El abuelo y el padrino…

Los votos no lavan la corrupción…

Hay algunas declaraciones que demuestran el estado de bajeza al que puede llegar la condición humana. Más que ofender, dejan un sentimiento de desolación. En la inercia de una campaña electoral, la pregunta generalizadora, ¿hasta dónde podemos llegar?, se concreta en una inquietud política: ¿pero en manos de quién vamos a estar? Al votante perplejo le ha molestado profundamente el chiste de Francisco Camps, presidente de la Generalitat valenciana, sobre la ternura y el cariño que no pudo darle a Rodríguez Zapatero su abuelo. Teniendo en cuenta que el capitán Juan Rodríguez Lozano fue fusilado en 1936 por ser un militar demócrata, la broma nos acerca al estado más puro de la indignidad.

Pero al votante perplejo le molesta todavía más que alguien intente imponerle las cuestiones sobre las que interesa pensar. Así que se ha levantado esta mañana más dispuesto que nunca a denunciar la corrupción. En vez de facilitarle al PP que se sienta unido a su candidato valenciano en los asuntos de la memoria histórica, la Guerra Civil y la simpatía ante la herencia franquista, debates en los que muestra poca incomodidad, quiere recordarle a Mariano Rajoy que la lista encabezada por Francisco Camps es el más vergonzoso testimonio de convivencia política con la corrupción que se ha dado nunca en la democracia española.

Camps representa la debilidad del PP para combatir la corrupción

En todas las organizaciones hay sinvergüenzas. Las tentaciones personales son un peligro del que nunca estará a salvo ninguna sigla. Pero la dinámica protagonizada por Camps representa otra cosa: la debilidad del PP a la hora de combatir la corrupción, el pecado mortal democrático de creer que los resultados electorales justifican la indecencia de cerrar los ojos ante una trama de financiación ilegal, apoyada por una televisión autonómica escandalosamente manipulada, que se concreta en regalos personales, ingresos partidistas y la degradación absoluta de la vida cotidiana de una comunidad. Cayo Lara ha denunciado que el caso Gürtel puede ser la gran cagada de la gaviota. Y tiene mucha razón. No por lo que hayan robado los responsables, sino por el daño que sus políticos afines pueden hacerle a la sociedad.

Francisco Camps ha jugado a unir su figura con la identidad valenciana. Eso, que le da muchos votos a él, significa también que la imagen de Valencia se acerca demasiado a una música siciliana. Pretender que los ciudadanos laven públicamente con sus votos lo que es asunto de los tribunales de Justicia, nos acerca no ya a la Italia de Berlusconi, sino a la idea de familia que Francis Ford Coppola inmortalizó en El Padrino. No se lo merecen los votantes del PP, que tienen derecho a votar en favor de una ideología conservadora sin santificar con su papeleta la corrupción. No se lo merece la democracia. Y no se lo merece tampoco la memoria del abuelo de Zapatero. No todos los inconscientes familiares, por complejos que sean, están relacionados con un concepto mafioso de la memoria y de la vida cotidiana.

El abuelo y el padrino Publico.es vía google noticias
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