LA NOCHE MÁS TRÁGICA DE CÁDIZ…

De “NIÑODENADIE”  en homenaje a las  víctimas Gaditanas.

18 de julio, como la sota de basto me recordará la explosión de Cádiz 1947. La noche  gaditana, más trágica de su historia.

Esa noche, nació sin luna como queriendo demostrar sería fúnebre y  quedara en la más profunda obscuridad para que la verdad nunca se descubriera

Muchos años han trascurrido de esa terrible catástrofe, que las autoridades del régimen quisieron ocultar. Pero en el corazón de los que la vivimos, quedó gravada hasta el último día de nuestra existencia.

Hasta el día de hoy, poco hay escrito sobre ella,  Esas fueron las intenciones que las  autoridades de aquel entonces de ocultar los hechos. Por esos motivos, es lógico que casi toda la población Gaditana ignore en la actualidad y se desinterese de conocer lo que en verdad ocurrió. Solo la Diputación de Cádiz intenta dar a conocer esos crímenes procurando nunca olvidemos esas víctimas.  Sería conveniente dar aún más propaganda por memoria a los que murieron y sufrieron. Sé que existe un pequeño monumento como memorial, cerca del instituto hidrográfico, pero pocos gaditanos lo conocen.  Os ofrezco lo que viví, en recuerdo esas víctimas inocentes.  Podéis ver en You Tube   http://www.youtube.com/watch?v=n3AkSPMo40c  que solo es algo de lo poco escrito sobre ese hecho.

Comenzaba la noche del 18 agosto, cuando al poner sobre la mesa la carta “Sota de basto” en breves segundo y sin comprender el motivo que me lo produjo, me encontré por tierra al mismo tiempo,  de un terrible ruido, acompañado de un estampido, con corte eléctrico que obligó mi cerebro comunicarme que el edificio de derrumbaba. El pánico me dominó.

Me encontraba jugando a las cartas con un amigo de mi edad, en compañía de varios de sus familiares cuando eso ocurrió. Mi primera intención fue salir al exterior por miedo el edificio me callera encima. Tentando los muros llegué a la puerta de la calle que me separaba como unos cincuenta metros de ella. Fui la sola persona que tuve esa reacción. Al llegar a ella miré al cielo; lo ví completamente rojo y me pareció ver estrellas se desplazaran a la misma dirección. En ese momento pensé era el fin del mundo. En mi ignorancia y miedo, pensé que la tierra había chocado con un satélite o un planeta. Me encontraba en la calle Virgili nº 10; mi reacción  fue salir corriendo por mi izquierda.  Al entrar en la calle Soledad de la primera puerta a mi izquierda, las prostitutas al verme me cogieron y me metieron en esa casa. Algunas puertas de ventanas y balcones, aún se desprendía lo que era un peligro. Eso sería lo que esas chicas temían por mi corta edad. Muchos piensan que esa clase de personas son indeseables, cuando por experiencia puedo asegurar, son de corazón tiernos y muy humanitarias.

Entre ella escuchaba sus comentarios. Unas  decían pudiera ser la explosión de un barco, y otras que si los depósitos del gas. Fueron mucho los comentarios que eso me ayudó para que pronto nadie me pusiera atención, dándome oportunidad de poder continuar mí fuga. Mi deseo era llegar hasta mi madre la única cosa que yo tenía. Mis dos hermanas Ana y María se encontraban en el Puerto de Santa María, en lo que le llamaban “Las colonias” de la Sesión Femenina. Ellas se marchaban todos los años por un periodo de  tres meses; lo que les permitían poder comer como personas. Mi pobre madre se encontraba sola en el momento de la explosión.

Corriendo siempre por medio de esas solitarias calles, por miedo a un trozo de cristal, como de una puerta o ventana. Por suerte esa vez yo tenía posiblemente zapatos que alguien me diera ya usados o unas alpargatas que mi madre me hubiese comprado. Ya que muchas veces yo andaba descalzo. Las calles estaban cubiertas de cristales, destrozos, con noche bien obscura. No tardé mucho en recorrer la distancia hasta la calle Mateo de Alba. Por suerte vi con satisfacción que mi madre estaba con vida. Sentada en su eternal silla de mimbre, la única que poseíamos. No estaba herida ni había caído por tierra, solo me dijo que la plancha de planchar salió despedida por la onda y le cayó en el plato de berenjenas que tenía por delante. Muy posiblemente sería la única cosa que nuestra pobreza le ofreció esa noche como cena.

