POLITIZAR LA MEMORIA…

marzo 13, 2011

Reivindicación de la exhumación de los cuerpos republicanos del Valle de los Caidos en la persona de Valerico Canales. (Foto de archivo propiedad de La Memoria Viv@)

La memoria es según la R.A.E: 1. f. Facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado.2. f. En la filosofía escolástica, una de las potencias del alma.3. f. Recuerdo que se hace o aviso que se da de algo pasado.4. f. Exposición de hechos, datos o motivos referentes a determinado asunto.5. f. Estudio, o disertación escrita, sobre alguna materia. 6. f. Monumento para recuerdo o gloria de algo. 8. f. Obra pía o aniversario que instituye o funda alguien y en que se conserva su memoria. 9. f. pl. Libro o relación escrita en que el autor narra su propia vida o acontecimientos de ella. 11. f. pl. Relación de algunos acaecimientos particulares, que se escriben para ilustrar la historia. 12. f. pl. Libro, cuaderno o papel en que se apunta algo para tenerlo presente.

Sin embargo la memoria en este país y  para mí sobre todo está intrínsecamente ligada al olvido, a la desmemoria forzada, a la ocultación cómplice, al miedo, al borrón y cuenta nueva y sobre todo  a la vergüenza e hipocresía política.

La memoria como parte ineludible de nuestra historia  es algo que deberíamos investigar, preservar y difundir como el modo de cerrar las heridas pretéritas y todavía abiertas. La memoria es una labor que no se puede dejar únicamente en manos de los vencidos y de  sus familiares, sobre todo como un medio para dilatar el paso del tiempo que lo borra todo. La memoria no es una herramienta de venganza contra hechos y actuaciones acontecidos en el pasado reciente, es únicamente el ejercicio de dignificación y civismo de una sociedad libre y avanzada que basa sus propios cimientos en el derecho y la justicia. La memoria es una obligación que debería haber asumido ya hace tiempo el propio Estado, es decir,  desde la instauración monárquica en la Transición y la posterior democracia. La memoria no es sólo una parte de nuestra propia historia, es la historia de todas las partes. La memoria no es arma política, un medio de conseguir y arrastrar votos en épocas electorales para que una vez pasado el período electoral se vuelvan a enterrar de nuevo las vergüenzas y el oprobio de una España desmemoriada y ladina. La memoria es buscar el futuro aprendiendo del pasado, es la mano de la reconciliación basada en el conocimiento, la razón y la justicia para llegar al perdón que nunca al olvido.

Por eso y en tiempos tan convulsos políticamente y próximos a las elecciones me hacen gracia todos aquellos partidos políticos, sindicatos y organizaciones que pretenden abanderar el memorialismo histórico, cuando lo han obviado hasta la fecha entre sus objetivos y quehaceres representativos del pueblo. Sólo se acuerdan de nuestros familiares y de nosotros cuando valemos un voto.

Las víctimas de la represión franquista en todas sus formas y modalidades, sus familiares y amigos y,  todos aquellos que luchamos a diario por recuperar, dignificar y hacer justicia para  los vencidos y represaliados, nos sentimos agraviados y agredidos cuando a costa de nuestros seres queridos y olvidados, de nuestros esfuerzos y luchas, se llenan sus falaces bocas todos aquellos que con más o menos buenas intenciones nos llevan prometiendo el maná de la memoria, sus ayudas y compromisos en la “Recupereración de la Memoria Histórica de la Guerra Civil y la Represión franquista de la posguerra”, para posteriormente volvernos a abandonar en el desierto de las búsquedas estériles, de los cuerpos ocultos bajo tierra, de los desaparecidos y secuestrados, de los exiliados y encarcelados, de todos los perseguidos y vilipendiados, del tratamiento en los silenciados y maltratados archivos documentales y del más absoluto desamparo premeditado jurídico y gubernamental. Eso es la memoria en la España del siglo XXI que quiere abanderar los derechos internacionales de otras causas contra crímenes de lesa humanidad.

Bastante complicado es trabajar sin medios, ayudas, contra un sistema estatal y jurídico impuesto para el silencio y el olvido, e incluso contra nuestras propias luchas internas y disensiones memorialistas para que encima nos vengan a politizar la memoria sin más interés que el propio dogmático del partidismo que representan. Déjennos en paz trabajar por y para los nuestros,  si es que no han de hacer algo útil, y al menos,  no volverán  a ensuciar y mancillar a nuestros muertos, desaparecidos y represaliados con banderas y consignas que nunca aportaron nada y que hasta la fecha sólo han sido el símbolo de la mentira y el olvido. Politizar la memoria es politizar a las víctimas y eso no se puede ni debe permitir.

Jordi Carreño Crispín

Vicepresidente de la A. I. La Memoria Viv@

 

 


Napoleoni dice que “la caída de Garzón podría ser muy positiva para España”

marzo 13, 2011
Madrid, 12 marzo.-
Las deudas de memoria histórica deben saldarse en el ámbito político y no en una sala penal y, si la caída del juez Baltasar Garzón por intentar investigar los crímenes del franquismo ayuda a entender eso a la sociedad española, “podría ser muy positiva para España”, según la periodista italiana Loretta Napoleoni.

Napoleoni, experta en la financiación del terrorismo, plantea esta y otras reflexiones en el libro “Garzón. La hora de la verdad” (Principal de los libros), que presenta estos días en España.

No obstante, la autora se pregunta si Garzón será capaz de asumir ese sacrificio y dejar de denunciar el “linchamiento” al que, en su opinión, está siendo sometido, como haría un “hombre verdaderamente grande”.

“La muerte de Sócrates fue lo más importante de su vida”, ha afirmado en una entrevista con Efe Napoleoni, que cree que la figura de Garzón, con todo lo que conlleva de juez-estrella, es un producto de nuestra sociedad, es parte de nuestra historia, y “su caída es también la nuestra”.

En el libro, Napoleoni analiza el personaje y la carrera profesional del juez más mediático de España, repasando sus virtudes y defectos, y con la pretensión de ofrecer una visión objetiva de la “polarización” que Garzón ha provocado en los españoles, divididos hoy entre sus partidarios y detractores.

“Si Garzón fuera italiano, hoy estaría en política, como Antonio di Pietro”, dice convencida Napoleoni, comparando al juez con el exmagistrado y actual líder del partido Italia de los Valores (IDV).

Las cosas aquí han sido diferentes, según esta analista, que forma parte del comité científico de la Fundación Ideas que asesora al PSOE en su estrategia política y económica, porque la democracia española es mucho más madura que la italiana, y sabe que no se puede crear un partido porque un juez “simplemente sea famoso”.

