Franco no habría ganado la guerra civil sin la ayuda de Hitler y Mussolini

diciembre 20, 2013

El historiador Francisco Moreno Gómez rinde homenaje a la cualificación y combatividad de los soldados republicanos en su libro ‘Trincheras de la República. La gesta de una democracia acosada por el fascismo’

RAFAEL GUERRERO Sevilla 20/12/2013

Soldados y campesinos cordobeses atrincherados en agosto de 1936 en el frente de El Carpio en la provincia de Córdoba.

Soldados y campesinos cordobeses atrincherados en agosto de 1936 en el frente de El Carpio en la provincia de Córdoba.

Treinta y cinco años de dedicación continuada a la investigación hacen de Francisco Moreno Gómez uno de los historiadores españoles más solventes y rigurosos a lo largo de sus múltiples trabajos sobre los maquis, sobre la guerra y la represión en su provincia natal de Córdoba y ahora sobre la guerra pura y dura en un libro denso -Trincheras de la República. La gesta de una democracia acosada por el fascismo, editorial El Páramo- donde rinde homenaje a la cualificación y la combatividad de los soldados republicanos.

Moreno Gómez es catedrático de instituto ya jubilado y pertenece a esa importante saga de investigadores que ha tirado del carro de la historiografía al margen del academicismo universitario. Considera que las estimaciones sobre las víctimas tanto de la guerra en los combates como de la represión se quedan cortas porque sigue sin aflorar la cifra exacta de desaparecidos. “En los frentes de batalla pudieron morir no menos de 300.000 combatientes en toda España y, tan sólo en la provincia de Córdoba, he podido documentar casi 12.000 víctimas de esa catástrofe humanitaria causada por el golpe militar franquista. Pero son datos mínimos, el máximo no se sabrá nunca. De ahí la enorme importancia de investigar, como sugiere el Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU”.

No es habitual en la historiografía actual que se reconstruyan batallas, pero Francisco Moreno lo hace aportando mucha información, incluso planos de situación que facilitan el entendimiento sobre la evolución de las campañas bélicas. Una de ellas -no muy conocida- es la última gran batalla de la contienda española, que se libró entre las provincias de Córdoba y Badajoz, entre enero y febrero de 1939, cuando nadie dudaba ya de que la guerra civil estaba perdida para la República. En efecto, en la batalla de Córdoba-Extremadura intervinieron más de 160.000 combatientes (92.500 del ejército republicano y 72.000 del bando franquista). Hubo 30.000 bajas y 10.000 muertos: 8.000 militares republicanos y 2.000 sublevados. Moreno Gómez explica así el sentido de aquella postrera gran batalla: “Los republicanos rompieron el frente, lo que causó gran alarma en el cuartel general franquista. La República quiso demostrar que no se rendía dando ejemplo de coraje y dignidad”. El historiador cordobés recuerda la clave de la victoria franquista y se muestra categórico: “Cuando las fuerzas se equiparaban, la ayuda extranjera de Hitler y Mussolini deshacía el empate. De no haber sido por la ayuda del Eje Roma-Berlín, Franco no gana la guerra. La cualificación y la combatividad de los republicanos no ha sido valorada en su justo término”.

El autor se detiene en determinados episodios de la guerra civil como el que sigue a la caída de Málaga en poder de las tropas franquistas en febrero de 1937. La ciudad se convirtió en una auténtica ratonera, donde decenas y decenas de personas eran fusiladas cada noche en las tapias del cementerio de San Rafael, que alberga el segundo conjunto de fosas comunes más importante de Europa con casi 5.000 esqueletos, después de Sebrenica, en Bosnia Herzegovina. “Se organizaban matanzas de prisioneros todas las noches. Decían: A ver que salgan los de la celda 21 y cargaban el camión rumbo al cementerio”. Pero no sólo eran asesinados los malagueños, sino también los andaluces llegados semanas y meses antes a una ciudad colapsada que duplicaba su población por la presencia masiva de refugiados huyendo de la represión rebelde. Moreno documenta bastantes ejemplos de llegadas de grupos de falangistas de pueblos del occidente andaluz en manos golpistas “que iban a cazar a sus paisanos”, para detenerlos, llevárselos a sus localidades de origen y allí matarlos. “O por el camino de vuelta, como pasó con un grupo de republicanos de Morón, que fueron fusilados en La Puebla de Cazalla”.