Como nos encontrábamos bien lejos del punto de la explosión, solo vi que de su ventana desaparecieron todos los cristales e dos muros deteriorados que uno nos unió con al vecino. Pasaba el tiempo yo miraba al exterior;  las calles permanecían desiertas. Pronto llego mi tía que vivía en la calle virgili donde me encontraba en el momento de la explosión: desde el patio preguntando si yo estaba en casa. Ya que todos los vecinos pensaban yo me hubiese caído en el pozo (Aljibe) de la calle virgili ;  su tapa se destrozó por motivo de la explosión, dejándola al descubierto. Tuve suerte que al salir de ese edificio tentaba las paredes de mi derecha y esa aljibe se encontraba a mi izquierda. Mi tía se puso muy furiosa porque yo no le dije a nadie iría al lado de mi madre.

Una de las veces que miré al exterior, oí anunciaba por un altavoz que pasó por la esquina de la calle Sagasta que nos  fuéramos rápidamente para la playa que se esperaba otra explosión. Mientras mi madre se preparaba lo más rápida que sus facultades le permitían,  yo impaciente miraba al exterior. Antes, que yo no veía a nadie por la calle, vi salir de las casa las personas como si fuera de unos hormigueros. ¿TODO EL MUNDO A LA PLAYA, SE ESPERA UNA 2ª EXPLOSIÓN! Decía el altavoz.

A lentos pasos por su invalidez, y apoyándose por los muros de las casas, avanzábamos  los 500 metros que nos separaban de la playa. Todos nos adelantaban y nadie se ocupaba de nosotros. Ella estaba casi inválida cosa que no le permitía avanzar normalmente. Recuerdo me decía ¡Adelántate tú que yo llegaré a mi paso! Esta vez, yo no podía obedecerle ni abandonarla a su suerte; ella no podría llegar si no era apoyada a mí como de costumbre. Tengo que reconocer que esos 500 metros me parecieron interminables. Reconozco llegamos de los últimos a la playa de la caleta, mucho llegaron después por motivo a la distancia que le separaban, fueran más larga que la nuestra.

Difícilmente llegamos hasta la misma balaustrada de esa playa, mi madre se apoyo sobre ella y esperábamos un hueco entre las gentes para bajar y  ponernos bajo la protección de la muralla. Cosa que no era fácil al ver la cantidad de personas que se encontraron en ese lugar. Por suerte antes de bajar, pasó un automóvil anunciando que el peligro había desaparecido y podíamos regresar a casa. Pensé en ese momento que si se hubiese producido la segunda explosión, no nos podíamos haber podido salvar.

Todo el mundo nos volvió a adelantar con la misma velocidad anterior. Posiblemente temerían que sus hogares fueran desvalijados. Nosotros esta vez la   prisa no nos agobiaba. No teníamos ni casa, ni muebles ni nada que podían robarnos. Pasamos una larga noche sin poder dormir, yo como de costumbre en el suelo encima de una manta y mi madre en su eterna silla de mimbre. Las ambulancia pasaban por la calle de la Rosa con las sirenas y nosotros al oírlas decíamos ¡Otra más! No podíamos contarla, solo nos enteramos que los heridos lo ponían por los suelos en los corredores, por falta de camas.