Por el contrario, piensa que el gran error de Garzón -hoy suspendido de su cargo en la Audiencia Nacional y con tres causas en el Tribunal Supremo por los cobros recibidos durante su estancia en Nueva York, la investigación de los crímenes del franquismo y las escuchas telefónicas del “caso Gürtel”- fue entrar en política.

Eso es lo que a su juicio ha marcado después su trayectoria en la Audiencia Nacional: “consciente o inconscientemente, la política ha condicionado sus decisiones, un juez tiene muchos casos y al final se concentra en unos más que en otros”, afirma Napoleoni, que piensa que, tras el fracaso político de Garzón, su desplome fue muy fuerte.

Con esa visión, la autora repasa los casos que le han dado al juez su fama y su prestigio internacional, desde los GAL, la lucha contra ETA, la extradición de Pinochet y su trabajo en pro de la justicia universal, para acabar con el “caso Gürtel” y la investigación de las desapariciones de la dictadura franquista.

Otro de los errores que la autora apunta en ese recorrido es la identificación que se ha hecho de la Justicia con Garzón.

Considera que el juez ha hecho mucho por la democracia, desde su lucha contra el narcotráfico, la corrupción o el terrorismo, pero que no ha sido el único, detrás había todo un equipo de jueces y fiscales tan profesionales como él, que finalmente es quien se ha llevado “toda la gloria”.

“Pensar que un hombre puede hacer lo que toda una nación ha sido un error de la prensa, que ha creado al personaje, pero él nunca ha dicho que no es así”, asegura.

Sea cual sea el final del juez, Napoleoni sostiene que su caída puede abrir en España un proceso de autocrítica sobre algunos asuntos, como la interpretación de las leyes, la politización de la justicia y de algunos magistrados y la memoria histórica.

Por Sonia López

EFE via Yahoo! España Noticia


14 kilómetros de memoria histórica…

marzo 13, 2011

14 kilómetros de memoria histórica

  • El Archivo Histórico Provincial atesora ocho siglos de la Historia de Albacete, desde 1257
  • Entre sus documentos, fueros, privilegios y pruebas del sufrimiento de los moriscos y de venta de esclavos
Periódicos históricos, carteles de toros, fotografías, mapas, planos, actas, privilegios e, incluso, testimonios escritos de la venta de esclavos, de la presencia de los moriscos en la provincia o de la primera mujer que obtuvo el permiso de conducir, los masones, la República o el Franquismo. El Archivo Histórico Provincial de Albacete atesora miles de documentos únicos, de un valor incalculable tanto por la información que encierran como por la encuadernación y las ilustraciones. Entrar en el edificio de la calle Padre Romano y empezar a consultar carpetas supone tirar de un hilo que nunca se acaba, que engancha al investigador y al aficionado. Aquí se guarda la memoria histórica de ocho siglos con documentos del notariado, del catastro, de cultura, trabajo, sanidad, bienestar social o las cámaras agrarias, junto con carteles de cine, toros y teatro, dibujos, mapas y planos.
El Archivo Histórico Provincial se levanta en la calle Padre Romano, esquina con San Julián, en un edificio del año 1924. Aquí, nueve trabajadores se encargan de conservar este tesoro y de orientar a quienes se empeñan en buscar en el pasado. En total, hay ocho depósitos -salas llenas de documentos- con 14.000 metros lineales de estantería, donde se han colocado 70.000 cajas repletas de historia.
Depósitos
Las habitaciones donde se guardan los documentos tienen suelo y techo reforzados, para soportar el peso, y la altura rebajada, con el fin de que el aire caliente no circule por encima de las estanterías, propagando un eventual fuego. Además, estos espacios se mantienen a temperatura y humedad constantes, para que el papel no se deteriore. Los depósitos impresionan. Parecen habitaciones acorazadas contra las llamas y las amenazas externas.
El sistema automático para la extinción de incendios cuenta con agua nebulizada, pensando únicamente en la conservación del papel. De hecho, los documentos sólo se sacan de aquí de forma temporal, para que los usuarios los consulten en la sala de la primera planta, abierta a todos los públicos. Aquí es donde los trabajadores del archivo demuestran a diario que su paciencia es infinita. Por imposible que parezca la búsqueda, siempre acaban encontrando la carpeta.
Guía
La directora del Archivo, Elvira Valero, ha editado una pequeña revista en la que explica, con textos e ilustraciones, cuál es la utilidad de esta institución albaceteña. Aquí se recuerda que el documento más antiguo que se conserva es del año 1257. También se reproduce un texto de 1287 en el que Sancho IV confirma a Alcaraz sus privilegios. Se hace referencia a legados tan curiosos como una carta partida entre Almansa y Chinchilla, del año 1338. Valera recuerda que en la Edad Media, para hacer valer los contratos entre varias personas, se partían en dos. Con el tiempo, si alguien ponía en duda su autenticidad, bastaba con «casar ambas partes para saber si se había falsificado o no».El contenido de todos y cada uno de los documentos es valioso, pero algunos son auténticas obras de arte por sus ilustraciones, colores y capitulares. Llaman la atención los dibujos del privilegio del villazgo de Ayna, de 1565, o el plano de Riópar, de 1752, también de gran variedad cromática. El privilegio de Almansa, un testimonio escrito de 1477, tiene la letra capitular iluminada con oro. Pero más curioso resulta un libro de actas de Alcaraz, aquí se escribió con una tinta que contenía hierro y se ha comido el papel.
El Archivo Histórico Provincial recibió recientemente los privilegios de Peñas de San Pedro, para su custodia y conservación, pero también guarda el título que confirma la independencia de El Bonillo, de 1538, o la escritura de compra venta de una esclava en Corral Rubio.
Para Elvira Valero, el valor del archivo reside en que una institución de este tipo, bien organizada, garantiza tres derechos, el del acceso a archivos y registros; el acceso democrático a la cultura y la protección del patrimonio documental.
En el siglo XXI, el archivo es un recurso vivo, donde no se para de trabajar. Tan pronto llega un investigador buscando la huella de un personaje del siglo XVIII, como un escritor que quiere recopilar la historia de un pueblo, un fanático del cine, un aficionado a las tradiciones populares o un admirador de los toreros del siglo pasado. No faltan quienes tienen que resolver problemas de lindes y se sumergen en el catastro, los periodistas que quieren recuperar el pasado o, simplemente, los alumnos de los colegios de la provincia, que aprenden qué es un archivo y para qué se considera imprescindible.
Utilidad
En el siglo XXI la utilidad del archivo no deja lugar a dudas, pero Valero recuerda en su trabajo que los griegos y romanos ya dieron la consideración de utilidad pública a este tipo de instituciones.
Valero considera que cuando pasan los años los documentos pierden su utilidad administrativa, pero no por ello dejan de ser fundamentales, ya que es entonces cuando adquieren un nuevo valor, el histórico. Los investigadores ven cómo era la provincia en el siglo XIII, cómo eran los carteles de Feria siglos después, los planos del Ferial, el traje de manchega en los periódicos y fotografías o los motivos de la epidemia de cólera. Con estos datos, «se escriben libros para que otras personas los puedan leer y estudiar y comprender cómo va evolucionando la sociedad».
Un archivo no es una biblioteca porque los documentos que guarda son únicos y auténticos, «para eso incorporan la firma, sellos, membretes, signos y otros elementos de veracidad». En Albacete se guardan privilegios a los que, para dar mayor solemnidad, se les colgaba un sello de plomo con hilos de seda. También existen los privilegios rodados, llamados así por la rueda central del documento, con el símbolo del Rey.
Aunque no es usual, el archivo de Albacete también conserva prensa antigua, hasta 1845, con ejemplares local y nacionales, revistas ilustradas de moda, de historia o de literatura.
El Archivo Histórico Provincial de Albacete siempre tiene la puerta abierta para quien lo quiera visitar de lunes a viernes. Sus trabajadores ayudan y orientan para cualquier búsqueda, previa petición por escrito, trámite que se hace en el momento. Los documentos están clasificados, ordenados y descritos, por lo que, para buscarlos, los archiveros suelen empezar por consultar las bases de datos del ordenador.
Una vez localizada la caja, hay un ascensor que lleva a los diferentes depósitos. En cuestión de minutos, el usuario puede tener en sus manos la carpeta que buscaba. La puede consultar y pedir copias en papel o en formato digital del documento que le haya interesado o bien fotografiarlo si, por cuestiones técnicas, no es posible reproducirlo en la fotocopiadora.
La memoria histórica está ahí, en pilas de cajas que, puestas en fila, podrían llegar hasta Chinchilla.