La “carretera de la muerte”

Las cien mil personas, en su mayoría civiles, que se encaminaron apresuradamente hacia Almería por la carretera de la Costa durante los días siguiente a la toma de Málaga, tenían plenamente justificados sus temores y padecieron el ataque continuado de los sublevados: por aire bombardeados y ametrallados por la aviación italiana y desde el mar cañoneados por la marina rebelde. El médico canadiense que auxilió con su ambulancia a cientos de huidos por aquella “carretera de la muerte” considera que aquello fue el mayor crimen de guerra en España, más que las matanzas de Badajoz y que el bombardeo de Guernica. “Estamos hablando de casi cinco mil muertos”, comenta Francisco Moreno, aclarando que “en la República nunca se ametralló a los civiles que huían de los pueblos por miedo a la represión, cosa que el franquismo hizo masivamente en Málaga, pero también en 1938 en el cierre de la bolsa de La Serena y en Don Benito (Badajoz), y durante la evacuación de de Tarragona en enero de 1939, como bien recogió Robert Capa en sus fotos. Es la criminalidad de guerra de que se ocupa la justicia universal”.

Otro aspecto de la guerra escasamente abordado en el que se detiene moreno Gómez es el de los “niños o hijos de la noche”, un original fenómeno de grupos de guerrilleros que hacían peligrosas incursiones nocturnas al otro lado del frente, en la retaguardia enemiga para realizar acciones de sabotaje, para liberar detenidos, para robar ganado y víveres y para ataques sorpresa. “Formaron en todo el frente -dice Moreno Gómez- el 14º cuerpo guerrillero, estructurado y comandado por el jienense Domingo Hungría, que tenía su sede principal en Villanueva de Córdoba, con sedes también en Granada, Badajoz, Alcalá de Henares, y un centro de entrenamiento en Benimámet (Valencia)”. Estos grupos de guerrillas, que progresivamente fueron recibiendo apoyo de técnicos extranjeros, principalmente soviéticos, efectuaron acciones de guerra importantes, como la voladura de un tren militar cargado de soldados italianos y la liberación de 300 presos republicanos en el fuerte de la localidad costera granadina de Carchuna. Los guerrilleros del frente sur (entre Córdoba y Extremadura) sumaron durante la contienda 239 sabotajes, 17 emboscadas, 6 incursiones, 87 trenes descarrilados, 112 vehículos destruidos y 2.300 bajas enemigas, entre muertos y heridos, con tan sólo 14 muertos propios, según precisa el investigador Francisco Moreno en su libro Trincheras de la República. Asegura que la voladora de un puente en la carretera de Peñarroya y Córdoba inspiró al mismísimo Hemingway para el argumento de su novela Por quién doblan las campanas.

http://www.publico.es/490537/franco-no-habria-ganado-la-guerra-civil-sin-la-ayuda-de-hitler-y-mussolini


Cielo para los mártires y tierra para las otras víctimas.

octubre 16, 2013
Julián Casanova

mime002A la Iglesia católica española le gusta recordar lo mucho que perdió y sufrió durante la guerra civil. Como el Partido Popular no puede oficialmente rendir culto a las víctimas de los rojos y el Ejercito, afortunadamente, está ahora para otros menesteres, la Iglesia católica española continúa siendo la única institución que, ya en pleno siglo XXI, mantiene viva la memoria de los vencedores de la guerra. Repasemos la historia y volvamos después a la actualidad.

El 1 de julio de 1937 la jerarquía de la Iglesia católica española selló oficialmente el pacto de sangre con la causa del general Franco. Ese día vio la luz la “Carta de los Obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la Guerra de España”. Redactada, a petición de Franco, por el cardenal Isidro Gomá, la apoyaron con su firma todos los obispos españoles, menos Mateo Múgica y Francesc Vidal i Barraquer, que se encontraban en ese momento en Italia. Múgica, obispo de Vitoria, había sido expulsado de su diócesis unos meses antes por la Junta de Defensa de Burgos por haber “amparado con excesiva transigencia a los sacerdotes nacionalistas” y excusó su firma alegando precisamente que no estaba en su puesto. Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona, que había podido escapar de la violencia anticlerical del verano de 1936, le dijo a Gomá que ese documento colectivo podría servir de pretexto “para nuevas represalias y violencias” y para “colorear las ya cometidas” y que además le molestaba, en clara alusión a Franco, “aceptar sugerencias de personas extrañas a la Jerarquía en asuntos de su incumbencia”.