Pasaron varios días sin electricidad ni agua. Venia algunos camiones cisterna con agua potable que yo con una lechera de aluminio la llenaba para nosotros  beber. Puedo decir que al día siguiente decían no dejaban salir de Cádiz ya que la explosión ocurrió cerca de la entrada a la vieja ciudad Gaditana. Era la única salida para el exterior; aparte de por mar, que para ello hacía falta una barca como mínimo. Estábamos atrapados como ratas en una ratonera. No puedo decir con certeza la cantidad de muertos y heridos que esa explosión provocó.  Como tampoco cual fuera el motivo que esas miles de bomba explotaran al mismo tiempo. Nunca fuimos informados y hasta el “Diario de Cádiz” junto con las autoridades guardaron el secreto. Hacían mucha propaganda procurando no pensáramos  en conocer la verdad de lo ocurrido distrayéndonos en la desgracias  de esas criaturas abandonadas (como nos decían)  de la casa de cuna donde  todos murieron en compañía de esas pobres monjitas. Con esas intenciones nos hacían pensar en las desgracias de unos niños que nacieron malditos solo mara morir pronto e injustamente. Eso fue un crimen contra la humanidad. Nunca se debe colocar miles de bomba defectuosas en una ciudad como Cádiz donde no existía nada más que una salida. Más tarde las autoridades se ocupaban más bien en felicitarse entre ellos y repartirse medallas, mientras la ciudad gaditana curaba sus propias heridas.

El periódico local “Diario de Cádiz” ayudó mucho al régimen para ocultar lo que en realidad ocurrió. Solo se dedicaba hacer propaganda de que si los damnificados, esto y lo otro. Que en realidad las victimas recibieron muy poca ayuda. Las fronteras estaban cerradas por motivo que las naciones no reconocían en ese momento al gobierno. Solo teníamos correspondencia con Portugal e Argentina. Esta última nación que yo sepa, prometió e envió una ayuda considerable que se perdió en camino y los gaditanos ni  la vieron.  No sé si los damnificados recibieron algo, solo sé que los barracones provisionales que hicieron como vivienda, duraron años y años. Yo veía esos barracones con envidia de no poder vivir como ellos. Ni mi madre, ni hermana ni yo, estábamos en las listas de los damnificados. No teníamos nada, no perdimos nada. Me robaron hasta mi dignidad al nacer ¿Qué podría yo perder? La única cosa “Mi madre” y eso es irremplazable.

Día más tarde anunciaron que un barco argentino llegaría para socorrernos. Yo que era un mendigo, un niño de la calle como nos llamaban, un pillo porque me comía los que me encontraba en la basura, un despreciado porque era pobre; me encontraba en buena posición para ver y comprender que las solas personas que fueron beneficiada por la llegada de ese barco, fueron las señoritas prostitutas. La propaganda de esa ayuda era fuerte, pero sin resultados para los gaditanos.

Ese barco que era un crucero, estuvo anclado en el puerto, cerca de un mes si bien recuerdo. Lo que mejor recuerdo fue el día que zarpó. Podría decir que casi toda la población parecía haber ido a despedir ese magnífico crucero ya que el puerto de mar estaba repleto de gentes.  Yo que rondaba por ese lugar en esos momentos, me subí en un camión estacionado ceca de la Comandancia de marina con intención de observarlo. Mi estatura no me facilitaba el panorama, decidí acercarme a él que gracia a mi esquelético cuerpo  pude  meterme entre el púbico y ponerme muy cerca de la escala del barco. Me llamaba mucho la atención porque tenía como dos grandes esfera de acero que tendrían que ser cañones. Como niño me encantaba mirar tal técnica.  Pero lo que mejor recuerdo es lo siguiente.

Mirando los marinos argentinos subir al barco a la llamada de sus sirenas  viéndolos todos sonrientes  porque regresaban a su país y fueron bien recibidos en el nuestro. Recuerdo sobre todo uno de ellos, un joven alto de ojos azules que me miró con una sonrisa que yo nunca había recibido a parte de las de mi madre. Al mismo  tiempo me entregaba algo que nunca me lo esperaba.  Puso en mi mano el primer trozo de queso que yo comí en mi vida a mis doce años de edad. Ese gesto tan humano me hizo amar esa nación Argentina a la que sigo queriendo.

Sé positivamente que esto que relato no tiene valor por salir de los recuerdo de un anciano mendigo gaditano. Solo intento recordar algo que ocurrió por fanatismo político; procurando al mismo tiempo no olvidemos esas víctimas.  Recordarla con amor y perdonar los culpables. Mis respetos por los familiares que aún existan y mi agradecimiento el pueblo Argentino de Antonio Guardia “NIÑODENADIE”

Remitido por Leonor Villegas  para La Memoria Viv@ y Escrito por Antonio Guardia.

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