Una página inesperada del 23-F

REPORTAJE: RECONCILIACIÓN 30 AÑOS DESPUÉS

30 años después del 23-F, el guardia civil que arrancó a un diputado las notas escritas durante el golpe se las devuelve. Esta es la historia

JOAQUÍN PRIETO 13/03/2011

El abrazo entre el ex guardia civil José Antonio Iglesias y el exparlamentario Lluís Maria de Puig

El ex guardia civil José Antonio Iglesias (izquierda) y el exparlamentario Lluís Maria de Puig, en marzo de 2011.- SAMUEL SÁNCHEZ

Un guardia civil arrancó la hoja del libro en la que un diputado había escrito notas sobre el secuestro del Congreso, el 23 de febrero de 1981. Tres décadas después se las devuelve, con EL PAÍS como testigo. “No te agradezco lo que pasó, pero sí que me hayas llamado”, le dice el exdiputado. “Yo no estaba por el golpe. Hice lo que pude para que aquello no fuera a peor”, afirma el exguardia

Dos hombres se abrazan frente al Congreso de los Diputados, tras encontrarse al cabo de 30 años de unos hechos en los que ninguno querría haber participado. Los protagonistas de esta historia son el ex guardia civil José Antonio Iglesias, que entró en ese edificio con los golpistas el 23 de febrero de 1981; y Lluís Maria de Puig Olivé, diputado de Socialistas de Cataluña en aquel tiempo, a quien le fue requisado un libro durante las 18 horas que estuvo en poder de Antonio Tejero. Al aparecer ese detalle en el acta del Congreso sobre los sucesos del 23-F, difundido hace tres semanas, el exguardia llamó a EL PAÍS; reveló que él tenía una página de aquel libro con anotaciones del diputado, y dijo que deseaba devolvérselas. Después se puso en contacto con él. “No te estoy agradecido de lo que pasó aquella noche”, le dijo De Puig, “pero sí de que hayas conservado esa página y de que me llamaras. De eso sí que te estoy muy agradecido”.

    “¿Cómo es que la dirección del cuerpo no supo nada? ¡Pero si se enteraban de cualquier nimiedad!”, afirma el exguardia “Había compañeros con miedo a que el golpe saliera, lo oí incluso a suboficiales. ¿Qué futuro nos esperaba?”

    “Me impresionó la pila de armas requisadas a los escoltas. No sé como no hubo enfrentamiento”, comenta el exguardia

    “A ver si la aparición de este papel hace que salgan otros documentos ocultos del 23-F”, dice el exdiputado De Puig

    Entre ambos reconstruyen la historia del objeto requisado. El encierro del 23 de febrero duraba ya cinco horas y De Puig tomó el libro que se había llevado aquel día, sacó un rotulador verde y se puso a escribir en una de las páginas que suelen publicarse en blanco. Le descubrió uno de los oficiales de Tejero, el teniente César Álvarez, quien voceó que allí estaba prohibido escribir y mandó a dos guardias al escaño. Lo cuenta De Puig:

    -Llegó la pareja: que qué estaba escribiendo. ‘Está en catalán, si quieren se lo traduzco’, les dije. Se llevaron el libro y se lo enseñaron al teniente. Vino Tejero, lo tomó con aquella actitud prepotente que tenía siempre y dio cabezazos, como si hubiera descubierto algo importante. Luego lo dejó en una mesita, al pie de la tribuna de oradores.

    El libro requisado no estuvo al alcance de su dueño en toda la noche, como una pequeña humillación adicional a la que suponía la situación de prisionero en la sede del Congreso. Cuando el secuestro consumía sus últimas horas, el libro seguía en el mismo sitio y De Puig pensó en recuperarlo. De repente, un guardia civil arrancó la hoja escrita y se la guardó, dejando el volumen amputado sobre la mesa.

    Exguardia. ¿Sabes quién te quitó esa hoja?

    Exdiputado. Pues no.

    Exguardia. Fui yo. Sí, fui yo.

