Un tren conmemorativo del exilio viaja a la frontera francesa con 300 personas. La Generalitat erige un monumento en el cerro por el que huyeron miles de republicanos…

mayo 24, 2009

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Soplaba una cálida tramontana ayer por la mañana en el cerro de Belitres, donde ya se huelen los aromas mediterráneos de los matorrales que florecen. Hace setenta años, en cambio, en esa misma collada, que tiene unas vistas al mar espléndidas y separa Francia de España, “hacía un frío tremendo”. Lo recuerda una mujer que entonces era una niña y subió a pie hasta allí. La guerra había terminado y ella seguía a sus padres, republicanos, hacia el exilio.

Este sábado esta mujer ha subido a ese mismo cerro en autocar desde la estación de Portbou. Venía de Barcelona, y ha llegado hasta la última población española antes de llegar a la frontera en un tren que la Generalitat de Cataluña ha fletado para recordar el setenta aniversario del exilio republicano. A las alrededor de dos decenas de testigos del exilio les han acompañado otros dos centenares de excursionistas. Y si en 1939 los que ascendían al cerro formaban una cola de pesarosos derrotados que huían de las tropas franquistas, ahora volvían al lugar agasajados por autoridades como Joan Saura, consejero de Interior, el departamento del que depende el Memorial Democràtic, o los alcaldes de Portbou y la francesa y colindante Cerbère, además de diputados catalanes.

La mayoría de estos testigos eran niños que huían con sus padres cuando terminó la guerra. Es el caso de Amadeo Gracia, que cruzó la frontera con cuatro años y sin un pie. Lo había perdido durante un bombardeo franquista. Alguien inmortalizó su escapada en una foto que se ha hecho célebre por retratar las penurias del éxodo. EL PAÍS rescató su historia hace un lustro, y ahora Amadeo ha vuelto a la zona.

La mayoría de los testigos que ayer estaban en Belitres eran niños en 1939, pero también había alguno que escapaba como un soldado derrotado. Otros viajeros del tren ya nacieron en Francia. “La vivencia del exilio es tan variada como las personas que lo sufrieron”, comentaban en el convoy dos mujeres mayores que cruzaron la frontera en 1939.

La Generalitat calcula que más de medio millón de personas lo hizo. Y el alcalde de Portbou ha asegurado que por Belitres pasaron 149.336 mujeres, hombres y niños. Para conmemorar lo que Saura ha calificado del “peor éxodo que ha sufrido Cataluña”, el Memorial Democrático del Gobierno catalán ha erigido cuatro monolitos con fotos de la época, cerca de la carretera.

Acompañaban a los viejos exiliados miembros de entidades como los Marxaires de Mataró-Canigó, una asociación excursionista que ya recuperó la ruta del exilio por los Pirineos catalanes hace años, la Asociación de Expresos Políticos o el Amical de Mauthausen, que reúne a españoles que estuvieron presos en ese campo de concentración nazi.

Personas de todas la edades, muchas ataviadas con banderas catalanas y republicanas, han subido hasta ese límite con Francia, donde la Generalitat ha erigido un monumento que recuerda los hechos del 1939 con imágenes de la época. Saura ha subrayado la importancia que tiene recordar ese éxodo, cuando hay, ha dicho, 13 millones de desplazados en el globo: “Cuando atacan la democracia y las libertades en cualquier parte del mundo, nos atacan a nosotros”, ha dicho. David, un chaval de 13 años que ha ido al lugar con su familia, confirmaba: “Me ilusiona poder recordar para evitar que cosas así vuelvan a pasar”, decía.