PARA RECORDAR

1931

Se crean los archivos históricos provinciales.
Historiadores, investigadores y escritores son consultores asiduos de los textos archivados
La sede, en la calle Padre Romano, se reformó para conseguir una humedad y temperatura constantes
ELVIRA VALERO DIRECTORA DEL ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE ALBACETE
«Un archivo no es una biblioteca porque los documentos que guarda son únicos y auténticos, para eso incorporan la firma, sellos, membretes, signos y otros elementos de veracidad».

La Verdad (Albacete) vía google noticias


Vivir con las botas puestas…

marzo 13, 2011

Luis Ortiz Alfau, de 95 años, compagina su voluntariado en Banco de Alimentos con su candidatura en las listas de los socialistas en Bilbao

Luis Ortiz Alfau

Luis Ortiz Alfau, durante la entrevista en el salón de té New York, en Bilbao.- LUIS ALBERTO GARCÍA

ISABEL LANDA – San Sebastián – 13/03/2011

Sentado en el salón de té New York, Luis Ortiz Alfau (Bilbao, 1917) desgrana al compás de una memoria prodigiosa los avatares de una intensa vida de 95 años marcada por su paso en el frente durante la Guerra Civil luciendo casaca republicana, el peso de sus hermanos Rafael y Ángel (el pintor de la Ría y el escritor-periodista) figuras emblemáticas de la cultura bilbaína, y su fiel voluntariado.

“Muchos me aprecian por mis hermanos y vivo un poco del cuento”

Ostenta con humildad, pero con cierta relevancia mediática, ser en la actualidad uno de los dos candidatos nonagenarios que va en las listas del PSE de Bilbao en las próximas elecciones municipales y uno de los voluntarios en activo de más edad de Europa por su trabajo en el Banco de Alimentos.

Luis se aferra con clase a la boina ante el fotógrafo “porque es muy bilbaíno”. Lo mismo coge el coche para ir de Txurdinaga, su barrio, hasta Bolueta donde trabaja desde hace 15 años como voluntario, que se desplaza hasta Paredes de Nava, en Palencia, para asistir al levantamiento de una fosa. Un día a la semana participa en una tertulia en Tele 7 de Barakaldo porque le gusta contar historias y las contextualiza sin margen de error. “Me gusta vivir, sacarle chispa a la vida y moriré con las botas puestas”, dice para justificar su vitalidad.

Ajeno a las militancias políticas, se unió al bando republicano a los 18 años porque su padre era de izquierdas. Estuvo en el bombardeo de Gernika pero se salvó porque su batallón se encontraba a las afueras en la retaguardia. “Nos tocó recoger muertos y heridos y mi madre siempre creyó que había muerto allí”. Pasó por el campo de refugiados en Gurs (Francia), y fue sargento administrativo de un batallón creado por Indalecio Prieto para los vascos. Cuando estalló la II Guerra Mundial decidió volver a Bilbao pero le detuvieron en el puente de Hendaya y le llevaron preso a la Universidad de Deusto, convertida en prisión. A pesar de ser rojo, estuvo de escribiente en un batallón de trabajos forzosos para levantar carreteras en el Valle del Roncal. “La memoria histórica significa que nos deben pedir perdón y reconocer que se hizo mal cuando los que no teníamos delitos de guerra nos castigaron a los campos de trabajo porque nos tocó la guerra en zona roja”, reflexiona.

Ortiz Alfau reconoce que salió vivo de las contiendas por la máquina de escribir. “Esa fue mi bendición, le pondría un monumento. En todos los destinos tuve la suerte de trabajar como escribiente. Fui un privilegiado y la máquina me salvó”.

Está jubilado desde 1977 tras 35 años como jefe administrativo en Uralita donde entró pagando 5.000 pesetas a un falangista para conseguir un permiso oficial. “Estuve cuatro años para devolver el dinero pero conseguí un trabajo después de la guerra”. Viudo desde hace dos años, vive solo: “Limpio, cocino y plancho, esto último no muy bien”.

“¿Mis hermanos? Muchos me aprecian por ellos. Vivo un poco del cuento, a veces en las colas cuando me preguntan los apellidos, siempre hay una cabeza que asoma y me cede el paso”, se jacta con picardía.

El País (Edición País Vasco)


Hallada la fosa con los restos de las 17 rosas de Sevilla…

marzo 13, 2011

REYES RINCÓN – Sevilla – 13/03/2011

Un antropólogo forense ha certificado que los restos hallados en una fosa común del cementerio de Gerena (Sevilla) corresponden a mujeres. Era la ratificación que esperaba la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica del vecino municipio de Guillena para confirmar que allí yacen las conocidas como 17 rosas, un grupo de mujeres que fueron fusiladas por los falangistas en octubre de 1936 por ser madres, hijas, esposas o hermanas de sindicalistas y políticos de izquierdas.