    La página escrita por De Puig no contenía claves secretas. Consistía en impresiones de quien se manifestaba preocupado por lo que pudiera haberles ocurrido a los suyos, sobre todo a su hermano Jaume -en aquel tiempo, secretario del expresidente de la Generalitat Josep Tarradellas-. Es un texto de quien se siente vigilado por gente que puede reaccionar violentamente, como lo evidencian las precauciones con que redacta: una descripción somera de los disparos y esa mención al tranquilizador mensaje del general Milans, en realidad un bando de estado de excepción. No estaba la noche como para arriesgarse a que el escrito se convirtiera en una prueba acusatoria. (Véase la traducción aquí).

    Lluís Maria de Puig con la hoja que le arrancó José Antonio Iglesias eml 23-F

    Lluís Maria de Puig comprueba que la página que le devuelve el exguardia José Antonio Iglesias es la que le fue arrancada durante la noche del 23-F.- SAMUEL SÁNCHEZ

    En los recuerdos del exguardia no ha quedado grabado qué le llevó a arrancar esa hoja. “Lo hice por seguridad, ya que no entendía lo escrito”, indica, como si hubiera sido un acto protector. Ignoraba a quién pertenecía el libro original, y por tanto la página en su poder, hasta que leyó su nombre al publicarse el acta de referencia, hace tres semanas.

    Decidido a colmar aquella laguna en su vida, el exguardia ha viajado a Madrid para reunirse con el exdiputado. Saca la funda de plástico donde tenía guardada la página en cuestión, la extrae y se la entrega a Lluís Maria de Puig, quien esboza un gesto de satisfacción al recuperar una pequeña parte de su historia personal. “A ver si la aparición de este papel hace que salgan otros documentos del 23-F que siguen ocultos por ahí”, comenta, tras comprobar que la página, amarilleada por el tiempo, se corresponde con la que faltaba en su ejemplar de La poesía de Rafael Masó, el libro con el que salió del Congreso el 24 de febrero de 1981 sin la hoja simbólicamente recuperada tantos años después.

    La conversación se encamina ahora hacia otros derroteros. A De Puig, que ha dedicado varios años a investigar los misterios del golpe de Estado, le quema una pregunta:

    Exdiputado. Oye, y tú ¿cómo te metiste en esto?

    Exguardia. Yo estaba en el subsector de Tráfico de la Guardia Civil, que mandaba el capitán José Luis Abad. Había trabajado hasta las seis de la mañana del lunes 23 de febrero. Tras dormir un rato, como me encontraba libre de servicio, me puse a preparar el comentario de un texto de Pío Baroja, porque estaba haciendo el bachillerato. Me llamó el sargento jefe de mi destacamento y ordenó que tomara la dotación completa de armamento; es decir, subfusil Z-70 y seis cargadores de 30 cartuchos cada uno para el arma larga, más la pistola y su munición.

    Exdiputado. ¿Con qué instrucciones?

    Exguardia. Que nos trasladaríamos a Madrid, al Parque de Automovilismo, en la calle del General Mola (hoy, Príncipe de Vergara) para hacer un servicio especial, como figuraba en la papeleta de servicio. A las tres de la tarde fuimos para allá ocho de mi acuartelamiento, un cabo y siete guardias.

    José Antonio Iglesias no sabe de conspiraciones político-militares de altos vuelos. Su perspectiva es la de uno de los cientos de guardias rasos reclutados para la asonada. Lo que nunca ha comprendido es que la dirección general de la Guardia Civil estuviera en la inopia respecto a los preparativos del golpe:

    -En el Parque de Automovilismo había mucho más revuelo que cualquiera de las veces anteriores que había tenido que ir. Con tanto trasiego, ¿cómo es que los servicios de información no se enteraron de nada o no dijeron nada a la dirección general de lo que se cocía allí? ¡Pero si se enteraban de cualquier nimiedad que pasara en los acuartelamientos!

    A Iglesias se le nota un punto emocionado. Pero sigue hablando con firmeza a medida que le preguntan el exdiputado y el periodista. Vuelve a la escena del Parque de Automovilismo, al momento en que los de Tráfico forman en el garaje ante su capitán, Abad, que a las 16.30 les lanza una arenga: se trataba de poner orden, ya estaba bien de “pintadas”, había que arreglar lo que estaba “mal” en el sistema.