Hijo del exilio

Antoni Pou (Elne, 1943). Antoni Pou no vivió el exilio. Nació durante el destierro de sus padres. “Fui uno de los últimos bebés que nacieron en la maternidad de Elna”, asegura. Esta institución fue clausurada por la Gestapo poco después de que él naciera, en 1943. Fundada por una suiza que sirvió como enfermera voluntaria durante la Guerra Civil, se calcula en este centro sanitario del sur de Francia más de medio millar de mujeres exiliadas pudieron parir a sus hijos en unas condiciones aceptables, lejos de los campos de refugiados. “Cuando mis padres huyeron a Francia ya tenían un hijo y mi madre estaba embarazada de seis meses. Tuvo a mi hermano en condiciones muy difíciles”. A él ya lo pudo tener en Elna. Estuvo poco allí, porque su madre se lo llevó de vuelta a su pueblo, Mataró, en 1944. Su padre, que había sido redactor del periódico catalanista La Publicidad, se negó a retornar mientras viviese Franco. Tampoco lo hizo tras la muerte del dictador, y murió en Francia en 1984. Audio: “Fui uno de los últimos bebés que nacieron en la maternidad de Elna”

Hacia la frontera recordando a sus dos hermanos muertos

Benita Moreno García (Madrid, 1925) “Tenía pena. He ido muchas veces a Francia, a actos en memoria del exilio, pero hace muchas años que estaba esperando un acto en España”, dice Benita Moreno, de 84 años de edad. Va en el tren hacia Portbou, “muy satisfecha”, y lleva en la memoria a dos hermanos suyos, muertos ya. Uno no sobrevivió la Guerra Civil. El otro sí, pero sufrió siempre los dolores que le causó la metralla que llevaba en el cuerpo desde la conflagración. No le quisieron aliviar las molestias en el Madrid de 1940 “por rojo”, cuenta Benita, y tuvo que ser un cirujano del Hospital Clínico de Barcelona el que trató de curarle. Mientras todo eso ocurría, Benita y sus otros ocho hermanos huían de los bombardeos fascistas que padecía Madrid, hacia Barcelona. “Nos dieron una casa en Horta después de refugiarnos en el Estadio de Montjuïch”, nos trataron muy bien”, agradece. Pero también acabaron llegando a esa ciudad los bombardeos, y entonces se exiliaron. Vivió tres años en campos franceses de refugiados. Hoy, esta mujer que tiene siete nietos y un biznieto vuelve a residir en Horta. Audio: “Me quito una espina muy grande del corazón. Se lo dedico a mis dos hermanos”

El adolescente que busca su memoria

David Igual (Mataró, 1995). Descontando algunos niños, David es de los más jóvenes entre aquellos que han subido al cerro de Belitres para recordar el exilio de hace 70 años. La última abuela de este chaval, que tiene “casi 14 años”, murió con casi 90 años hace poco. Y David no llegó a conocer a su abuelo materno. Ni de ellos ni de los otros dos sabe demasiadas cosas, aunque le suena que alguno “hizo la mili bajo el franquismo”. El novio de su hermana mayor, sin embargo, le despierta a David el interés por el pasado más reciente. Le acompaña a museos y exposiciones, le llevó hace poco de excursión por los escenarios de la batalla del Ebro, y se han acercado con toda la familia a Portbou, donde piensan pasar un par de días visitando los escenarios del exilio. En la frontera sopla una cálida tramontana y ya se huelen los matorrales mediterráneos, y a David le parecen muy lejanas las fotos del exilio en el gélido invierno de 1939. “Pero está cerca al fin y al cabo, sigue pasando en otros lugares del mundo y forma parte de la historia de nuestro país”, opina. “Por eso quiero seguir conociéndolo”. Audio: “Es la historia de nuestro país”

