La violencia de los años 30 y el vacío de nuestra memoria

Es habitual escuchar que ya hay demasiadas películas de la guerra española de 1936-1939. La sensación de saturación es legítima, pero la afirmación se muestra equívoca. Es verdad que el listado de obras de cine ambientadas en la guerra es grande, pero en realidad son muy pocas las que versan sobre el conflicto de los años 30, es decir, en las que se dramatiza la toma de partido ante el golpe del 18 de Julio y cuyos protagonistas recrean encrucijadas de violencia masiva ejercida por civiles, entre civiles o sobre civiles.

Prácticamente inexistentes son a su vez las que sitúan su acción en la época anterior, la II República, pero no suelen escucharse quejas al respecto. ¿A qué se debe que la única otra experiencia democrática del siglo XX no haya, desde la muerte de Franco, apenas llamado la atención de los realizadores de cine?

Ya sólo por ese vacío destaca Casas Viejas, el grito del sur, de Basilio Martín Patino. Esta obra aborda un conflicto cuya represión influyó decisivamente en la caída del primer gobierno de Manuel Azaña en 1933. Ahora que la televisión pública ha decidido ofrecer una serie sobre la II República, cobra actualidad el pionero tratamiento que hace Martín Patino de ese mismo contexto; pero tal vez más importante es que el enfoque de su película sirve de término de comparación con Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia, pues ambas se atreven a hacer algo que es en realidad inhabitual en el cine español: mostrar a un público posfranquista la violencia a muerte entre españoles de antes de la dictadura.

Casas Viejas no entra a primera vista en la categoría de obra de ficción: en apariencia es un documental sobre memoria histórica, aunque se hizo hace ya más de quince años, antes de que se pudiera siquiera prever la actual ola de producciones sobre memoria, y en pleno “apagón” mediático del tema de la guerra civil. El comienzo puede resultar en principio típico: testimonios de quienes aún recuerdan parte de los episodios, y opiniones autorizadas de historiadores y expertos.

¿A qué se debe que la única otra experiencia democrática del siglo XX no haya apenas llamado la atención de los realizadores de cine?

Entre éstos últimos, no obstante, Martín Patino hace figurar a uno -Ricardo Muñoz Suay, promotor de las famosas Conversaciones de Salamanca de 1955 en las que Martín Patino comenzó su andadura como cineasta- que cuenta una rocambolesca historia: unos combatientes de la División Azul, en su retirada desde el frente soviético, atravesaron al parecer una localidad ucraniana donde por casualidad hallaron unos enigmáticos rollos de película con el nombre en cirílico de la localidad gaditana de Casas Viejas; decidieron llevárselos, custodiándolos durante décadas. Una vez visionados, se nos dice, resultaron ser parte de un extenso reportaje hecho por camarógrafos y reporteros enviados por Stalin a la península para filmar los conflictos de la época. El resto del “documental” consiste en la exhibición de esa supuesta cinta que da cuenta detallada del levantamiento popular de Casas Viejas y su represión.

Este quiebro hacia la ficción dentro de lo que en principio parecía un documental -hay de hecho otra versión de la obra que se adecua al estándar de documental- permite a Martín Patino sortear el vacío de información visual sobre el tema. Pues no tenemos filmaciones de lo que pudo haber sido el asalto popular en nombre del “comunismo libertario” a un ayuntamiento de una zona empobrecida por el latifundismo; tampoco hay imágenes de cómo fue la secuencia de hechos que adoptó la cruenta represión: lo único que queda son fotografías de los restos de la matanza, relatos oficiales y algunos testimonios.

A partir de esa escasa, fragmentaria y, en principio, sesgada documentación, Martín Patino hace algo que va bastante más allá del esfuerzo de imaginar con verosimilitud un episodio de protesta social extrema y de violencia institucional indiscriminada, arbitraria y cruel: experimenta con la estética de las filmaciones de época, logrando una original aportación al cine mudo de protagonista colectivo; eso sí, con todas sus consecuencias, incluido el acartonamiento de los personajes y la discontinuidad entre diálogos e imágenes, lo cual seguramente la aleja de la popularidad. Pero la obra tiene importantes valores para un público exigente.

Frente al aséptico, y por ende irreal, realismo costumbrista habitual en el cine histórico español que nos presenta un pasado fácil de digerir plagado de convenciones actuales, la imaginaria reconstrucción en Casas Viejas de un mundo perdido después de la guerra nos coloca ante la enorme distancia que nos separa de unos sujetos con valores que no eran los nuestros, y de unas prácticas de violencia que tampoco son las mismas que las que hoy nos rodean. Al mismo tiempo, sin embargo, nos acerca al hecho de que también en democracia se producen matanzas, permitiéndonos recordar que la nuestra tampoco está libre de esa eventualidad.

De alguna manera esta película no nos viene sólo a sugerir la manera en que se perpetró una masacre de civiles en los duros años treinta, sino también a señalar el tipo de imaginación social sobre la violencia que deberíamos haber heredado de episodios dramáticos del pasado.

Para quienes pensamos que lo mejor del cine español está en la superación del falso realismo, y lo peor en su reducción a puro entretenimiento narrativo, obras como ésta son importantes, en fin, porque ayudan a construir una memoria sobre una violencia no tan lejana y nunca del todo digerida, algo de lo que aún carecemos. Y no sólo por causa de la dictadura, pues poco es lo que la democracia ha aportado en esa dirección, ni siquiera en productos recientes como Balada triste de trompeta, al margen de otros valores que pueda tener. El tratamiento visual de la violencia que ofrece la película de Álex de la Iglesia está tan descontextualizado histórica y moralmente que el espectador lo tiene realmente fácil para percibirla como algo superficial e irrelevante.

El problema no es que haya tantas películas de la guerra de 1936, sino que los profesionales del cine en general se nieguen a tratar la violencia del pasado y sus condiciones con la sensibilidad y el compromiso cívico con que en cambio se esmeran por denunciar, en sus obras y en la calle, los abusos e injusticias del presente.

Pablo Sánchez León es investigador en la Universidad del País Vasco y miembro de la Asociación Contratiempo (Historia y memoria). Es co-autor con Jesús Izquierdo de La Guerra que nos han contado. 1936 y nosotros (Alianza Editorial, 1996).

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