    Exdiputado. ¿Y mencionó al Rey?

    Exguardia. Alguien habló del Rey, sí, pero no sabría decir quién.

    Exdiputado. ¿Sabíais adónde os iban a llevar?

    Exguardia. El capitán no dijo nada del Congreso, pero estaba más o menos claro que íbamos a ir a algún sitio donde había políticos. También dijo que el que no quisiera ir que diera un paso al frente. Por descontado, nadie lo dio.

    Iglesias subió al primero de los autobuses preparado para la operación, un vehículo civil. Un compañero le comentó el rumor de que un comando terrorista se había metido en el Congreso, que los guindillas (así se aludía antiguamente a los policías municipales en la jerga de los cuerpos de seguridad) estaban de huelga, y a lo mejor les llevaban a ellos para regular el tráfico. “Pero en el camino”, sigue Iglesias, “empezamos a darnos cuenta de que sabían más unos que otros, cuando por la radio del autobús sonó el discurso deSantiago Carrillo” (entonces líder del Partido Comunista). Alguno de los que iban en el autobús dijo claramente, como señalando hacia la voz que salía por la radio: “Vamos a por ti”. (Ignorante de todo esto, Carrillo estaba anunciando el voto negativo de su grupo a Leopoldo Calvo Sotelo como jefe del Gobierno, argumentando que no había prometido “democratizar la dirección de los órganos de represión en este país”, y por considerarle como el mascarón de proa de “la gran derecha”).

    Parece que Tejero había previsto entrar en el Congreso con los guardias que traía un capitán de su confianza, Jesús Muñecas, pero el autobús de este venía de Valdemoro (sur de Madrid) y se retrasó. Los dos primeros autocares que llegaron fueron los de Tráfico. José Antonio Iglesias, tras saludar con naturalidad a los policías que custodiaban la cancela exterior con un “hola, compañeros”, entró deprisa en el patio y llegó a la puerta giratoria del edificio que alberga el hemiciclo. “Al empujar la giratoria, la mano resbaló y di un golpe a una de las hojas, que tropezó con el guardia que estaba delante. No sabía quién era, pero él llevaba tricornio y nosotros íbamos con la gorra de servicio. El del tricornio sacó la pistola que tenía escondida bajo la chaqueta y en ese momento vi los dosmantecados que llevaba en la guerrera: ‘Joder, un teniente coronel’, pensé”.

    Aún no sabía que acababa de tropezarse con Tejero, quien, seguido de un tropel de hombres armados, entró en el pasillo. Ahí surgieron los primeros gritos -“¡Al suelo!”- y los dos primeros disparos, que no hizo Tejero -contra lo que sostienen otras versiones del 23-F-, sino uno de los que venían detrás. El entonces teniente coronel entró después en el hemiciclo, subió a la tribuna y lanzó aquel primer “¡Quieto todo el mundo!” en el salón de plenos, ante el estupor de las más de 400 personas -parlamentarios, miembros del Gobierno, invitados, periodistas- que asistían a la sesión.

    Iglesias empezó a ver aquello bastante mal. Uno de los tiros en el pasillo le había pasado cerca, porque escuchó nítidamente el silbido de la bala. Preguntó a un ujier por un baño y este le señaló la escalera hacia la primera planta. Se fumó medio pitillo y se perdió el tiroteo en el interior del hemiciclo. Cuando entró en el salón de plenos lo hizo por una de las tribunas, justo en el momento en que un tipo ordenaba al cámara de TVE: “¡Para eso, o te mato!”.

    Tercia Lluís Maria de Puig:

    -Yo estaba sentado junto a Juli Busquets y Ernest Lluch. Cuando los guardias empezaron a gritar ‘¡Al suelo, al suelo!’, a Busquets le salió el comandante del ejército que llevaba dentro -había participado en la Unión Militar Democrática (UMD)-, se levantó de su escaño y lanzó este grito: ‘Por España se muere de pie’. Recuerdo haberle dicho algo así como: ‘No hagas el imbécil, agáchate’. Y en seguida, el tiroteo. Ni se me ocurrió pensar que disparaban al techo, creí que tiraban a dar. Cuando empecé a incorporarme y vi otras muchas cabezas que hacían lo mismo, me di cuenta de que no habían matado a nadie. A pesar de toda la incertidumbre y la tensión, eso me hizo pensar que a lo mejor aquello no era tan serio.

