18 DE JULIO (1936): CON EL PERMISO DE ARISTOTELES…

18 de julio (1936): Con el permiso de Aristóteles.
Aristóteles fijó en el término medio el eje de su discurso filosófico- político; demonizó la demagogia, que equiparó con la degeneración de la democracia. El exceso de protagonismo del pueblo llano, en detrimento del rol debido de las clases medias, conduce a la democracia (la cual sólo se concibe para el ejercicio político de personas o grupos mesurados y ponderados) a situaciones de extremismo que, a los ojos de los bienmesurados hombres de orden y razón, sólo merecen ponerse a término con la mayor prontitud. La democracia solo puede tolerarse a condición de que se desarrolle en los límites de la mesura y razonabilidad; del buen criterio, que el meritoso y plutocrático siglo XIX, sólo admitía, con la consagración del sufragio censitario, en los hombres de cierta fortuna y/o ilustración: unos cientos de miles en la España de los reinos de los Alfonsos (XII y XIII) y Borbones. La Grecia aristotélica también reservaba la democracia sólo para una clase de hombres, los esclavistas, únicos ciudadanos de la polis, y a la que su filósofo ilustre, Aristóteles, bendecía con todos los honores y preservaba de la plebe y pobre; los cuales, llevados por la simple necesidad y, menesterosos al fin, de ninguna de las maneras podían tener criterio alguno sobre los asuntos públicos. Y al margen de que el filosofo pudiera tener razón sobre la imposibilidad de alzarse al bien común, si el bien propio e individual no encuentra previa satisfacción, no es menos cierto que no procuró solución a esta contradicción en la satisfacción de las necesidades básicas del pobre, sino, por el contrario, en la ley, el orden, la justicia, etc, estos es, dicho en roman paladino, en su represión, preconizando salidas autoritarias frente a la crisis de la democracia o su deriva “demagógica o popular”. En fin, Aristóteles, padre espiritual de la clase media, del término medio, de la pequeña burguesía, fue un protofascista en toda la regla. Abrazó, finalmente, el imperio Alejandrino, del que fue asesor y beneficiario, y que ahogara las libertades de las polis. Son tan obvias las coincidencias, que no nos resistimos a manifestar que el fascismo es tan viejo como esa clase media, que hundiendo sus raíces en la Grecia prealejadrina, es acomodaticia, conservadora y pusilánime; es la clase media de un Unamuno y Pio Baroja que, acongojados ante la pobreza, abrazan, falsa y primariamente, el ideario “socialista” o anarquista, pero que, a la postre, activa o pasivamente, más o menos abiertamente, se echan en manos del fascismo, aunque no menos alarmados; y clase, asimismo, de un Cambó, líder de la mesurada y progresista liga catalanista de principios del siglo XX, que no duda en pasearse, amenazante contra el movimiento obrero, fusil del mosaten en mano, por las ramblas de Barcelona. Es la clase de los hombres que padecen “horror historicus” y huyen despavoridos ante el decurso de la historia: les es tan favorable el presente, que desearían que no hubiera futuro; y si el presente les es adverso, miran hacia el pasado; no tienen ojos en la cara, porque no van de cara; van de soslayo y de espaldas. Es, además, la clase que encumbra y sustenta al caciquismo, la que espera favores y empleos del Estado, y, por tanto, la que alimenta la corrupción y corruptelas; la que conoce, pues, las cloacas del Estado, y se comunica a la perfección con los desechos sociales, con el lumpen, los delincuentes y todo lo sórdido que en ellas repta; con toda esa caterva y turbamulta útil al fascismo. Es por eso que no hay nada de extraordinario en el surgimiento de las figuras fascistas; son un producto ordinario y vulgar de la historia. Su biografía, desde un punto de vista intelectual y político, es totalmente anodina; son MEDIOcres por antonomasia. Son, en su caso, malos periodistas, como el Duce; pintores de brocha gorda, como el Fhürer; militares matarifes (matamoros) y de fácil carrera en el Africa indefensa, como nuestro generalísimo. La España MEDIOcre del catolicismo militante, enfrentada a la “demagógica y popular” república de trabajadores de todas las clases, confió su destino al militarote, prototipo del empleado del Estado y arquetipo perfecto de pequeño burgués; primero a los Primos de Rivera, represores del movimiento obrero catalán, y, más tarde, a los Franco, Milán Astrain, Sanjurjo y Mola, antiobreros ibéricos y universales. Eso culminó y fructificó, con el permiso de Aristóteles, en un 18 de julio de 1936.
Juan Jiménez Herrera. / La república.es

Enlace de la fuente:

http://larepublica.es/firmas/blogs/index.php/jjimenez/2009/07/18/18-de-julio-1936-con-el-permiso-de-arist-1

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