    La Recuperación de la Memoria Histórica

    La de las 17 rosas es una de las fosas más simbólicas del franquismo en Andalucía. Desde hace más de un año se buscaban los restos de aquellas vecinas de Guillena que la mañana del 12 de octubre de 1936 fueron sacadas de la cárcel y llevadas a misa para excomulgarlas. Al salir las raparon, les obligaron a tomar aceite de ricino y las vejaron en público. “El protocolo habitual”, cuenta Gabriel Rodríguez, de la Asociación para la Recuperacón de la Memoria Histórica del municipio. Más tarde las metieron en un camión y las llevaron al cementerio de Gerena, donde un niño de ocho años vio escondido en un olivar cómo las fusilaban.

La asociación y el Ayuntamiento de Gerena trabajan en la zona desde abril del año pasado para encontrar la fosa y, hace unas semanas, a 1,20 metros de profundidad, hallaron restos humanos. Ya han localizado entre ocho y nueve cuerpos, saben que hay otros tantos y un antropólogo forense enviado por la Junta de Andalucía ha confirmado que pertenecen a mujeres. La fosa ha sido sellada, a la espera de que la asociación obtenga una subvención que le permita exhumar los cadáveres y realizar las pruebas de ADN que sirvan para identificar a las víctimas.

El País.com


ENTREVISTA: VIDAS ROBADAS CARMEN TORRES FRANCO: 42 años y 5 minutos buscando a Susana

marzo 13, 2011

NATALIA JUNQUERA / JESÚS DUVA – Madrid – 13/03/2011

Carmen Torres Franco

Carmen Torres Franco, el pasado viernes, en una cafetería cercana a su lugar de trabajo en Madrid.- LUIS SEVILLANO

TRES PERSONAS PARTIDAS. Carmen, Eva y Pepi sienten como si les faltara una parte de su cuerpo. Como si estuvieran incompletas. Es la extraña sensación que tienen los mellizos. Ellas están convencidas de que sus hermanos fueron robados al poco de nacer

Carmen lleva 42 años buscando a la persona que nació cinco minutos después que ella en el hospital de la calle O’Donnell (Madrid). Es mucho tiempo, pero todavía es incapaz de mencionar el nombre de su hermana gemela, Susana, sin romper a llorar. “Yo siempre he vivido con una sensación extraña, como si me faltara mi parte derecha, como si estuviera coja”.

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Busco a mi gemela

VIDEO – – 13-03-2011

Carmen Torres Franco denuncia el robo de su hermana en la clínica O’Donnell en 1968

  • “¡Búsquela ahí!’, le gritó la monja a su padre señalando cuatro cadáveres
  • Un certificado oficial confirma que la niña nunca fue enterrada

Carmen Torres Franco cuenta que el día que recibió el escrito del cementerio de La Almudena certificándole que su gemela nunca había estado enterrada allí, sintió una mezcla de “felicidad y rabia”. Lo primero, porque el documento probaba que ni ella, ni su madre, ni su padre estaban locos cuando pensaban que a la pequeña la habían robado al poco de nacer. Lo segundo, la rabia, “la impotencia”, añade, porque probablemente preferirían no haber tenido nunca razón.

“Nacimos la madrugada del 24 de enero de 1968, con cinco minutos de diferencia. A mi madre, Carmen, no le habían dicho que estaba embarazada de gemelas. Pese a ser sietemesinas, las dos teníamos un buen peso: 2,5 kilos yo y 2,1 mi hermana. El parto fue ‘normal’ y ‘viable”, relata Carmen subrayando las palabras clave en un documento recogido en la maternidad. “Pero después de haber pasado dos días en la habitación con mi madre, llegó un médico y dijo que tenía que llevarnos a la incubadora, que estábamos muy mal. Ese mismo día le dieron el alta a mi madre”, recuerda.

Sus padres van a verlas cada día al hospital. Las niñas tienen buen aspecto. Pero el médico les desanima hasta el punto de que les sugiere que sean bautizadas por si acaso. “Una monja le pidió a mi madre dos nombres para el bautizo y mi madre se los dio”. A los 16 días, el 9 de febrero de 1968, cuando Carmen Franco, ama de casa, y Luis Torres, transportista, van a ver a sus hijas a la incubadora, un médico del cual no recuerdan el nombre les comunica que la pequeña Susana ha muerto.

“A mi padre le dicen que le han practicado una autopsia a la niña y que gracias a eso han conseguido salvarme a mí. Le aseguran que mi hermana ha muerto de hemorragia intracraneal, que según me he informado, es algo que en el 70% de los casos ocurre en los tres primeros días de vida, no en el 16º”, explica Carmen. “Mi padre exige verla. Una monja intenta convencerle de que no lo haga: ‘Es mejor que se quede con la imagen que tiene. Está muy desfigurada’, le dice. Mi padre insiste: ‘Quiero ver a mi hija. Quiero ver a mi hija’. Por fin, le dejan. De malas maneras, le llevan a una habitación. No era la morgue, pero cuando mi padre entra, ve el cadáver de una mujer en una cama y tres cajitas con bebés muertos. La monja le empuja dentro y le grita: ‘Búsquela ahí!’. Pero mi padre mira en las cajitas y no ve a su hija”.

Luis Torres busca a la religiosa. “Mi hija no es ninguna de esas. He mirado las etiquetas y ninguna pone su nombre”, le dice. Ella, enfadada, le responde: “Tiene que mirar por el nombre de la madre, no por el de la niña. Espere aquí”. El padre de Carmen le ha contado a su hija que, tras tenerle un buen rato esperando, le invitaron a volver a entrar a la habitación. “Cuando entró de nuevo, en una de las etiquetas de los tres bebés muertos estaba escrito el nombre de mi madre. Mi padre siempre me ha dicho que la primera vez no estaba, y que la niña que vio era muy grande para ser su hija”.

Luis Torres comunica entonces a la monja que quiere llevarse a Susana para enterrarla en el panteón familiar. “Ella le dice que el hospital se encarga de todo. Que la niña será enterrada ‘como todos, como un angelito de Dios’, en una fosa común en el cementerio de La Almudena. Mi padre insiste. La religiosa le dice que lo que tiene que hacer es cuidar de mí, porque probablemente también me muera. Así que, al final, mis padres salieron de allí sin Susana, conmigo en brazos y el miedo metido en el cuerpo a que yo también muriera”, explica Carmen. “Pero yo estoy aquí y estoy convencida de que mi hermana también sigue viva”.

Aquel febrero de 1968 en O’Donnell murieron otros 36 bebés. Antes, en enero de 1964, habían fallecido otros 37 y, después, en noviembre de 1973, 34 más. Son los datos que han recabado tres familias que denuncian el robo de sus hijos en esta clínica y que han acudido al Archivo Regional de la Comunidad de Madrid (calle Ramírez de Prado, 3) para pedir el libro de asientos de esta maternidad aparentemente maldita, a tenor del altísimo índice de mortalidad infantil que registró durante más de una década.

