Visitar a Machado…Una historia llena de dolor…

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ES una de las historias más tristes que un país puede contarse a sí mismo. Febrero, 1939. Antonio Machado y su madre, su hermano José y la mujer de este, Matea, llegan a Collioure (Francia) el 28 de enero. Llevan encima el aturdimiento de un viaje sin esperanza, que parte del dolor y del cansancio y va a la nada. Será la culminación, para Antonio y también para Ana Ruiz, su madre, de una retirada fatal que se inicia en el 36 y se acelera agónicamente cuando se anuncia como inminente la caída de Barcelona. Al comienzo de la guerra, Antonio, profesor de instituto en Madrid, abandona la ciudad y se instala en Rocafort, Valencia. En el 38, pasan a Barcelona y, el 22 de enero del 39, se unen a la riada confusa y desesperada que lucha por llegar a Francia.
Café, leche y pan
Monique Alonso, artífice de la Fundación Antonio Machado en Collioure, hija de exiliados españoles, nos cuenta en vivo, paso a paso sobre el asfalto de las calles de Collioure, los detalles de la llegada de los Machado. Con la ayuda de Corpus Barga suben al tren que los deja en la estación de Collioure. Caminan, exhaustos, en busca de un hotel. Doña Ana Ruiz no puede más: Corpus Barga la lleva en brazos y ella pregunta que cuándo llegarán a Sevilla. Delante de una mercería (hoy es una tienda de vinos) han puesto una mesa con café, leche y pan para los refugiados. Allí acogen al grupo exhausto.
Un libro de Jacques Issorel, Collioure 1939, ‘Últimos días de Antonio Machado’, recoge testimonios tristísimos. A menudo Machado no bajaba a cenar, ni tampoco a almorzar al día siguiente. Madame Quintana preguntaba si se encontraba enfermo. Pero la razón era la falta de dinero para abonar los gastos del hotel. La dueña insistió en que no debía preocuparse.
Más triste aún es el episodio de la camisa. Antonio y su hermano José no bajaban nunca juntos a comer. Sólo tenían una camisa presentable, y se turnaban para ponérsela y acudir al comedor. Madame Quintana, al enterarse, les facilitó mudas de ropa a ambos.
El poeta Antonio Jiménez Millán cuenta en la cena la historia de Guiomar. Aquel otro milagro de la primavera que esperaba el corazón de don Antonio se quedó en cálculo e indecisiones por parte de la amada, la madonna del Pilar, que veía, a medida que avanzaba la guerra, un peligro cada vez mayor en su amador republicano. Machado, elegido por Guiomar por despecho -su marido la engañaba con una joven que se suicidó-, se reunía furtivamente con ella en un jardín de Moncloa o en un reservado de una taberna del barrio de Tetuán. Pero el milagro hospitalario de Leonor no iba a repetirse.
De todo esto se acordaría don Antonio en sus horas agónicas al otro lado de la frontera. Imaginamos su insoportable pesadumbre, ya postrado en su cama de metal verde de Collioure, su certeza del final en medio del quebranto absoluto del mundo, de la derrota de las amadas ideas y de los sueños de civismo y libertad, de la pérdida de todo asidero e ilusión. Pero en el centro de la más amarga de las desesperanzas, casi ya en compañía de la muerte más torva y esquelética, el poeta aún encuentra palabras para nombrar los únicos restos que halla de belleza y de luz: estos días azules y este sol de la infancia.
En el cementerio
En el cementerio de Collioure una multitud se aprieta en torno a la sepultura de Machado en un homenaje que se celebra cada año el domingo más próximo a la fecha de su muerte. Es imposible abrir brecha y escuchar las palabras y las ofrendas. De pronto, en la periferia de ese círculo apretado, suena una guitarra y una voz conocida. -Parece Paco Ibáñez. ¿Quién lo imita tan bien? Y es que era Paco Ibáñez, que se había acercado a Collioure, por amor al maestro, a cantar unas cuantas canciones que emocionan a todos.
Entre los visitantes que han viajado desde España, una señora elegante y alta lleva un foulard que es la bandera republicana. Le pido permiso para fotografiarla; se llama Ventureta Ballús, huyó en el 39 con cinco meses del pueblo en el que su padre era teniente de alcalde y ahora pertenece a ARMH, Asociación para la Recuperación de a Memoria Histórica. Su hija es jurista en la ONU especializada en casos de desaparecidos. Todos los visitantes tienen una historia y el cementerio se vuelve cálido y acogedor. La lápida, cubierta de ramos y ofrendas, apenas deja ver el apellido de Machado.
Las autoridades andaluzas depositan en la tumba una pequeña maceta de arrayán del palacio de las Dueñas. Un exvoto que lleva algo de aquel sol de la infancia entrevisto en los últimos días. Al fondo de la calle, la rue Machado, el arroyo Douy se abre a un segmento de mar que un viento muy frío peina con estelas de espuma. Sí hay camino, caminante. «En la poesía de Machado, escribe Emilio Lledó, se hace resonar la historia del país al que querríamos pertenecer».
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