    El relato avanza. Sale a relucir el anuncio del capitán Jesús Muñecas a los diputados, cuando les dijo que “una autoridad militar” llegaría en “20 minutos, media hora”.

    Exdiputado. ¿Sabías tú quién era esa autoridad a la que se esperaba?

    Exguardia. No. Lo que sí recuerdo es que pasaba el tiempo, allí no llegaba autoridad militar alguna y ni siquiera vi a Abad, mi capitán. No volví a verlo hasta por la mañana, ni nadie me dio órdenes de lo que debía hacer allí dentro. Me quedé en el hemiciclo casi toda la noche, si bien algunas veces salí fuera, incluso llamé al cuartel desde una cabina pública y pude hablar con mi mujer.

    En las primeras horas, Jesús Sancho Rof (ministro de Obras Públicas) preguntó algo a Iglesias, del estilo: “¿Y a usted qué le parece esto?”. También le pidió noticias de otro diputado, paisano suyo, preso escaños arriba. El ministro del Interior, Juan José Rosón, salió del banco azul, retrocedió despacio de espaldas a la tribuna y se situó cerca de donde se encontraba Iglesias. “Era gallego, como yo; un hermano suyo, el general Luis Rosón, había intervenido en una movida personal que me afectaba. Le dije al ministro: ‘Oiga, ¡manda cojones, mire dónde nos venimos a ver!’, y él, con aquel vozarrón ronco que tenía, respondió: ‘¿Y luego?”.

    Iglesias empezó a cumplir algunos encargos de Rosón. “¿Él era mi jefe, no?”. Le pidió que se enterara de dónde estaba el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, a quien Tejero había sacado del hemiciclo y recluido en un cuartucho donde se guardaban los útiles para la limpieza, “mayor humillación no pudieron hacerle al hombre”. El ministro pidió también que pasara un recado a Fernando Abril Martorell: “Yo no le conocía”, explica Iglesias, “pero se oía de vez en cuando su transistor”. Se refiere al exvicepresidente del Gobierno, que fue el primero de los secuestrados en agenciarse un aparato de radio, gracias al cual hizo circular la idea de que el golpe no estaba triunfando fuera del Congreso. (Fernando Abril se dedicó también a minar la moral de alguno de los guardias asaltantes con comentarios como este: “¿Te has despedido de tu novia? Pues llámale ya, que a lo mejor no la vuelves a ver en 30 años”).

    José Antonio Iglesias relata ahora un encuentro entre el ministro del Interior, Juan José Rosón, y el de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, en las primeras horas del encierro, aprovechando una salida al baño. “Rosón me pidió que le ayudara a marcharse del Congreso. Yo le dije que estaba dispuesto. Pero Rodríguez Sahagún le aconsejó esperar”. Muchas horas después, Rosón le encomendó que pasara un mensaje de tranquilidad a Manuel Fraga. Silencioso durante toda la tarde-noche, el líder de Alianza Popular había prorrumpido en protestas a la mañana siguiente contra los “forajidos” que les retenían, lo cual provocó un siniestro ruido de cerrojos en decenas de fusiles, el momento más peligroso de todo el encierro tras el tiroteo durante la fase inicial del asalto. Fraga fue confinado en un cuarto con ventana sobre uno de los leones del Congreso, el que está más cerca de Neptuno.

    Aunque el general Alfonso Armada hubiera sacado algo en limpio de su visita nocturna a Tejero, el futuro que ofrecía a los autores del asalto no era otro que un avión para exiliarse. Y los afectados eran muchos: pese a no tener fuerzas a su mando, Tejero había movilizado a 445 personas de la Guardia Civil (17 oficiales, 28 suboficiales, 37 cabos, 363 guardias), de las cuales 305 se quedaron toda la noche. (El general José Luis Aramburu, director del cuerpo, logró que 140 de los reclutados no llegaran a participar en la intentona). La moral se resquebrajaba, y eso que los guardias no disponían de televisores. “No me enteré de la intervención del Rey por TVE hasta el día siguiente”, confirma Iglesias. El exdiputado De Puig recuerda haber visto llorar a un guardia civil en una de las veces que pudo salir del hemiciclo, en compañía del diputado comunista Josep Solé Barberá.