Carmen cuenta que en su casa apenas volvió a hablarse de la pequeña Susana. “Yo recuerdo que de pequeña solía dibujar a mi hermana y cuando fui mayor le reprochaba a mi madre que no supiera exactamente dónde estaba enterrada para llevarle flores. Ahora me arrepiento de aquel reproche. Mi madre siempre pensó que se la habían quitado y mi padre igual. Ella murió ya y mi padre sigue sufriendo. Si la sigo buscando es, sobre todo, por él”.

Tras el rastro de su hermana, Carmen ha recorrido cada archivo. Así ha descubierto que donde debería haber estado registrado su bautizo, no figura nada, y que, en el cementerio donde supuestamente la habían enterrado “como a un angelito de Dios”, tampoco. El documento que el director de Cementerios, Manuel Torres Iribarne, le remitió hace apenas dos semanas, reza: “Tras una búsqueda en el libro de enterramiento diario, no encontramos ninguna inscripción que se ajuste al perfil que nos ha solicitado, buscando referencias como ‘feto femenino de Luis y Carmen’ o ‘Susana Torres Franco’ entre las fechas comprendidas entre el 9 de febrero y e1 9 de marzo de 1968”.

“No saber qué pasó con mi hermana es una tortura”, prosigue Carmen. “La busco constantemente. Me siento coja. Tengo pesadillas con el momento en que la sacan de la incubadora y se la llevan para siempre. Cada día pienso en la vida que habrá tenido. A veces creo que ha ido a parar con unos padres ricos, que no podían tener hijos, y que quizá por eso, porque ella tiene ahora una buena posición, no me busca o no quiere encontrarme. Otras veces, imagino que tuvo unos malos padres que no querían una hija, sino una criada, como en otros casos. Es muy duro. Mi padre siempre está triste. Cada vez que suena el teléfono nos abalanzamos sobre él por si es ella”.

Durante décadas miles de bebés en España fueron sustraídos o separados irregularmente de sus padres. Sigue la serie de EL PAÍS sobre este tráfico de niños y ofrece el relato de las víctimas y de quienes participaron en las tramas. | Consulta el especial: Vidas robadas. | Participa en Eskup. ¿Crees que eres un niño robado o conoces a algún caso? Envíanos un correo electrónico.

El País.com


Una página inesperada del 23-F

marzo 13, 2011

REPORTAJE: RECONCILIACIÓN 30 AÑOS DESPUÉS

30 años después del 23-F, el guardia civil que arrancó a un diputado las notas escritas durante el golpe se las devuelve. Esta es la historia

JOAQUÍN PRIETO 13/03/2011

El abrazo entre el ex guardia civil José Antonio Iglesias y el exparlamentario Lluís Maria de Puig

El ex guardia civil José Antonio Iglesias (izquierda) y el exparlamentario Lluís Maria de Puig, en marzo de 2011.- SAMUEL SÁNCHEZ

Un guardia civil arrancó la hoja del libro en la que un diputado había escrito notas sobre el secuestro del Congreso, el 23 de febrero de 1981. Tres décadas después se las devuelve, con EL PAÍS como testigo. “No te agradezco lo que pasó, pero sí que me hayas llamado”, le dice el exdiputado. “Yo no estaba por el golpe. Hice lo que pude para que aquello no fuera a peor”, afirma el exguardia

Dos hombres se abrazan frente al Congreso de los Diputados, tras encontrarse al cabo de 30 años de unos hechos en los que ninguno querría haber participado. Los protagonistas de esta historia son el ex guardia civil José Antonio Iglesias, que entró en ese edificio con los golpistas el 23 de febrero de 1981; y Lluís Maria de Puig Olivé, diputado de Socialistas de Cataluña en aquel tiempo, a quien le fue requisado un libro durante las 18 horas que estuvo en poder de Antonio Tejero. Al aparecer ese detalle en el acta del Congreso sobre los sucesos del 23-F, difundido hace tres semanas, el exguardia llamó a EL PAÍS; reveló que él tenía una página de aquel libro con anotaciones del diputado, y dijo que deseaba devolvérselas. Después se puso en contacto con él. “No te estoy agradecido de lo que pasó aquella noche”, le dijo De Puig, “pero sí de que hayas conservado esa página y de que me llamaras. De eso sí que te estoy muy agradecido”.

    “¿Cómo es que la dirección del cuerpo no supo nada? ¡Pero si se enteraban de cualquier nimiedad!”, afirma el exguardia “Había compañeros con miedo a que el golpe saliera, lo oí incluso a suboficiales. ¿Qué futuro nos esperaba?”

    “Me impresionó la pila de armas requisadas a los escoltas. No sé como no hubo enfrentamiento”, comenta el exguardia

    “A ver si la aparición de este papel hace que salgan otros documentos ocultos del 23-F”, dice el exdiputado De Puig

    Entre ambos reconstruyen la historia del objeto requisado. El encierro del 23 de febrero duraba ya cinco horas y De Puig tomó el libro que se había llevado aquel día, sacó un rotulador verde y se puso a escribir en una de las páginas que suelen publicarse en blanco. Le descubrió uno de los oficiales de Tejero, el teniente César Álvarez, quien voceó que allí estaba prohibido escribir y mandó a dos guardias al escaño. Lo cuenta De Puig:

    -Llegó la pareja: que qué estaba escribiendo. ‘Está en catalán, si quieren se lo traduzco’, les dije. Se llevaron el libro y se lo enseñaron al teniente. Vino Tejero, lo tomó con aquella actitud prepotente que tenía siempre y dio cabezazos, como si hubiera descubierto algo importante. Luego lo dejó en una mesita, al pie de la tribuna de oradores.

    El libro requisado no estuvo al alcance de su dueño en toda la noche, como una pequeña humillación adicional a la que suponía la situación de prisionero en la sede del Congreso. Cuando el secuestro consumía sus últimas horas, el libro seguía en el mismo sitio y De Puig pensó en recuperarlo. De repente, un guardia civil arrancó la hoja escrita y se la guardó, dejando el volumen amputado sobre la mesa.

    Exguardia. ¿Sabes quién te quitó esa hoja?

    Exdiputado. Pues no.

    Exguardia. Fui yo. Sí, fui yo.

    La página escrita por De Puig no contenía claves secretas. Consistía en impresiones de quien se manifestaba preocupado por lo que pudiera haberles ocurrido a los suyos, sobre todo a su hermano Jaume -en aquel tiempo, secretario del expresidente de la Generalitat Josep Tarradellas-. Es un texto de quien se siente vigilado por gente que puede reaccionar violentamente, como lo evidencian las precauciones con que redacta: una descripción somera de los disparos y esa mención al tranquilizador mensaje del general Milans, en realidad un bando de estado de excepción. No estaba la noche como para arriesgarse a que el escrito se convirtiera en una prueba acusatoria. (Véase la traducción aquí).

