Hans J. Massaquoi, nieto de un cónsul de Liberia, relata en sus memorias su infancia y juventud en la Alemania de Hitler…

UN NEGRO ENTRE NAZIS|TESTIMONIO DE UN SUPERVIVIENTE…

Hamburgo, 1933. Massaquoi luce la esvástica en el jersey. Foto: COLECCIÓN DE H.J. MASSAQUOI / GLOBAL RHYTHM

Hamburgo, 1933. Massaquoi luce la esvástica en el jersey. Foto: COLECCIÓN DE H.J. MASSAQUOI / GLOBAL RHYTHM

ANNA ABELLA
BARCELONA

Un día de 1934, Hitler visitó Hamburgo. Hans-Jürgen Massaquoi tenía entonces 8 años y era uno más entre los 600 chicos de su escuela que aclamaron en la calle al líder nazi. Nada tendría esto de extraño sino fuera porque él era «un niño de cabello crespo y piel oscura, en un mar de muchachos rubios y de ojos azules, pletórico de un patriotismo infantil que aún se escudaba en una dichosa ignorancia». Así lo cuenta en sus memorias, Testigo de raza. Un negro en la Alemania nazi, publicadas recientemente en España por la editorial Papel de liar.
Massaquoi (Hamburgo, 1926), nieto del cónsul de Liberia e hijo de un galán que se encaprichó de una guapa enfermera alemana, relata cómo siendo un niño negro fascinado por el Führer intentó entrar en las Juventudes Hitlerianas, que le rechazaron, cómo lució la esvástica en su jersey y cómo sufrió humillaciones de profesores, compañeros y fanáticos nazis. Hoy vive retirado en Estados Unidos, donde llegó en 1950, tras una larga carrera como periodista de la prestigiosa revista Ebony, dirigida a público negro.
«Yo pude sobrevivir y salir bastante indemne gracias a algunos de esos ciudadanos que no sucumbieron a la tentación de seguir la corriente de locura racial imperante», escribe. Evitó la muerte y la esterilización sobre todo porque «a diferencia de los judíos, los negros éramos tan pocos que fuimos relegados a un segundo lugar en la cola del exterminio».
Ser hijo de un africano
¿Qué ocurrió durante esos años? La situación política en Liberia obligó a su padre y a su abuelo a volver a su país siendo él un niño. Su madre se quedó con él en Alemania y el bienestar que habían disfrutado bajo el amparo diplomático se esfumó. Ella volvió a trabajar en un hospital hasta que la despidieron por «concebir un hijo de un africano» y se mudaron a una miserable buhardilla. De repente, mientras sus profesores judíos de-
saparecían, Massaquoi recibía insultos, miradas hostiles y amenazas, no le dejaban jugar en los columpios porque era un «no ario» y le gritaban que ni en Alemania ni en las Juventudes Hitlerianas había «lugar para un negro». Pese a todo, relata: «Me aferraba desesperadamente a la imagen que, alentada por el régimen le presentaba [a Hitler] como un semidiós benévolo, salvador del pueblo alemán».
En 1936, el pequeño Massaquoi halló sin embargo a dos nuevos héroes que le alimentaron el orgullo de su herencia africana: el boxeador Joe Louis, y el atleta negro Jesse Owens, triunfador de los Juegos Olímpicos de Berlín. Se entrenaba en un equipo de boxeo y, a los 14 años, ya iniciada la guerra, entró a trabajar en una fábrica tras serle vetada la enseñanza secundaria. Militó en las filas de los swingboys, jóvenes amantes del jazz, que fueron perseguido por los nazis; muchos acabaron en el frente y en los campos.
Massaquoi fue llamado a filas y rechazado por «inservible» pese a su perfecta salud. En 1943 evitó milagrosamente la muerte en los bombardeos aliados sobre Hamburgo, que mataron a 40.000 civiles. «Desde pequeño aprendí que lo importante es sobrevivir». Y lo hizo.

Fuente: El Períodcio de Cataluña.

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