    “Es que muchos nos vimos metidos en aquello sin saber. Lo mismo que nos tocó a nosotros podía haberles tocado a otros”, afirma Iglesias. “No éramos terroristas, ni golpistas. Yo obedecí a mi capitán, José Luis Abad, lo mismo que el teniente general Quintana (capitán general de Madrid) obedeció al Rey y se puso contra el golpe. Eso fue lo que pasó: si tu jefe daba una orden, le obedecíamos, así eran las cosas. Y conste que guardo un buen recuerdo del capitán Abad, porque era un mando de verdad. Lo tuve de jefe en el subsector de Tráfico de Madrid, y él tomaba decisiones, se responsabilizaba de ellas y se preocupaba por todo, no como otros mandos, que después del 23-F se empeñaron en hacer la vida imposible a los que habíamos participado en aquello. Por lo menos así lo vi yo”.

    ¿Y pudo terminar el bachillerato? “Sí, logré acabarlo. En mayo de 1983 dejé la Guardia Civil, y con ella, a grandes compañeros y amigos. Creo que fui de los pocos del 23-F, si no el único, que pidió la baja voluntaria en el cuerpo”. Obtuvo un trabajo en la empresa Sintel, filial de Telefónica, “gracias a Juan José Rosón”, que presidió esa firma después de dejar el Ministerio del Interior. Fue sindicalista y participó en la acampada de los trabajadores de Sintel ante el Ministerio de Economía, en los primeros años de este siglo. Actualmente tiene 61 años y se encuentra prejubilado.

    Iglesias dice haber hablado con Rosón varias veces después de la intentona, cuando aún estaba en el cuerpo. “En una ocasión me llamaron para que fuera al despacho del ministro a través de los radioteléfonos, así que aquello debió ser público en la Guardia Civil. El ministro me ofreció cambiar de destino, pero no quise nada. Lo que yo pedía era que se modificara el régimen interno para que no volvieran a producirse hechos como el 23-F, porque si el jefe ordenaba hacer tal cosa, los guardias estaban obligados a cumplirlo”. ¿Y qué contestaba Rosón? “Que fuera discreto”.

    “Yo no estaba por el golpe, al igual que otros muchos compañeros”, insiste. “La poca libertad que teníamos podía perderse, así como otras cosas. Pero en el caso del Congreso, no podría haber hecho mucho más. Intenté ayudar a que aquello no fuese a peor, y aún hoy no me explico cómo no tuvo consecuencias más graves: me impresionó aquella pila de armas que se les quitaron a los escoltas de los ministros y de otros cargos; es que pudo haber un enfrentamiento. También me pregunto cómo fue posible que se metieran en aquello capitanes a los que yo veía como los futuros generales; hablo de Carlos Lázaro Corthay, de Enrique Bobis, que habían sido profesores míos en la Academia de Tráfico, y de José Luis Abad, el mejor jefe que tuve en la Guardia Civil”.

    Y vuelve a las consecuencias del 23-F para él y sus compañeros:

    -Había gente con miedo a que aquello saliera adelante, lo escuché incluso a suboficiales. ¿Adónde íbamos a ir, qué futuro nos esperaba a los guardias rasos? Tras el 23-F estuve ocho días arrestado en Valdemoro (todos los participantes fueron expedientados) y cuando volví al servicio los nuevos mandos intentaron congraciarse con los políticos acentuando el reglamentismo hasta el extremo, pero no se les ocurrió darnos una Constitución para que la leyéramos. Habría sido mejor que nos juzgaran, en vez de dejarnos bien claro que éramos unos simples mandados.

    La conversación se ha prolongado mucho. Lluís Maria de Puig recoge su libro y la página amputada. De 65 años en la actualidad, diputado durante 25 y senador hasta hace pocas semanas, De Puig se ha interesado siempre por los aspectos más oscuros del golpe que le tocó vivir, pero la mayor parte de su actividad ha sido internacional -ha presidido la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa y la Unión Europea Occidental (UEO)-, además de ser profesor y escritor. Su encuentro con el ex guardia civil termina en un abrazo. “Perdón por aquel 23-F. Porque han pasado 30 años, pero a mí me parece que fue ayer”, le dice Iglesias.