La chiquilla vencida que ganó su última batalla

Josefina Piquet Ibáñez (Barcelona, 1934. “Iba hacia la frontera como una niña vencida y ahora vuelvo habiendo ganado la mayor batalla de mi vida: Romper el silencio”, proclama Josefina Piquet en el tren que le lleva a Portbou. Sigue una ruta parecida a la que cubrió cuando tenía cinco años y marchaba con sus padres, de la CNT, a Francia “por culpa de una guerra que no era la suya”, “sin saber lo que estaba pasando”. Era ajena a las causas del conflicto, pero lo vivió de cerca: Estaba entre las filas de republicanos que marchaban a la frontera que ametrallaron los aviones alemanes, oyó el silencio de esas colas de exiliados, que ella sólo rompía cuando “tenía hambre, angustia o frío” y sobrevivió al derrumbe de una casa en Figueras a causa de un bombazo. “Los niños no entienden nada, pero tienen sentimiento de culpa”, advierte. Un sentimiento que, explica, se le agudizó en Francia, donde asegura que los republicanos “levantaban sospechas” incluso después de colaborar en la resistencia. Volvió a Barcelona años más tarde. Y sufrió claustrofobia e insomnio durante mucho tiempo. Hasta que se enfrentó a sus “traumas” y decidió contar sus vivencias. Lo hizo en escuelas e institutos con la organización Dones del 36 hasta que ésta se disolvió en 2006. “La de los niños exiliados es la última generación que puede contar la guerra y sus consecuencias en primera persona”, constata. Y se muestra tranquila, porque cree que su testimonio, también tras su muerte, servirá para cambiar “la historia manipulada de los vencedores”.

El más viejo del lugar acabó saliéndose con la suya

Josep Prats (Barcelona, 1920). A los 12 años, Josep Prats ya sabía que quería ser electricista. A los 18, huía de su país, hundido, y derrotado tras luchar con el ejército republicano. Cerca de cumplir los 89, es el más viejo en el acto en recuerdo al exilio del cerro de Belitres. Seguramente es también el único que decidió huir, ya adulto, por iniciativa propia. En 1939 llevaba un año en las filas republicanas. Luchó en Balaguer, y dice que tuvo suerte de hacerlo allí: “Los que fueron a la batalla del Ebro no lo pueden contar”, se lamenta. Su guerra consistió en una retirada constante hasta los Pirineos. Luego pasó a Francia, donde recuerda que a los exiliados les soltaban los perros cuando se acercaban a algunas casas a pedir sal. Volvió a Barcelona poco después, cuando creyó que “los ánimos ya se habían calmado algo” y a él ya le consideraban “sólo medio rojo”. Entonces no tenía “ni oficio ni beneficio”, recuerda. “Antes de la Guerra nos daban muy buena formación en la Escuela Industrial, donde estuve tres años”, rememora, pero añade que a los franquistas “no les interesaba que estudiásemos”. Sin embargo, se acabó saliendo con la suya: Se ganó la vida gracias a la empresa de electricistas que montó. “Y ahora disfruto mientras pueda”, remata. Audio: “Cuando más aprendí fue durante la República”.

Una niña que Neruda ayudó en la huida

Montserrat Julio Nonell (Barcelona, 1929). “He tenido mucha suerte en la vida”, dice esta vieja actriz que acaba de cumplir 80 años. Estaba a punto de cumplir los 10 cuando cruzó la frontera con sus padres. “Yo no sufría, era una niña”, rememora, pero sus padres chocaron de lleno con una realidad del exilio que era más dura de lo que habían supuesto: Estos militantes del PSUC marcharon de su pueblo, Mataró, con varios amigos, un camión, un coche y un baúl lleno. “Iban muy a lo gauche divine”, opina Montserrat, que añade: “Al final, las cosas materiales valen muy poco en la huida”. Narra que acabaron tirándolo todo por un barranco para poder cruzar la frontera sin problemas. Estallaba la Guerra Mundial en Europa cuando Montserrat llegó con su familia, en septiembre de 1939, a Santiago de Chile a bordo del Winnipeg, el barco que Pablo Neruda organizó para socorrer al éxodo republicano. Antes, en Francia, esta chiquilla había perdido de vista a su padre durante varios meses, había vivido “el paisaje de juicio final” de los campos de refugiados y había acabado alojada en un castillo “precioso” cerca de Cognac “con un jardín enorme donde jugar”, rememora. Tras esta infancia, narra que fue feliz en el Nuevo Mundo, se convirtió en actriz, y volvió en la década de 1960 a España. Hoy reside en Madrid. Audio: “Embarcamos para Chile en el barco que fletó Pablo Neruda”

http://www.elpais.com/articulo/espana/tren/conmemorativo/exilio/viaja/frontera/francesa/300/personas/elpepuesp/20090523elpepunac_7/Tes?print=1