    Lluís Maria de Puig con la hoja que le arrancó José Antonio Iglesias eml 23-F

    Lluís Maria de Puig comprueba que la página que le devuelve el exguardia José Antonio Iglesias es la que le fue arrancada durante la noche del 23-F.- SAMUEL SÁNCHEZ

    En los recuerdos del exguardia no ha quedado grabado qué le llevó a arrancar esa hoja. “Lo hice por seguridad, ya que no entendía lo escrito”, indica, como si hubiera sido un acto protector. Ignoraba a quién pertenecía el libro original, y por tanto la página en su poder, hasta que leyó su nombre al publicarse el acta de referencia, hace tres semanas.

    Decidido a colmar aquella laguna en su vida, el exguardia ha viajado a Madrid para reunirse con el exdiputado. Saca la funda de plástico donde tenía guardada la página en cuestión, la extrae y se la entrega a Lluís Maria de Puig, quien esboza un gesto de satisfacción al recuperar una pequeña parte de su historia personal. “A ver si la aparición de este papel hace que salgan otros documentos del 23-F que siguen ocultos por ahí”, comenta, tras comprobar que la página, amarilleada por el tiempo, se corresponde con la que faltaba en su ejemplar de La poesía de Rafael Masó, el libro con el que salió del Congreso el 24 de febrero de 1981 sin la hoja simbólicamente recuperada tantos años después.

    La conversación se encamina ahora hacia otros derroteros. A De Puig, que ha dedicado varios años a investigar los misterios del golpe de Estado, le quema una pregunta:

    Exdiputado. Oye, y tú ¿cómo te metiste en esto?

    Exguardia. Yo estaba en el subsector de Tráfico de la Guardia Civil, que mandaba el capitán José Luis Abad. Había trabajado hasta las seis de la mañana del lunes 23 de febrero. Tras dormir un rato, como me encontraba libre de servicio, me puse a preparar el comentario de un texto de Pío Baroja, porque estaba haciendo el bachillerato. Me llamó el sargento jefe de mi destacamento y ordenó que tomara la dotación completa de armamento; es decir, subfusil Z-70 y seis cargadores de 30 cartuchos cada uno para el arma larga, más la pistola y su munición.

    Exdiputado. ¿Con qué instrucciones?

    Exguardia. Que nos trasladaríamos a Madrid, al Parque de Automovilismo, en la calle del General Mola (hoy, Príncipe de Vergara) para hacer un servicio especial, como figuraba en la papeleta de servicio. A las tres de la tarde fuimos para allá ocho de mi acuartelamiento, un cabo y siete guardias.

    José Antonio Iglesias no sabe de conspiraciones político-militares de altos vuelos. Su perspectiva es la de uno de los cientos de guardias rasos reclutados para la asonada. Lo que nunca ha comprendido es que la dirección general de la Guardia Civil estuviera en la inopia respecto a los preparativos del golpe:

    -En el Parque de Automovilismo había mucho más revuelo que cualquiera de las veces anteriores que había tenido que ir. Con tanto trasiego, ¿cómo es que los servicios de información no se enteraron de nada o no dijeron nada a la dirección general de lo que se cocía allí? ¡Pero si se enteraban de cualquier nimiedad que pasara en los acuartelamientos!

    A Iglesias se le nota un punto emocionado. Pero sigue hablando con firmeza a medida que le preguntan el exdiputado y el periodista. Vuelve a la escena del Parque de Automovilismo, al momento en que los de Tráfico forman en el garaje ante su capitán, Abad, que a las 16.30 les lanza una arenga: se trataba de poner orden, ya estaba bien de “pintadas”, había que arreglar lo que estaba “mal” en el sistema.

    Exdiputado. ¿Y mencionó al Rey?

    Exguardia. Alguien habló del Rey, sí, pero no sabría decir quién.

    Exdiputado. ¿Sabíais adónde os iban a llevar?

    Exguardia. El capitán no dijo nada del Congreso, pero estaba más o menos claro que íbamos a ir a algún sitio donde había políticos. También dijo que el que no quisiera ir que diera un paso al frente. Por descontado, nadie lo dio.

    Iglesias subió al primero de los autobuses preparado para la operación, un vehículo civil. Un compañero le comentó el rumor de que un comando terrorista se había metido en el Congreso, que los guindillas (así se aludía antiguamente a los policías municipales en la jerga de los cuerpos de seguridad) estaban de huelga, y a lo mejor les llevaban a ellos para regular el tráfico. “Pero en el camino”, sigue Iglesias, “empezamos a darnos cuenta de que sabían más unos que otros, cuando por la radio del autobús sonó el discurso deSantiago Carrillo” (entonces líder del Partido Comunista). Alguno de los que iban en el autobús dijo claramente, como señalando hacia la voz que salía por la radio: “Vamos a por ti”. (Ignorante de todo esto, Carrillo estaba anunciando el voto negativo de su grupo a Leopoldo Calvo Sotelo como jefe del Gobierno, argumentando que no había prometido “democratizar la dirección de los órganos de represión en este país”, y por considerarle como el mascarón de proa de “la gran derecha”).

    Parece que Tejero había previsto entrar en el Congreso con los guardias que traía un capitán de su confianza, Jesús Muñecas, pero el autobús de este venía de Valdemoro (sur de Madrid) y se retrasó. Los dos primeros autocares que llegaron fueron los de Tráfico. José Antonio Iglesias, tras saludar con naturalidad a los policías que custodiaban la cancela exterior con un “hola, compañeros”, entró deprisa en el patio y llegó a la puerta giratoria del edificio que alberga el hemiciclo. “Al empujar la giratoria, la mano resbaló y di un golpe a una de las hojas, que tropezó con el guardia que estaba delante. No sabía quién era, pero él llevaba tricornio y nosotros íbamos con la gorra de servicio. El del tricornio sacó la pistola que tenía escondida bajo la chaqueta y en ese momento vi los dosmantecados que llevaba en la guerrera: ‘Joder, un teniente coronel’, pensé”.

    Aún no sabía que acababa de tropezarse con Tejero, quien, seguido de un tropel de hombres armados, entró en el pasillo. Ahí surgieron los primeros gritos -“¡Al suelo!”- y los dos primeros disparos, que no hizo Tejero -contra lo que sostienen otras versiones del 23-F-, sino uno de los que venían detrás. El entonces teniente coronel entró después en el hemiciclo, subió a la tribuna y lanzó aquel primer “¡Quieto todo el mundo!” en el salón de plenos, ante el estupor de las más de 400 personas -parlamentarios, miembros del Gobierno, invitados, periodistas- que asistían a la sesión.

