El Holocausto como discurso político. Idith Zertal critica el empleo del exterminio para justificar la política de Israel…

JUAN MIGUEL MUÑOZ – Tel Aviv – 27/01/2010

Idith Zertal, profesora de Historia y Filosofía Política en la Universidad de Basilea desde hace casi un lustro, nacida hace 66 años en el kibutz de Ein Shemer, está entusiasmada. Los orígenes del totalitarismo, obra maestra de Hannah Arendt, ha sido traducida al hebreo. «El trabajo de Arendt ha sido silenciado durante 60 años, es una lucha enorme introducirlo en Israel», comenta. Pero no menos satisfecha está con la edición en español de su libro La nación y la muerte. La Shoah en el discurso y la política de Israel, en fecha oportuna, ya que hoy se celebra el Día del Holocausto. Una actividad, la política en su país natal, que desencanta a una mujer que se declara «nada nostálgica y reacia a mitificar el pasado», aunque a renglón seguido parezca añorar los tiempos en que Israel era «un país totalmente diferente».

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Zertal habla de un «país de excesos en todo y de paradojas». Sin ir más lejos, su libro se estudia en la Universidad de Bar Ilán, bastión de los colonos judíos que abominan de tesis como las sostenidas por Idith. Aborda la inmensa influencia del «estamento y la industria militar que determinan la agenda política» y «la ocupación maligna» de los territorios palestinos: «Gobernar a otro pueblo de manera tan brutal es devastador también para nosotros». Y, sobre todo, incide en la omnipresencia de la muerte -«de matar y ser matados»- y del Holocausto en el discurso político israelí. «Está siempre presente para justificarlo todo: nuestras prácticas políticas y nuestra autopercepción como víctimas».

«El vínculo entre la constitución del Estado y la Shoah y sus millones de muertos sigue siendo indisoluble… Desde 1948 y hasta la crisis de 2000 no ha habido guerra que no se haya percibido, definido y conceptualizado en la sociedad israelí desde una perspectiva ligada al genocidio», opina la docente. Y pone un ejemplo de ese empleo, a veces obsceno, de la matanza sistemática perpetrada por el régimen nazi.

«Al comienzo de la segunda Intifada palestina, en 2000, Simón Peres visitó a Yasir Arafat en Gaza y le advirtió: ‘No podemos permitir otro Holocausto’. Es demencial. Entonces, antes de la oleada de atentados terroristas, morían 100 palestinos por cada israelí. Este discurso devalúa el Holocausto y es un ataque contra las víctimas. Hablar de genocidio en ese contexto es aberrante». Desde entonces nada ha cambiado. Incluso Richard Goldstone, el juez surafricano judío que acusa de crímenes de guerra a Israel en Gaza, ha sido equiparado a Hitler.

Oscila la profesora «entre la desesperación y el optimismo». «Cuando observo la demografía, el primitivismo político, y no sólo el de los partidos religiosos, concluyo que la política está muy corrompida. No me refiero al dinero, hablo de corrupción de conceptos políticos. No sé lo que sucederá en este país que está perdiéndose moralmente. Parafraseando al legendario ministro de Exteriores Abba Eban, perdimos todas las oportunidades. No veo a ninguna figura política que pueda emerger de esta confusión. Es trágico porque hay tanto talento y energía. Y una pena, porque el tiempo juega en nuestra contra. Al final, somos nosotros los vulnerables».

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Idith Zertal profesora de la Universidad de Basilea

ANÁLISIS: Usos y abusos de la memoria

JOSÉ MARÍA RIDAO 27/01/2010

Con La nación y la muerte, la profesora israelí Idith Zertal consigue lo que tal vez ningún otro ensayo sobre el conflicto de Oriente Próximo había logrado hasta ahora: interpretarlo como una experiencia de valor universal, de la que extraer conclusiones capaces de iluminar los riesgos potenciales de las relaciones de una sociedad con su pasado o con lo que sus dirigentes deciden consagrar como tal. Como bien señala Shlomo Ben Ami en el prólogo a la traducción española, publicada por la editorial Gredos, Zertal adopta una perspectiva infrecuente al tratar del Holocausto y su banalización: no la de criticar a quienes comparan cualquier tragedia con el exterminio de los judíos, sino la de desvelar las razones de su aparición en escena cada vez que el país se ha enfrentado a «problemas políticos y de seguridad cuyos costes y consecuencias, hasta ese momento, no ha querido asumir o afrontar». De ahí la paradoja, señalada por Zertal, de que al mismo tiempo que Israel insiste con toda razón en el carácter único del Holocausto, «el uso sistemático y descontextualizado» que han realizado sus Gobiernos y clases dirigentes sea «uno de los principales ejemplos de devaluación de la extraordinaria relevancia y magnitud de la Shoah».

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La obra se lee como una reflexión que trasciende los límites de su objeto

A partir de esa constatación, Zertal traza un minucioso recorrido a través de las distintas funciones que el discurso político ha asignado al intento de exterminar a los judíos en los campos de Centroeuropa, empezando por la creación misma de Israel, a tenor de las intervenciones públicas de Ben Gurión en el momento de la fundación del Estado. Esas funciones han contribuido, por una parte, a interpretar la historia de los judíos como una sucesión de episodios que, desde los tiempos más remotos, prefiguraban la formulación de la utopía sionista a finales del siglo XIX y su realización en 1948. Pero han contribuido, por otra, a lo que Shlomo Ben Ami define en su prólogo como «la base ideológica de una sociedad de víctimas con inmunidad moral en su confrontación con el mundo árabe y con el mundo en general».

Este doble aspecto en el uso que los discursos políticos hacen de la Shoah ha dado lugar a conflictos de naturaleza simbólica en Israel, vinculados a la necesidad de definir un ser nacional. Zertal se detiene, entre otros, en la polémica en torno a la crónica de Hannah Arendt sobre el juicio a Eichmann y su expresión «la banalidad del mal», una de cuyas consecuencias fue que la filósofa no volvió a recibir invitaciones para impartir conferencias en Israel. Zertal analiza, además, las consecuencias estrictamente políticas, como las conexiones entre las referencias políticas a la Shoah y el desarrollo del programa nuclear israelí o las implacables reacciones a la Intifada.

La nación y la muerte puede ser leído, desde luego, como un ensayo que permite comprender la ideología detrás de las posiciones israelíes en el conflicto con los palestinos. Pero puede ser leído también, y ahí radica su excepcional valor y su carácter imprescindible, como una reflexión que trasciende los límites de su objeto, y que alerta sobre los usos y abusos políticos de la memoria. En esto Israel sólo sería un ejemplo extremo.

El País.com

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