Nada nuevo, desde el punto de vista doctrinal, había en esa “Carta” que no hubiera sido ya dicho por obispos, sacerdotes y religiosos en los doce meses que habían pasado desde la sublevación militar. Pero la resonancia internacional fue tan grande, editada inmediatamente en francés, italiano e inglés, que muchos aceptaron para siempre la versión maniquea y manipuladora que la Iglesia transmitió de la guerra, del “plebiscito armado”: que el “Movimiento Nacional” encarnaba las virtudes de la mejor tradición cristina y el Gobierno republicano todos los vicios inherentes al comunismo ruso.

Además de insistir en el bulo de que el “alzamiento militar” había frenado una revolución comunista planeada a fecha fija y de ofrecer la típica apología del orden, tranquilidad y justicia que reinaban en el territorio “nacional”, los obispos incorporaban un asunto de capital importancia, que todavía hoy es la posición oficial de la jerarquía: la Iglesia fue “víctima inocente, pacífica, indefensa” de esa guerra y “antes de perecer totalmente en manos del comunismo”, apoyó la causa que garantizaba “los principios fundamentales de la sociedad”. La Iglesia era “bienhechora del pueblo” y no “agresora”. Los agresores eran los otros, los que habían provocado esa revolución “comunista”, “antiespañola” y “anticristiana”.

La “Carta colectiva” consiguió la adhesión de los episcopados de treinta y dos países  y de unos novecientos obispos. El respaldo sin contemplaciones al bando rebelde sirvió de argumento definitivo para los católicos y gentes de orden del mundo entero. Fundamentalmente porque iba acompañado de un descarado silencio acerca de la violencia exterminadora que los militares habían puesto en marcha desde el primer momento de la sublevación. La “Carta” demonizaba al enemigo, al que sólo movía la voluntad de persecución religiosa, y codificaba definitivamente el apadrinamiento de la guerra como cruzada santa y justa contra la disgregación patriótico-religiosa emprendida por la República.

Franco y la Iglesia católica salieron notablemente reforzados. La conversión de la guerra en un conflicto puramente religioso, en el que quedaban al margen los aspectos políticos y sociales, justificó la violencia ya consumada y legitimó a Franco para seguir matando. El entonces director de Propaganda del bando franquista, Javier Conde, le transmitió al jesuita Constantino Bayle, hombre de confianza de Gomá, lo satisfechos que estaban en los círculos políticos y militares con aquel milagroso documento: “Diga Ud. Al Señor Cardenal que se lo digo yo, práctico en estos menesteres: que más ha logrado él con la “Carta colectiva” que los demás con todos nuestros afanes”.

El ritual y la mitología montados en torno a esos mártires le dio a la Iglesia todavía más poder y presencia entre quienes iban a ser los vencedores de la guerra, anuló cualquier atisbo de sensibilidad hacia los vencidos y atizó las pasiones vengativas del clero, que no cesaron durante largos años.

El decreto de la Jefatura de Estado del 16 de noviembre de 1938 proclamaba “día de luto” nacional el 20 de noviembre de cada año, en memoria del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera ese día de noviembre de 1936, y establecía, “previo acuerdo con las autoridades eclesiásticas”, que “en los muros de cada parroquia figurara una inscripción que contenga los nombre de sus Caídos, ya en la presente Cruzada, ya víctimas de la revolución marxista”.

Tal fue el origen de la colocación en las iglesias de placas conmemorativa de los “caídos”. Y aunque no aparecía así en el decreto, todas esas inscripciones acabaron encabezadas con el nombre de José Antonio, sagrada fusión de los muertos por causa política y religiosa, “mártires de la Cruzada” todos ellos. Los otros muertos, los miles y miles de rojos e infieles asesinados, no existían, porque no se les registraba o se falseaba la causa de la muerte, asunto en el que los obispos y curas tuvieron una responsabilidad destacadísima.