    Iglesias empezó a ver aquello bastante mal. Uno de los tiros en el pasillo le había pasado cerca, porque escuchó nítidamente el silbido de la bala. Preguntó a un ujier por un baño y este le señaló la escalera hacia la primera planta. Se fumó medio pitillo y se perdió el tiroteo en el interior del hemiciclo. Cuando entró en el salón de plenos lo hizo por una de las tribunas, justo en el momento en que un tipo ordenaba al cámara de TVE: “¡Para eso, o te mato!”.

    Tercia Lluís Maria de Puig:

    -Yo estaba sentado junto a Juli Busquets y Ernest Lluch. Cuando los guardias empezaron a gritar ‘¡Al suelo, al suelo!’, a Busquets le salió el comandante del ejército que llevaba dentro -había participado en la Unión Militar Democrática (UMD)-, se levantó de su escaño y lanzó este grito: ‘Por España se muere de pie’. Recuerdo haberle dicho algo así como: ‘No hagas el imbécil, agáchate’. Y en seguida, el tiroteo. Ni se me ocurrió pensar que disparaban al techo, creí que tiraban a dar. Cuando empecé a incorporarme y vi otras muchas cabezas que hacían lo mismo, me di cuenta de que no habían matado a nadie. A pesar de toda la incertidumbre y la tensión, eso me hizo pensar que a lo mejor aquello no era tan serio.

    El relato avanza. Sale a relucir el anuncio del capitán Jesús Muñecas a los diputados, cuando les dijo que “una autoridad militar” llegaría en “20 minutos, media hora”.

    Exdiputado. ¿Sabías tú quién era esa autoridad a la que se esperaba?

    Exguardia. No. Lo que sí recuerdo es que pasaba el tiempo, allí no llegaba autoridad militar alguna y ni siquiera vi a Abad, mi capitán. No volví a verlo hasta por la mañana, ni nadie me dio órdenes de lo que debía hacer allí dentro. Me quedé en el hemiciclo casi toda la noche, si bien algunas veces salí fuera, incluso llamé al cuartel desde una cabina pública y pude hablar con mi mujer.

    En las primeras horas, Jesús Sancho Rof (ministro de Obras Públicas) preguntó algo a Iglesias, del estilo: “¿Y a usted qué le parece esto?”. También le pidió noticias de otro diputado, paisano suyo, preso escaños arriba. El ministro del Interior, Juan José Rosón, salió del banco azul, retrocedió despacio de espaldas a la tribuna y se situó cerca de donde se encontraba Iglesias. “Era gallego, como yo; un hermano suyo, el general Luis Rosón, había intervenido en una movida personal que me afectaba. Le dije al ministro: ‘Oiga, ¡manda cojones, mire dónde nos venimos a ver!’, y él, con aquel vozarrón ronco que tenía, respondió: ‘¿Y luego?”.

    Iglesias empezó a cumplir algunos encargos de Rosón. “¿Él era mi jefe, no?”. Le pidió que se enterara de dónde estaba el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, a quien Tejero había sacado del hemiciclo y recluido en un cuartucho donde se guardaban los útiles para la limpieza, “mayor humillación no pudieron hacerle al hombre”. El ministro pidió también que pasara un recado a Fernando Abril Martorell: “Yo no le conocía”, explica Iglesias, “pero se oía de vez en cuando su transistor”. Se refiere al exvicepresidente del Gobierno, que fue el primero de los secuestrados en agenciarse un aparato de radio, gracias al cual hizo circular la idea de que el golpe no estaba triunfando fuera del Congreso. (Fernando Abril se dedicó también a minar la moral de alguno de los guardias asaltantes con comentarios como este: “¿Te has despedido de tu novia? Pues llámale ya, que a lo mejor no la vuelves a ver en 30 años”).

    José Antonio Iglesias relata ahora un encuentro entre el ministro del Interior, Juan José Rosón, y el de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, en las primeras horas del encierro, aprovechando una salida al baño. “Rosón me pidió que le ayudara a marcharse del Congreso. Yo le dije que estaba dispuesto. Pero Rodríguez Sahagún le aconsejó esperar”. Muchas horas después, Rosón le encomendó que pasara un mensaje de tranquilidad a Manuel Fraga. Silencioso durante toda la tarde-noche, el líder de Alianza Popular había prorrumpido en protestas a la mañana siguiente contra los “forajidos” que les retenían, lo cual provocó un siniestro ruido de cerrojos en decenas de fusiles, el momento más peligroso de todo el encierro tras el tiroteo durante la fase inicial del asalto. Fraga fue confinado en un cuarto con ventana sobre uno de los leones del Congreso, el que está más cerca de Neptuno.

    Aunque el general Alfonso Armada hubiera sacado algo en limpio de su visita nocturna a Tejero, el futuro que ofrecía a los autores del asalto no era otro que un avión para exiliarse. Y los afectados eran muchos: pese a no tener fuerzas a su mando, Tejero había movilizado a 445 personas de la Guardia Civil (17 oficiales, 28 suboficiales, 37 cabos, 363 guardias), de las cuales 305 se quedaron toda la noche. (El general José Luis Aramburu, director del cuerpo, logró que 140 de los reclutados no llegaran a participar en la intentona). La moral se resquebrajaba, y eso que los guardias no disponían de televisores. “No me enteré de la intervención del Rey por TVE hasta el día siguiente”, confirma Iglesias. El exdiputado De Puig recuerda haber visto llorar a un guardia civil en una de las veces que pudo salir del hemiciclo, en compañía del diputado comunista Josep Solé Barberá.

    “Es que muchos nos vimos metidos en aquello sin saber. Lo mismo que nos tocó a nosotros podía haberles tocado a otros”, afirma Iglesias. “No éramos terroristas, ni golpistas. Yo obedecí a mi capitán, José Luis Abad, lo mismo que el teniente general Quintana (capitán general de Madrid) obedeció al Rey y se puso contra el golpe. Eso fue lo que pasó: si tu jefe daba una orden, le obedecíamos, así eran las cosas. Y conste que guardo un buen recuerdo del capitán Abad, porque era un mando de verdad. Lo tuve de jefe en el subsector de Tráfico de Madrid, y él tomaba decisiones, se responsabilizaba de ellas y se preocupaba por todo, no como otros mandos, que después del 23-F se empeñaron en hacer la vida imposible a los que habíamos participado en aquello. Por lo menos así lo vi yo”.

    ¿Y pudo terminar el bachillerato? “Sí, logré acabarlo. En mayo de 1983 dejé la Guardia Civil, y con ella, a grandes compañeros y amigos. Creo que fui de los pocos del 23-F, si no el único, que pidió la baja voluntaria en el cuerpo”. Obtuvo un trabajo en la empresa Sintel, filial de Telefónica, “gracias a Juan José Rosón”, que presidió esa firma después de dejar el Ministerio del Interior. Fue sindicalista y participó en la acampada de los trabajadores de Sintel ante el Ministerio de Economía, en los primeros años de este siglo. Actualmente tiene 61 años y se encuentra prejubilado.

