Franco prefería una guerra rápida y limpia…

el-arte-de-matarJorge M. Reverte publica una nueva versión de las intenciones del general

MADRID – 27/03/2009 08:00

El periodista Jorge M. Reverte anuncia en las dedicatorias de su nuevo libro sobre la Guerra Civil que El arte de matar. Cómo se hizo la Guerra Civil española (RBA) es su “definitivo libro” sobre el asunto, o al menos eso cree. Todo puede pasar porque a fuerza de trastear en archivos va añadiendo documentación inédita a sus futuros libros. En este caso ha juntado un tesoro sobre las cartas que aclaran la visión de la guerra del general del Ejército Popular Vicente Rojo. En el Archivo Histórico Nacional (AHN), los documentos del EMC y del Archivo General Militar de Ávila aclaran la visión estratégica del general: “Resulta chocante su obsesión por la batalla decisiva, por el desarrollo de alguna ofensiva que acabara la guerra de un plumazo”, escribe el autor en el prólogo del libro.

En El arte de matar Reverte confirma que uno de los fallos más graves del Ejército Popular fue la visión tan distante que mantenían Manuel Azaña, presidente de la República, y Juan Negrín, presidente del Gobierno. El primero quería resistir como fuera para que las potencias europeas obligaran a un cese de las hostilidades al Ejército Rebelde y el otro lanzar ofensivas decisivas. Tan ingenua una como la otra al mirarlas hoy. “Azaña nunca perdió la esperanza de que las potencias europeas plantaran cara a Hitler y ayudaran a la República”, explica el escritor a este periódico.

Resistir como sea

Rojo fue el mejor general, según Reverte, pero cometió el error de creer que podría dedicarse a la actitud ofensiva con los escasos recursos que tenía. “Se queja constantemente de que no tiene oficiales preparados. Y con lo que tuvo hizo operaciones increíbles, como el cruce del Ebro y otros planteamientos mucho más ingeniosos que los de sus enemigos”. Entre los logros, el periodista destaca sobre todo la defensa de Madrid y aprovecha las remontadas del Ejército Popular, para proponer una nueva teoría a la actitud de Franco: “No es que quisiera que la guerra durase más, es que Franco no pudo ganarla antes”.

Franco demostró que su soberbia fue el origen de su torpeza en el campo, como quedo claro en el empecinamiento por conquistar una plaza inútil como Teruel. No fue un buen estratega militar, fue un “buen estratega político”. Y no consiguió su batalla rápida porque la planteó mal: “En el ataque a Madrid echa todo lo que tiene, pero se encuentra con una gente que le resiste. En las interpretaciones que apoyan la idea de una guerra de desgaste y represión, se olvida del Ejército Popular, que consigue rehacerse una y otra vez. Madrid fue una obsesión para Franco y Madrid se le resistió siempre”, explica Jorge M. Reverte.

La idea de que Franco quería alargar la guerra la formuló Dionisio Ridruejo y luego la adoptaron historiadores como Paul Preston o Ángel Viñas. “Pero es una teoría que no se sostiene sostiene el autor, porque está amparada por una ideología que describe a Franco como un asesino que quería matar más. Y Franco no necesitó guerra para seguir matando, porque lo hizo hasta el año 1943 de una manera sistemática y masiva”. No olvida que, aunque Franco prefiriese una batalla rápida, la idea de Mola era “matar en pocas semanas a 100.000 personas”.

http://www.publico.es/culturas/213355/franco/preferia/guerra/rapida/limpia

Historias bélicas de niños viejos

Un viaje, en forma de libro, a las vivencias infantiles de la Guerra Civil y el exilio

EL PAÍS  –  Cultura – 27-03-2009

La guerra pone las vidas patas arriba. Los niños se comportan como viejos y los viejos pueden parecer niños. Margarita García Zornoza (Madrid, 1935) se camuflaba en los portales donde las estraperlistas de cabezas rapadas vendían aceite y pan de contrabando y desplegaba todas las tácticas de contravigilancia de las que era capaz. “Tenía 8 años, pero uno deja de ser niño bajo esas circunstancias. Yo soy más niña ahora que nunca”, aclara.

Demasiado pequeña para recordar la guerra, que pasó en Murcia con sus abuelos maternos, rememora nítidamente aquellas sesiones de mercadeo clandestino donde las estraperlistas le contaban las vejaciones que sufrían cada vez que eran detenidas durante la posguerra: “Les daban aceite de ricino a litros, les cortaban el pelo, las maltrataban y abusaban de ellas”. Revive también el día de 1943 cuando “una bruja depauperada” intentó besarla y ella se negó. Era su madre, una republicana enferma y debilitada por las miserias de dos guerras consecutivas -la española y la mun-dial-, que retornaba de Francia gracias a los auspicios de la Cruz Roja Internacional. Volvía para morir. Pero no lo hizo. Se recuperó y en el 45, emocionada con el final de la guerra, marchó de nuevo a Francia con sus dos hijos usando un extraño pasaporte, que sólo le autorizaba a salir de España y no a regresar.