Acabada la guerra, los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante décadas los efectos devastadores de la matanza del clero y de la destrucción de lo sagrado, mientras se pasaba un tupido velo por la “limpieza” que en nombre de ese mismo Dios habían emprendido y seguían llevando a cabo gentes piadosas y de bien.

Obispos y sacerdotes celebraron durante mucho tiempo actos religiosos y ceremonias fúnebres en memoria de los mártires. Bajo aquellos “días luminosos” de la paz de Franco, sus restos fueron exhumados y trasladados en cortejos que recorrían con gran solemnidad numerosos pueblos y ciudades, desde los cementerios y lugares de martirio a las capillas e iglesias elegidas para el descanso eterno de sus restos.

La Iglesia católica española quiso, no obstante, perpetuar la memoria de sus mártires con algo más que ceremonias fúnebres y monumentos y reclamó, apoyada por los dirigentes franquistas, su beatificación, un camino que tardó casi cuatro décadas en recorrerse y que, paradójicamente, empezó a encontrar frutos varios años después de muerto Franco, con la democracia ya implantada en la sociedad española. Pío XII se había opuesto a una beatificación indiscriminada y masiva de miles de “caídos por Dios y por España” y una actitud similar adoptaron sus sucesores Juan XXIII y Pablo VI, quien ordenó incluso la paralización de los procesos canónicos que desde el final de la guerra estaban llegando al Vaticano.

Las cosas cambiaron con Juan Pablo II. En marzo de 1982 comunicó a los obispos españoles que iba a impulsar la beatificación de los mártires de la persecución religiosa en España. El 29 de marzo de 1987 beatificó a tres monjas carmelitas de Guadalajara, asesinadas el 24 de julio de 1936. Fueron las primeras beatificaciones de mártires de la cruzada. A partir de ese momento, se aceleró la conclusión de procesos anteriormente paralizados y se abrieron otros muchos.

A la jerarquía eclesiástica española, sin embargo, los mil beatificados desde entonces le parecen pocos y reclaman que sean elevados a los altares muchísimos más: los cerca de siete mil eclesiásticos “martirizados” y unos tres mil seglares de ambos sexos, militantes de Acción Católica y de otras asociaciones confesionales, a quienes se quiere aplicar la misma categoría. La Iglesia católica española tendrá este domingo, 13 de octubre de 2013,  522  nuevos “mártires de la fe”, en una ceremonia de beatificación masiva que la Conferencia Episcopal ha preparado con todo detalle.

Nada ni nadie le impide a la Iglesia católica recordar y honrar a sus mártires. Pero con esas ceremonias de beatificación, la Iglesia católica sigue humillando a los familiares de los decenas de miles de asesinados por los franquistas, quienes todavía no han encontrado la reparación moral ni el reconocimiento jurídico y político después de tantos años de vergonzosa marginación. A la jerarquía de la Iglesia católica no le gustó la Ley de Memoria Histórica ni tampoco quiso que un parlamento democrático aprobara un reconocimiento público y solemne a las víctimas del franquismo. Prefiere su memoria, la de sus mártires, la que sigue reservando el honor para unos y el silencio y la humillación para otros. Como hizo siempre la dictadura de Franco.

http://www.juliancasanova.es/cielo-para-los-martires-y-tierra-para-las-otras-victimas/


Críticas del mundo universitario a la Academia de la Historia…

enero 13, 2013

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Peio H. Riaño, 09/01/2013

El Diccionario Biográfico Español es un fracaso a falta de un cuarto de la publicación de la obra al completo. Al menos, esa es la valoración que el mundo académico, el universitario, hace de una obra que arrancó en 1998, cuando Gonzalo Anes asumió la dirección de la Real Academia de la Historia (RAH) con el objetivo de sacar adelante una obra de referencia y necesaria. La inversión pública se firmó el 21 de julio de 1999, bajo el gobierno de José María Aznar. En el acuerdo, junto a la rúbrica de Anes, la del ministro de Educación y Cultura, Mariano Rajoy.

Trece años después, en los presupuestos generales aprobados en abril de 2012, los primeros del gobierno presidido por quien auspiciara como ministro el nacimiento del Diccionario, ignoró la decisión -aprobada en el Congreso en julio de 2011, con votos en contra del PP- de congelar la subvención nominativa e interrumpir la difusión de la obra hasta que no se rectificasen los errores. En la partida del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte aparecía el aval a la RAH: 163.790 euros más, a sumar a los 6,4 millones de euros invertidos.

