Mercedes de Vega: “Los papeles viven las convulsiones de los seres humanos”

La Directora del Acervo Histórico Diplomático de México cuenta las peripecias de las cartas que los republicanos españoles enviaron en los años 30 y 40 para solicitar asilo

 México DF 17 NOV 2012 –

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Mercedes de Vega, directora del Acervo Histórico Diplomático. / PRADIP J. PHANSE.

El archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México conserva unas 7.000 cartas de republicanos españoles que solicitan asilo, según cálculos de este periódico, de las que EL PAÍS ha revisado más del 30%. Cada una es la crónica de una o varias vidas truncadas por la Guerra Civil y de la esperanza por reconstruirlas. Pero la historia de esos documentos es, a su vez, otra novela. “Los papeles viven las convulsiones que vivimos los seres humanos. Cuando hay una guerra, los papeles también sufren. La historia de los archivos es la de las condiciones en las que les toca crecer y desarrollarse”, explica Mercedes de Vega, directora general del Acervo Histórico Diplomático, donde se custodian en 18 cajas. Con pasión cuenta lo que se conoce de ese otro relato, escrito a saltos, con capítulos borrosos y otros desaparecidos.

Antes de estallar la II Guerra Mundial, las cartas se custodiaban en la Embajada en París, adonde iban dirigidas, pero la invasión alemana forzó su traslado a la Francia de Vichy, donde se estableció el nuevo consulado general mexicano. Ahí estuvo a punto de concluir su historia, porque se decidió quemarlas para que no cayeran en manos de la Gestapo. “Delataban a miles de personas perseguidas”, explica De Vega, “y las represalias podían ser terribles”. Finalmente, los papeles no ardieron –al menos, no todos–, pero algunas de las lagunas que se evidencian al consultar las cartas podrían explicarse por ese momento dramático.

Las vicisitudes de la historia explican la cadencia de las solicitudes e, incluso, su disposición. En febrero de 1939, el Ejército de Franco ocupó Cataluña, y de ese mes son las primeras cartas conservadas. Las misivas de agosto y septiembre de 1939, coincidiendo con el estallido de la II Guerra Mundial, están clasificadas en carpetas aparte, como si las peticiones recibieran un tratamiento diferente. Después hay un vacío durante los primeros nueve meses de 1940. “La guerra imposibilitaba a los diplomáticos mexicanos atenderlas”, explica De Vega. A partir de septiembre de 1940, tras un convenio entre México y Vichy, las cartas volvieron a llegar por miles al menos hasta diciembre, el último mes del que se conservan solicitudes.

Las cartas estuvieron a punto de ser quemadas porque delataban a miles de personas perseguidas

Los documentos vivieron otra gran peripecia en 1942, cuando México rompió relaciones diplomáticas con Alemania. Se dividieron los papeles: parte fue a la Embajada de Suecia y parte la confiscaron los alemanes. “Se llevaron hasta dinero”, prosi­­gue De Vega, “así que el cónsul general, Gilberto Bosques, les pidió un recibo. Lo obtuvo, pero después fusilaron al que se lo dio. Lo más curioso es que después los alemanes devolvieron todo. Incluso el dinero”. Suecia devolvió también su parte tras la guerra, y las cajas con las solicitudes volaron de Francia a México a finales de los sesenta o a principios de los setenta. “La suerte que corrieron las cartas entre la guerra y su llegada a México tenemos que precisarla. Ha venido gente a verlas, pero no ha habido investigacio­­nes profesionales, aunque el acceso es libre. En ese sentido son un tanto inéditas”, ex­­plica. Entre las escasísimas referencias que existían hasta ahora de estas misivas se encuentra la publicación de extractos de unas 80 de ellas en el volumen Misión de Luis I. Rodríguez en Francia. La protección de los refugiados españoles, julio a diciembre de 1940, editado por el Colegio de México, la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Con­­sejo Nacional de Ciencia y Tecnología en 2000.

“Tenemos derecho a saber. Pero, en contrapartida, tenemos el deber de recordar”

Los documentos son una herramienta para comprender la historia. Pero nos generan una obligación, según De Vega. “Tenemos derecho a saber. Pero, en contrapartida, tenemos el deber de recordar. Este archivo es un instrumento privilegiado para eso. Es un ejercicio de memoria colectiva que rebasa un país: no te narra la historia de México, sino la del mundo. Al estudiarlo nos conocemos mejor como mexicanos, y los españoles también aprenderán de sí mismos”.

[A lo largo de la próxima semana EL PAÍS publicará más historias relacionadas con las cartas de este archivo]

http://elpais.com/politica/2012/11/16/actualidad/1353091660_119203.html

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