    Iglesias dice haber hablado con Rosón varias veces después de la intentona, cuando aún estaba en el cuerpo. “En una ocasión me llamaron para que fuera al despacho del ministro a través de los radioteléfonos, así que aquello debió ser público en la Guardia Civil. El ministro me ofreció cambiar de destino, pero no quise nada. Lo que yo pedía era que se modificara el régimen interno para que no volvieran a producirse hechos como el 23-F, porque si el jefe ordenaba hacer tal cosa, los guardias estaban obligados a cumplirlo”. ¿Y qué contestaba Rosón? “Que fuera discreto”.

    “Yo no estaba por el golpe, al igual que otros muchos compañeros”, insiste. “La poca libertad que teníamos podía perderse, así como otras cosas. Pero en el caso del Congreso, no podría haber hecho mucho más. Intenté ayudar a que aquello no fuese a peor, y aún hoy no me explico cómo no tuvo consecuencias más graves: me impresionó aquella pila de armas que se les quitaron a los escoltas de los ministros y de otros cargos; es que pudo haber un enfrentamiento. También me pregunto cómo fue posible que se metieran en aquello capitanes a los que yo veía como los futuros generales; hablo de Carlos Lázaro Corthay, de Enrique Bobis, que habían sido profesores míos en la Academia de Tráfico, y de José Luis Abad, el mejor jefe que tuve en la Guardia Civil”.

    Y vuelve a las consecuencias del 23-F para él y sus compañeros:

    -Había gente con miedo a que aquello saliera adelante, lo escuché incluso a suboficiales. ¿Adónde íbamos a ir, qué futuro nos esperaba a los guardias rasos? Tras el 23-F estuve ocho días arrestado en Valdemoro (todos los participantes fueron expedientados) y cuando volví al servicio los nuevos mandos intentaron congraciarse con los políticos acentuando el reglamentismo hasta el extremo, pero no se les ocurrió darnos una Constitución para que la leyéramos. Habría sido mejor que nos juzgaran, en vez de dejarnos bien claro que éramos unos simples mandados.

    La conversación se ha prolongado mucho. Lluís Maria de Puig recoge su libro y la página amputada. De 65 años en la actualidad, diputado durante 25 y senador hasta hace pocas semanas, De Puig se ha interesado siempre por los aspectos más oscuros del golpe que le tocó vivir, pero la mayor parte de su actividad ha sido internacional -ha presidido la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa y la Unión Europea Occidental (UEO)-, además de ser profesor y escritor. Su encuentro con el ex guardia civil termina en un abrazo. “Perdón por aquel 23-F. Porque han pasado 30 años, pero a mí me parece que fue ayer”, le dice Iglesias.

    Aunque solo sea por esto, las celebraciones del 30º aniversario del golpe fallido ya han servido para algo: mostrar un gesto simbólico de reconciliación.

    La hoja arrancada del texto de Lluís Maria de Puig

    Portada del libro requisado a Lluís Maria de Puig y la hoja arrancada del mismo en las horas finales del golpe.- SAMUEL SÁNCHEZ

    Notas escritas durante la noche del golpe

    » Hoy, 23 de febrero de 1981, esta mañana en la Secretaría del Colegio Universitario me han dado este libro. He venido leyéndolo en el avión. Cuando he llegado a las Cortes ya hacía unos minutos que había empezado la sesión. Estaba completamente lleno. Lluch y Felipe han estado brillantes.

    » Ha comenzado la votación. De repente se han oído gritos en el pasillo y un golpe en la puerta. Lavilla ha llamado al orden. Pero en unos segundos la Guardia Civil ha ocupado el hemiciclo. Eran las seis y media de la tarde.

    » Nos hemos quedado aturdidos. Nos han ordenado que nos tiráramos al suelo. Se han oído disparos. Por unos segundos me he temido lo peor. Inmediatamente nos han llamado a la calma, al silencio y al orden.

    » Ahora son las once y media. Tenemos muy pocas noticias. Estoy preocupado por casa. ¿Y Jaume? ¿Qué habrá ocurrido en Barcelona?

    » Me he tranquilizado mucho cuando nos han leído el comunicado del general Milans. Ahora cabe esperar. Quizás vamos a pasar aquí toda la noche. Me siento triste. ¡Miro a mis amigos y pienso en tantas cosas…!

    » Vuelvo a coger el libro de Masó. Me parece recibir un aire gerundense que me ayuda a pasar el rato. Escribo estas líneas lleno de esperanza.

    Los secretos de Juan José Rosón

    El golpe del 23-F le pilló al ministro del Interior, Juan José Rosón, cuando la cúpula de la Policía había dimitido a causa de la crisis provocada por la muerte del etarra Joseba Arregui tras nueve días de detención policial. La foto de su cadáver desnudo, cubierto de hematomas, se publicó en la prensa la víspera de la intentona. Esa crisis policial provocó un enfrentamiento con el Ministerio de Justicia, que no quería verse señalado como responsable del fallecimiento del etarra, ocurrido en un hospital penitenciario dependiente de este departamento. Rosón era persona de temple. El relato del ex guardia civil José Antonio Iglesias aporta un testimonio suplementario a los que se conocían sobre su carácter, que le llevó a intentar contactos con los que romper el forzado aislamiento en el Congreso durante el golpe, incluso a pensar en escaparse al hotel Palace, donde estaba el mando de las fuerzas de seguridad leales.

    Rosón continuó casi dos años más al frente de Interior. En ese tiempo gestionó asuntos tan complicados como la reinserción de la rama “político-militar” de ETA, que permitió retirar de la actividad terrorista a 120 de sus miembros durante una época en que otros etarras no paraban de matar. El Gobierno de Calvo Sotelo, del que Rosón formaba parte, llevó al límite las posibilidades legales para lograr el regreso de los polimilis a la vida civil; y el de Felipe González, que le relevó, respetó esos acuerdos y consolidó el proceso.

    Otra actividad prioritaria para Rosón fue la investigación de la trama civil involucionista. Sabía mucho del caldo de cultivo previo: no en vano, había lanzado a la policía contra la ultraderecha -que en aquella época atacaba con frecuencia y mataba-, primero desde su puesto como gobernador civil de Madrid (1976-1980) y después en Interior.

    Tantas tensiones le llevaron a cultivar fuertemente la discreción y el secreto. Su temprano fallecimiento, en 1986, sin duda nos ha privado de algunas claves.

    Consulta el Especial: 30 aniversario del 23-F

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