A pesar de que se formó una comisión con el cometido de revisar las entradas vinculadas a la Historia Contemporánea, por ser el período donde se cometieron las sangrías historiográficas, nunca se hicieron públicas las conclusiones de la misma, y fue el ministro José Ignacio Wert quien en el Congreso aclaró que se revisarían 14 “en profundidad”, una sería “eliminada” y 16 cambiadas “ligeramente”. No dijo cuáles y aclaró que una proporción tan pequeña no pone en cuestión la obra completa. Es decir, no se corrige, pero se financia.

En contra de lo que piensa el ministro de Educación, Cultura y Deporte, la universidad sí cuestiona que esas entradas sean tan significativas. Ninguna de las universidades consultadas por este periódico ha adquirido la obra, porque era un gasto desmedido y “no responde a los criterios científicos y objetivos” que quieren para sus alumnos. Ni siquiera en la junta del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, en la que formaba parte Juan Pablo Fusi –único historiador independiente miembro de la comisión de lectura del Diccionario-, valoró positivamente la obra y rechazó su compra.

La verdad es la víctima

“Fusi podría haber hecho una entrada objetiva y veraz sobre Franco, y no Luis Suárez”, declara Juan Carlos Pereira, director del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense. Advierte que el Diccionario no tendrá ninguna utilidad a pesar del esfuerzo y el elevado coste económico que ha supuesto. “El mal está hecho y no hay vuelta atrás. Ha sido un proyecto fracasado con repercusiones negativas”, concluye. Pone en duda incluso las soluciones que se plantean, porque dice que confundirán al lector al enseñarle dos interpretaciones de la misma biografía. ¿Cuál es la verdad? “En los nuevos tomos se insiste en la línea ideológica por el Ministerio que tenemos, con el que los académicos están muy identificados”, explica Pereira.

Para el director del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia y catedrático, Ismael Sanz, la valoración es igualmente negativa “en su conjunto”. Aunque aclara que, a pesar de las “entradas inadmisibles”, hay otras buenas que no legitiman a las anteriores. Teme que, cuando pase el tiempo, el lector que acuda a consultar biografías dará por bueno todo. Sanz aclara que dejaría el Diccionario como obra de archivo, como una fuente, pero no como una obra de referencia. “Es una barbaridad. El método que ha llevado la RAH con la obra es obsoleto. No han sido respetuosos ni con la profesión ni con el rigor: es un atentado contra la historia”, añade.

Sobre el método empleado, José Luis Ledesma, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, publicó un artículo ilustrativo en la revista Ayer, publicación que edita la Asociación de Historia Contemporánea, que ya lanzó un escrito contra el Diccionario por considerar “un disparate” dejar en manos de militantes el análisis del pasado.

Un tono hagiográfico

Ledesma se encerró en la biblioteca de la RAH y practicó una disección al cuerpo de los 25 primeros tomos, de la A a la H. Eligió a los 50 actores históricos fundamentales de la Segunda República, la Guerra Civil y la Dictadura, y concluyó que hasta en 31 de las 50 biografías se recomendaría la publicación del estado del texto tal cual. Las 19 restantes “requieren modificaciones sustanciales o que no se recomienda su publicación en absoluto”. Pero aclara que uno de los problemas más graves del Diccionario no son los protagonistas de este periodo, sino personajes de dudosa importancia cuya elección es todavía más preocupante: “La mayoría de las entradas menos afortunadas corresponden al ámbito de la historia eclesiástica e historia militar”.

Para Ledesma es un escollo que entre los más de 40.000 reseñados haya personajes “de dudosa relevancia histórica”, como aquel cuyas credenciales son ser el “primer tripulante de cabina de pasajeros varón”. El tono y los contenidos son más propios “de crónicas de sociedad”, para este historiador. Además, subraya la asidua presencia del grupo de los asesinados durante la Guerra Civil en la zona republicana: “Lo llamativo es que aparecen no por sus vidas sino por cómo murieron, que suman decenas de ellos, que no hay nada parecido sobre los asesinados al otro lado de las trincheras, y, desde luego, que rezuman un intenso tono hagiográfico-martirial más propio de géneros y formatos de otro tipo”.

