada en la calle O’Donnell. En su libro Niños olvidados en el cuarto oscuro, el sociólogo indaga sobre una extraña epidemia de otitis que provocó numerosas muertes de bebés. Corría 1964.

El relato de una profesora de sordos, Mar Soriano, es sólo uno de los que se pueden encontrar en las diferentes páginas web dedicadas al tema. Hay toda una red social en torno a este asunto. Su madre dio a luz a su hermana ese año en la clínica O’Donnell. Nació aparentemente sana. Fue llevada a la incubadora y, a los pocos días, se le comunicó a su madre su fallecimiento. No le enseñaron el cuerpo, sólo un acta de defunción. Años después, cuando Mar daba una conferencia en Austria, un asistente se le acercó para decir que conocía a su hermana o a alguien clavada a ella. Mar dijo que se equivocaba, que no tenía ninguna hermana en Austria. Tiempo después, ató cabos. Un hecho no cuadra. En 1964 la otitis ya no era una enfermedad mortal.

González de Tena forma parte de un equipo que recopila información, que incluiría pruebas de ADN, para demostrar lo incontestable de los hechos e incluso analizar una posible relación con otros que se hubieran producido fuera de Madrid. “Hay que diferenciar el robo de niños como modo de represión a los vencidos de aquellos que fueron por mero lucro y con pretensión de impunidad. Los casos de O’Donnell serían de los segundos”, explica González de Tena, luchador incansable de la causa de la memoria histórica. El funcionamiento de esa presunta red hubiera necesitado de la complicidad de notarios, médicos y las religiosas que estaban a cargo de las maternidades.

Muy lejos de la clínica O’Donnell, pero cerca en el tiempo, en 1963, se produce un extraño hecho en el Zamacola de Cádiz. La madre de Miguel [nombre supuesto], invidente, tuvo once hijos. En su quinto parto alumbró una niña de mucho pelo y buenos pulmones. No volvió a verla. A los dos días, le pusieron en su regazo a un niño con poco pelo y enfermizo. Protestó, pero nadie la tomó en serio. Resignada, intentó sacar adelante al varón que le habían entregado. Tras varias operaciones, el bebé falleció. Tiempo después una monjita se acercó a ella para susurrarle: tú tenías razón. Mantuvo el secreto hasta sus últimos días, cuando decidió revelarle a uno de los hermanos de Miguel que tenían una hermana en algún lugar a la que nunca conocerían.

Han sido las hermanas Díaz Carrasco, residentes en Irún, las que han trasladado a Andalucía la polémica. Su hermano, supuestamente, falleció en La Línea en 1967 al poco de nacer. Cristina Díaz Carrasco ha ido amasando la convicción de que algo extraño sucedió el 5 de noviembre de aquel año en ese hospital municipal. En principio, estaba la historia de su madre y la foto que ilustra esta información: es su abuela sosteniendo el cuerpo sin vida del hermanito. ¿Su hermanito? “Mi madre fue anestesiada en el parto, nunca vio a su hijo. Cuando mi abuela exigió que le enseñaran el cuerpo del bebé le entregaron a ese niño. Pese a que el informe del parto dice que fue sacado con ventosa, la imagen del bebé no ofrece lugar a dudas de que no tiene el aspecto de haberle sido aplicada la ventosa. Pero es que, además, es enorme para ser un recién nacido”. Ese niño, en cualquier caso, tuvo una tumba a la que la familia llevaba flores en sus vacaciones en el sur, hasta que en 1980 desapareció por unas obras. Al morir su madre en 2006, las hermanas quisieron poner en su lápida el nombre de su hijo. Se encontraron con que en el registro del cementerio no constaba el entierro de ningún niño en esas fechas. ¿A quién le había estado llevando flores su madre todos esos años? “Sospecho que el niño que enseñaron a mi abuela era el que utilizaban para otras madres a las que le sucedió lo mismo”. Su caso no es el único. Desde que presentaron la denuncia, otras ocho personas han contado historias similares en La Línea, y hay más casos de las que las hermanas Díaz Carrasco han tenido noticia en Cádiz, Málaga, Sevilla y Jaén. “Actuaban de forma distinta, en unos se les mostraba un ataúd blanco, en otros se decía que se le enterró y ya está, en otras aparecía una monjita para decirle a la madre que era mejor que no viera al niño… Tengo testimonios que afirman que por entonces se pagaban 200.000 pesetas por un bebé sano”.

Abelardo García ejercía de ginecólogo en La Línea en 1967, pero asegura que no trabajaba en el hospital municipal, pese a que su nombre aparece en el certificado de ingreso de la mujer que precedió a la madre de Cristina Díaz. No cree que sucediera nada extraño en la maternidad. “Ya no vive ninguno de los tres médicos que trabajaban en el hospital, pero puedo decir que, en esos tiempos, si nacía un feto muerto no se hacía certificado, sino un legado de aborto. No existía la burocracia actual y temo que se hayan barrido los archivos del hospital municipal”.

Ángeles Ayuso, fiscal jefe de la Audiencia de Cádiz, espera conocer el informe que se está elaborando en Algeciras para saber si es posible actuar en estos casos, aunque reconoce que “es difícil. A las familias no se les puede dar esperanzas ni quitárselas. Habría que ver el enfoque a adoptar para no caer en la prescripción del posible delito y, en el caso de que existiera, contra quién se podría actuar”.

Benjamín Prado es autor de un maravilloso libro, Mala gente que camina. Trata de los bebés robados, de personas con identidad falsa que crecieron en un engaño. Prado dice que “en España siempre creímos que eso sólo ocurrió en las dictaduras, mucho más cortas, de Argentina o Chile. La justicia no quiere investigar hasta qué punto eso mismo sucedió aquí”. ¿Cuántos españoles viven sin saber que no son quienes les dijeron que son? ¿A cuántos compraron en el Rastro?

Diario de Sevilla -vía Yahho noticias:

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