Fuente: (El País, 24-05-2009: BERTRAN CAZORLA – Barcelona – 23/05/2009


Brenan, memoria personal de España. El hispanista británico Gerald Brenan supo congeniar con los españoles, que acabaron viéndolo como uno de los suyos. Ahora se publican algunas de sus obras inéditas…

mayo 24, 2009
Gerald Brenan

Gerald Brenan

Con la aparición de El señor del castillo -la primera de una serie de obras inéditas que publicará la editorial Alfama-, el hispanista Gerald Brenan vuelve a estar de actualidad. Pasados ya 22 años desde su muerte, cabe preguntarse por la vigencia de su obra y sobre la relación que mantuvo con España, lugar donde se forjó como escritor.

A Gerald Brenan puede considerársele como uno de los grandes exponentes de un género literario popularizado por los escritores románticos: especular sobre un país ajeno. Al escritor foráneo se le otorga un punto de vista más válido y objetivo, puesto que se asume que no está involucrado emocionalmente con el país sobre el que escribe. España ha sido uno de los epicentros inspiradores de esta corriente literaria. Los dos grandes ejemplos procedentes del Reino Unido son Richard Ford y George Borrow, y de Estados Unidos, Ernest Hemingway. Todos son interesantes, pero fueron meros observadores, presenciaron los acontecimientos desde la barrera.

Por el contrario, Brenan no se limitó a la mera observación, su acercamiento fue más arriesgado e intuitivo, y a juzgar por el respeto que se ganó entre los españoles, no del todo equivocado.

Sin embargo, esa relación tan especial con España comenzó años antes de pisar suelo español. “Cualquiera que se plantee como modo de vida el ideal de ‘todo o nada’, está siguiendo, sea o no consciente de ello, un camino que discurre paralelo al trazado por los santos”. Estas palabras escritas por Gerald Brenan con apenas 18 años están recogidas en el primer volumen de su autobiografía, Una vida propia. Embebido por sus lecturas obsesivas de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, Brenan se había creado la imagen de un país, España, dentro de sí mismo, mucho antes de visitarlo.

Llegó a España después de la Primera Guerra Mundial, a finales de 1919. Era un lugar barato y con buen clima, el lugar idóneo para mejorar su formación intelectual, para empaparse de conocimiento por medio de la lectura. Su intención era continuar viaje hacia el Oriente.

Se instaló en Yegen, un pueblo de la Alpujarra granadina que describe en Al sur de Granada. En una entrevista recogida en la revista Litoral (1985), Brenan le describe a Eduardo Castro lo que significó esta experiencia: “Vine a Andalucía como se va a una universidad, pero sin clases ni profesores ni más compañeros que mis propios libros. Por supuesto, no podía imaginarme que terminaría quedándome aquí para casi toda mi vida”.

Encontrar a un escritor, como Brenan, que escriba con tanta profundidad sobre un país ajeno, y que aglutine temas tan diversos como su historia, su literatura y sus gentes, no es frecuente. Llegaría como autor, pero también como persona, a identificarse con un país extraño y diferente por completo al suyo.

Su infancia y los años de escuela, unidos a las difíciles relaciones con su padre, hicieron a Brenan retirarse en sí mismo. Ansiaba escribir, pero le daba miedo exponerse, mostrarse. Fue en España donde Brenan dio rienda suelta a su talento literario. Sintiéndose seguro en la distancia, comenzó a escribir de verdad, sin cortapisas.

Este proceso latente se inició en Yegen y eclosionó con el estallido de la Guerra Civil española; su reacción ante el horror fue un trabajo de cinco años, El laberinto español, aclamado por igual por crítica y público. Había nacido el gran escritor. No es casualidad que sus mejores escritos tengan por tema a España y los españoles.

Leer a Brenan es un recorrido preciso por la historia reciente de nuestro país. Observó de primera mano el tránsito de España pobre y rural de los años veinte, pasando por los años oscuros de la dictadura de Franco, hasta la aparición de los aires de esperanza que trajo la democracia. Hombre de vida azarosa, y mejor escritor, es autor de obras capitales en el conocimiento de la literatura, la historia o la etnografía de España como son Historia de la literatura del pueblo español, La copla popular española, La faz de España, El laberinto español o Al sur de Granada; junto con biografías como San Juan de la Cruz, o sendos volúmenes autobiográficos como Una vida propia y Memoria personal.