Por la infancia francesa de aquella niña de la guerra que fue Margarita Zornoza pasó Jorge Semprún, amigo de la familia, cuando era Federico González. Tras una nueva mudanza a Venezuela, a los 24 años descubrió que su padre no había desaparecido durante la guerra civil al leer en una revista que triunfaba en la radio y la televisión de Perú. Luciano García había sido uno de los 13 refugiados en la Embajada de Chile en Madrid en 1939, que abandonó hacia el exilio tras la mediación de Pablo Neruda. Margarita Zornoza tardó décadas en reencontrarle pero fue más afortunada que los que perdieron a sus padres.

Los niños, como ella, son también blanco de las bombas y de la propaganda en las guerras totales -y la española lo fue-. La historiadora Verónica Sierra (Guadalajara, 1978) ha rastreado en las vivencias infantiles durante la Guerra Civil y la posguerra en Palabras huérfanas (Taurus). Desmonta de entrada una errónea creencia: los niños soldado no son una anomalía moderna inventada en África. La historiadora recuerda que Garibaldi reclutó menores de entre 12 y 15 años y que Napoleón alistó adolescentes. España también tuvo sus niños soldado: la quinta del biberón, formada por jóvenes alistados con menos de 18 años, diezmada en la batalla del Ebro.

En los tres años del conflicto murieron por diferentes causas 414.000 niños, según cifras de Ramón Salas Larrazábal. Otro grupo herido por la historia fue el de los 30.000 evacuados hacia otros países (Francia, Reino Unido, Bélgica, Suiza, Dinamarca, Rusia y México) para librarse de los horrores bélicos. El hambre era uno de ellos. Eso explica las permanentes referencias a la comida que hacen los niños en las cartas que envían a los familiares que dejaron atrás. Eso explica el gesto de Laura García Pindado, que incluyó migas de pan en una carta desde Rusia dirigida a sus tíos. “Te mando unas miguitas de pan blanco, que en la de mi mamá no me he acordado”, anotó en la parte interior del sobre.

Un gesto pueril y solidario que conmovió a la historiadora mientras preparaba el libro, que reconstruye historias de niños a partir de cartas, diarios, cuadernos, redacciones o dibujos. No fue el único que la sobrecogió. Las cartas de súplica firmadas por pequeños que desean averiguar el paradero de sus padres. Algunas de las cuales, según descubrió Sierra, jamás llegaron a su destino.

El 5 de febrero de 1938, Ignacio Ruano escribió: “Apreciable camarada Joaquín Bustos: la presente es para decirle en nombre de un niño español que se halla en Rusia por causa de la guerra de España, tuve que desalojar y llevamos un año en Rusia del cual no he podido hallar el paradero de mis padres, y deseo que ustedes podrán encontrarles. Mi madre se llama Magdalena Pajares. Mi padre Daniel Ruano y un hermano de 16 años, Alejandro Ruano”.

La tercera historia que escoge la historiadora es la de una niña evacuada a Francia que se encuentra que la colonia infantil no es tal y escribe a sus padres rogando que la rescaten cuanto antes. Consciente de que eso, con la que está cayendo, tal vez sea una petición imposible, acaba pidiendo papel, lápiz y sellos para, al menos, garantizarse la comunicación con la familia.

Juego de moda: fusilar

El libro de Verónica Sierra refleja también la capacidad infantil para remontar traumas e integrar el horror en su cotidianeidad, como descubrió el general Mola, uno de los sublevados, en agosto de 1936 y anotó en su diario: “Me ha chocado el juego que se llevaban unos chiquillos. Dos de ellos iban con escopetas de juguete. Los demás cogían a otro prisionero y lo conducían ante los armados. Éstos le gritaban al preso: ‘¡Viva España!, ¡viva España!’, y como el preso no contestara (el juego era no contestar), los de las escopetas apuntaban y el pelotón imitaba el fusilamiento”. Debió ser un juego de moda porque también lo captó la cámara del fotógrafo Agustí Centelles. La infancia fue además un arma de la guerra propagandística. El Gobierno republicano organizó evacuaciones para poner los niños a salvo y aireó imágenes de escuelas bombardeadas por la aviación franquista. Por parte franquista, la salida de menores se atacó como un “robo” y su vuelta a casa se consideró una acción estratégica, aireada en carteles como el siguiente: “La España rota y roja te arrebató ese hijo. La España de Franco te lo devuelve. Ellos y nosotros cumplimos nuestros designios diversos. Ellos destruyen la familia. Nosotros edificamos la sociedad sobre ella”.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Historias/belicas/ninos/viejos/elpepicul/20090327elpepicul_1/Tes

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