Carme Molinero coincide con este análisis. Ella es la directora del Centro de Estudios sobre las épocas franquista y democrática (CEFID) de la Universidad Autónoma de Barcelona. Asegura que esta obra anula el crédito de la RAH como órgano, porque la investigación se ejerce en la universidad y de una madurez que no ha demostrado la Academia. El problema no es el franquismo sino su tratamiento: “Se han encargado las entradas de este periodo a personas que no son expertas en la materia. No se ha hecho una revisión y evaluación externa de las biografías como ocurre en las revistas académicas”. Advierte que, a pesar del gasto y el esfuerzo en esta obra y en contra de lo que cree José Ignacio Wert, la universidad “prescinde de lo que diga la Academia”. Se pregunta qué hacer ahora con el Diccionario y a pesar de apuntar que lo mejor es destruirlo, cree que hay suficientes entradas buenas como para conservarlas y hacer desaparecer las otras.

Proceso de trabajo

Molinero señala como responsables del fracaso a la dirección de la RAH y las comisiones encargadas de diseñarlo. No eran expertos, aunque sabían lo que querían cuando encargaron las entradas a determinados autores. En 2003 arrancaba el proceso de creación del Diccionario Biográfico Español: arriba, la dirección científica, el máximo responsable, Gonzalo Anes, y una serie de comisiones compuestas por académicos que se encargaron de sugerir biografiados, biógrafos y extensión del texto que se dedica a cada personaje. Se montaron cinco comisiones internas y dos externas a la Academia.

“La mayoría de las entradas menos afortunadas corresponden al ámbito de las de la historia eclesiástica e historia militar. Entre los tres miembros de la primera figuraban Luis Suárez (biógrafo de Franco) y el cardenal arzobispo de Madrid Ángel Suquía. Los integrantes de la segunda son siete militares de alto rango”, puntualiza José Luis Ledesma.

Las dudas sobre la labor de supervisión de las comisiones son evidentes, porque deberían haber garantizado la revisión de la obra al completo. En esta falta de control de calidad y en la preferencia de las adjudicaciones de determinadas entradas polémicas está la clave. A pesar de todo, Gonzalo Anes se ha mantenido al frente de su cargo y desestimó la dimisión de su cargo. El resultado, aunque sea injusto, es que una parte menor de las biografías chirría tan escandalosamente que arroja sombras sobre el conjunto.

Así lo cree Juan Avilés, profesor de Historia Contemporánea de la UNED, a quien le parece una obra buena con entradas que “no son de recibo” porque “no cumplen con la objetividad y distancia”. “Se ha tratado de confundir la libertad de expresión con la ideología para justificar esta obra y su tono partidista y sesgado a la derecha. Un historiador tiene ideología, menos cuando escribe”, denuncia Avilés. En su opinión, el defecto más grave de este trabajo ha sido el rechazo al método de investigación creado en el siglo XVIII.

El final de la Historia

El método científico es lo único que les queda a los historiadores. “Aquellos que estamos preocupados por esta deriva ideológica lo único que podemos hacer es seguir trabajando con él”. Las comillas son del profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra, Eloy Martín, para quien el Diccionario “es una ofensiva de la historiografía más reaccionaria y un reflejo del país”.

Por su parte, José Leonardo Ruiz, director del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, cree que gran parte de las entradas están bien hechas y es una buena idea porque en la historiografía española hemos carecido de diccionarios biográficos: “Es una referencia para una biblioteca generalista y podrá ser útil. Sin embargo, el procedimiento de la RAH no parece haber sido el más adecuado”, añade Ruiz, que ha aportado una biografía a la publicación. “No tiene sentido que un medievalista escriba sobre un personaje contemporáneo. La Academia se ha equivocado”, aclara.