La relación personal de Brenan con España es comparable con la del biógrafo con el biografiado. El biógrafo termina dejando su impronta sobre la persona de la que escribe. España y su complejidad es el reflejo de la propia complejidad de Brenan. “Dentro de cada español descansa un derviche confuso, un genio de inmenso poder aprisionado en una botella, lo que García Lorca llama un duende, al que le encantaría liberar si fuera posible”, escribe Brenan en su introducción a La copla popular española.

Las intuiciones y observaciones de Brenan sobre España y los españoles, como pueden ser el orgullo, la impaciencia, el optimismo exagerado, la cólera ante la frustración etcétera, no tienen todas que ser correctas, son de un origen muy profundo, y muy próximo al propio Brenan persona.

Es verdad que ciertas opiniones y algunas de las descripciones que aparecen en sus libros pueden circunscribirse a una tradición romántica. Además, el propio Brenan siempre se consideró un romántico y fue lector acérrimo de los libros de Borrow y Ford, llenos de campesinos, bandoleros, paisajes pintorescos, gitanos, flamenco etcétera. Pero no siempre una cierta visión romántica tiene que ser desacertada. Es más, hace que el escritor se involucre emocionalmente y haga el tema suyo.

Por otra parte, Brenan nunca se cortó a la hora de criticar a los españoles. “España es pródiga en hombres que creen ellos solos ser capaces de alumbrar el manantial puro de las tradiciones nacionales y proyectarlo hacia el futuro. Todos los que no estén de acuerdo con ellos son necesariamente perversos y, en consecuencia, han de ser aplastados”, escribe Brenan en El laberinto español.

Instintivamente descubrió que una parte de los españoles y él compartían una misma alma. “El alma española es un castillo fronterizo, adaptado para la defensa y para la ofensiva en territorio hostil: la soberbia, o el orgullo, sumados a una eterna suspicacia, son sus cualidades más inveteradas, junto a la desconfianza de todo lo que no sean su destreza y sus propias armas. No obstante, lo que percibe la guarnición a todas horas es soledad”, escribió Brenan. Por tanto, el tópico de la religión, el realismo extremo de su literatura, la fuerza tiránica de los sentidos, según Brenan, forzaban a la aridez de imaginación, a la preocupación obsesiva por el dolor y la muerte; pero, por encima de todo, abocaba al orgullo desmedido que implicaba que nada estaba a la altura. “Así son los españoles en todas partes. Son hombres sin conflictos. Creen que siempre tienen razón, hagan lo que hagan, y esta convicción los dota de mayor vitalidad”, escribe Brenan en La faz de España.

Gerald Brenan era un conversador nato y un escritor de una curiosidad inusitada. Esas cualidades, que terminaron de explotar en España, forjaron un escritor de estilo vivaz y preciso, cuyos textos están regados de feraces generalizaciones que espolean la imaginación del lector. “Para la mente española supone un placer ascético el ver las cosas llevadas a sus últimas consecuencias”, de modo tal que “la meta del hombre está más allá de la razón, en el desconcierto de la razón”.

España, la suya, la del “todo o nada”, era un país que le fascinaba, aunque nunca fue ni se sintió español, ni siquiera se nacionalizó y siguió siendo muy inglés y perteneciente a su clase social. Pero, al final, con su estilo personal y entrañable, mezcla de inteligencia y sensibilidad, cautivó al pueblo sobre el que tanto y tan bien había escrito. Supo congeniar con los españoles, que lo veían como uno de los suyos. Como bien dice su lápida, que se encuentra en el Cementerio Inglés de Málaga: “Gerald Brenan. Escritor inglés. Amigo de España”.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Brenan/memoria/personal/Espana/elpepiopi/20090523elpepiopi_11/Tes?print=1
Fuente: (El País, 24-05-2009).

CARLOS PRANGER 23/05/2009