Nublado en Buchenwald…

V. peña y V. GArcái supervivientes de Buchenwald (F. Martín)

Jorge Semprún cuenta en La escritura o la vida, su gran libro de la memoria en el campo de concentración, que nevaba el día en que dos soldados norteamericanos entraron en Buchenwald para liberarlos a él y a miles de resistentes presos en aquel lugar de exterminio. Hoy, tal día como aquel, cuando el propio Semprún y trescientos supervivientes de aquel periodo oscuro de la historia del Mal se reúnen en el mismo sitio para conmemorar el final del desastre, el tiempo está nublado en Buchenwald. Ayer se encontraron todos estos supervivientes, que ya tienen entre 85 y 104 años (es la edad de un austriaco, Leitinger), en un hotel de Weimar, la mítica ciudad que ahora parece un remanso y que en tiempos sucesivos fue el centro desde el que el mundo alemán alentó su porvenir y su desgracia. Fue muy emocionante ver juntos, viejos ya, pero duros, orgullosos, a estos veteranos que, durante la guerra mundial, estuvieron en el triángulo más perverso de los nazis, el de los campos de concentración, y sufrieron lo que André Malraux llamó (y Semprún recoge en su libro) «el Mal absoluto que se opone a la fraternidad». Estuve con los tres supervivientes españoles; Vicente García, que tiene 85 años, luce en su solapa la bandera republicana, y además lleva el pin que usan todos los deportados y supervivientes, porque es el emblema de la liberación del campo. Es la identificación del antifascista alemán que no quiso declarar en contra de un comando de sabotaje que había actuado fuera del campo en las postrimerías de esta historia que acabó tal día como hoy en 1945. Este alemán se ha convertido en la metáfora de la resistencia que llevó a estos hombres a la lucha y luego a este lugar de exterminio. La ceremonia es a mediodía, más o menos a la hora en que aquel día nevado de Buchenwald todo el mundo prorrumpió en gritos de libertad. El cordobés Virgilio Peña, que tiene ahora 96 años («más años que un olivo») lo recordaba anoche, poco antes de la cena de fraternidad de los que sufrieron el mal: «Llorábamos, llorábamos, nos salían lágrimas como babas de vaca. Cómo quieres que estuviéramos. Eso sólo se puede contar con lágrimas».

El País.com:

http://blogs.elpais.com/juan_cruz/

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