    Aunque solo sea por esto, las celebraciones del 30º aniversario del golpe fallido ya han servido para algo: mostrar un gesto simbólico de reconciliación.

    La hoja arrancada del texto de Lluís Maria de Puig

    Portada del libro requisado a Lluís Maria de Puig y la hoja arrancada del mismo en las horas finales del golpe.- SAMUEL SÁNCHEZ

    Notas escritas durante la noche del golpe

    » Hoy, 23 de febrero de 1981, esta mañana en la Secretaría del Colegio Universitario me han dado este libro. He venido leyéndolo en el avión. Cuando he llegado a las Cortes ya hacía unos minutos que había empezado la sesión. Estaba completamente lleno. Lluch y Felipe han estado brillantes.

    » Ha comenzado la votación. De repente se han oído gritos en el pasillo y un golpe en la puerta. Lavilla ha llamado al orden. Pero en unos segundos la Guardia Civil ha ocupado el hemiciclo. Eran las seis y media de la tarde.

    » Nos hemos quedado aturdidos. Nos han ordenado que nos tiráramos al suelo. Se han oído disparos. Por unos segundos me he temido lo peor. Inmediatamente nos han llamado a la calma, al silencio y al orden.

    » Ahora son las once y media. Tenemos muy pocas noticias. Estoy preocupado por casa. ¿Y Jaume? ¿Qué habrá ocurrido en Barcelona?

    » Me he tranquilizado mucho cuando nos han leído el comunicado del general Milans. Ahora cabe esperar. Quizás vamos a pasar aquí toda la noche. Me siento triste. ¡Miro a mis amigos y pienso en tantas cosas…!

    » Vuelvo a coger el libro de Masó. Me parece recibir un aire gerundense que me ayuda a pasar el rato. Escribo estas líneas lleno de esperanza.

    Los secretos de Juan José Rosón

    El golpe del 23-F le pilló al ministro del Interior, Juan José Rosón, cuando la cúpula de la Policía había dimitido a causa de la crisis provocada por la muerte del etarra Joseba Arregui tras nueve días de detención policial. La foto de su cadáver desnudo, cubierto de hematomas, se publicó en la prensa la víspera de la intentona. Esa crisis policial provocó un enfrentamiento con el Ministerio de Justicia, que no quería verse señalado como responsable del fallecimiento del etarra, ocurrido en un hospital penitenciario dependiente de este departamento. Rosón era persona de temple. El relato del ex guardia civil José Antonio Iglesias aporta un testimonio suplementario a los que se conocían sobre su carácter, que le llevó a intentar contactos con los que romper el forzado aislamiento en el Congreso durante el golpe, incluso a pensar en escaparse al hotel Palace, donde estaba el mando de las fuerzas de seguridad leales.

    Rosón continuó casi dos años más al frente de Interior. En ese tiempo gestionó asuntos tan complicados como la reinserción de la rama “político-militar” de ETA, que permitió retirar de la actividad terrorista a 120 de sus miembros durante una época en que otros etarras no paraban de matar. El Gobierno de Calvo Sotelo, del que Rosón formaba parte, llevó al límite las posibilidades legales para lograr el regreso de los polimilis a la vida civil; y el de Felipe González, que le relevó, respetó esos acuerdos y consolidó el proceso.

    Otra actividad prioritaria para Rosón fue la investigación de la trama civil involucionista. Sabía mucho del caldo de cultivo previo: no en vano, había lanzado a la policía contra la ultraderecha -que en aquella época atacaba con frecuencia y mataba-, primero desde su puesto como gobernador civil de Madrid (1976-1980) y después en Interior.

    Tantas tensiones le llevaron a cultivar fuertemente la discreción y el secreto. Su temprano fallecimiento, en 1986, sin duda nos ha privado de algunas claves.

    Consulta el Especial: 30 aniversario del 23-F

    El País.com

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