Joan Serrallonga no sabe si han encargado la compra de los tomos, pero cree que es una obra importante porque no todas las entradas son polémicas y “de la polémica también se aprende”. Es el director del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona y cree que el debate es importante para ver cómo unas se escribieron desde el rigor y la libertad de la Historia y otras desde el rigor y la libertad de la conciencia de cada historiador. Él mismo escribió la entrada de Pablo Iglesias, que acaba de publicarse con la aparición de los 15 nuevos tomos. Forma parte de la generación que ha escrito la Historia a la espera de que la sociedad se reconozca en sus páginas.

http://www.elconfidencial.com/cultura/2013/01/09/el-diccionario-biografico-promovido-por-el-gobierno-del-pp-es-un-ldquofracasordquo-y-un-ldquoatentadordquo-112492/


16 Julio 36: extraño “accidente” del general Balmes

febrero 16, 2012

Por: EL PAÍS16/02/2012

Por Ángel Viñas

La publicación, el año pasado, de mi libro La conspiración del general Franco,  generó una cierta agitación en la Red. En las páginas y blogs de la derecha y de la extrema derecha se me puso como chupa de dómine. No es de extrañar. En el primer capítulo establecí la tesis de que el comandante militar de Las Palmas, el general Amado Balmes, había sido asesinado por orden del general Franco, su inmediato superior.

Teniendo en cuenta la posterior carrera de Franco centrarse en un asesinato parece, a primera vista, una extravagancia. Sin embargo, en él se dieron cita circunstancias muy particulares. Se produjo en tiempo de paz. Con independencia de que la declaración del estado de guerra, hecha por Franco en Canarias el 18 de julio, fuese totalmente ilegal, la acción no podía cubrirla. El Código Penal entonces vigente (y que Franco mantuvo hasta los años cuarenta) establecía los supuestos que definen un asesinato. Casi todos ellos eran de aplicación al caso.

Francoybalmes2nuevaAunque los rumores sobre el extraño accidente se desencadenaron desde el primer momento, ningún autor se había metido de lleno a examinar las circunstancias en que se produjo. Al hacerlo, hube de ligar el asesinato con la línea conspirativa que había llevado al vuelo del famoso Dragon Rapide. Su ida a Gando y solo a Gando en vez de a Los Rodeos en Tenerife donde vivía Franco se veló siempre con argumentos falaces.

El Franco que apareció en mi investigación es diferente a la imagen que de él se tiene hoy en la literatura, en la cual habría estado dudando hasta que el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio le hizo pasar a la acción. Franco, por el contrario, se decidió a ello hacia mitad de junio. Entre los problemas operativos con que tropezó figuraba la eventual reacción de la poderosa guarnición de Las Palmas, que comandaba Balmes, viejo conocido suyo. Es verosímil que ya la hubiese tanteado a finales de mayo en su primera visita oficial a Gran Canaria. Ciertamente, conectó con varios oficiales y jefes que posteriormente se sublevaron.  A principios de julio, en una fecha indeterminada, Franco se entrevistó secretamente con Balmes y no logró convencerle. Esto “obligaba” a eliminarle. Lo que Franco entonces necesitaba era un avión para escapar desde Gando, adonde se trasladaría para presidir el entierro.  ¿Por qué tenía prisa? Porque debía ponerse al frente del Ejército de Marruecos, cuya sublevación era inminente.

Para el franquismo, reconocer que su Caudillo se había estrenado en la paz con un asesinato hubiera sido inconcebible. Desde 1936 hasta fecha reciente no han dejado de sembrarse falsas pistas para ocultar lo sucedido. Numerosos papeles relacionados con el vuelo del Dragon Rapide han desaparecido. La fecha de su llegada a Gando se manipuló. A Balmes se le presentó como decidido partidario de la sublevación. Se le imputó la extraña costumbre de desencasquillar la pistola apoyándola en el bajo vientre. Todo ello fantasías indocumentadas.

General BalmesEn una versión revisada de mi libro he agregado nuevos datos que refuerzan mi tesis. En primer lugar, gracias al decidido apoyo de la familia Balmes, he aclarado la molesta cuestión de la negativa de Franco a conceder a la viuda la pensión completa que hubiera correspondido a su marido por fallecer en acto de servicio. En 1937 se le denegó. He esclarecido el nerviosismo que debió apoderarse de Franco en los días anteriores al golpe y que llevó al general Orgaz, medio desterrado en Las Palmas, a tratar de obtener un avión alemán de Lufthansa. La llegada a Gando, el 14 de julio del Dragon Rapide y no como siempre se ha sostenido al día siguiente, obvió tal necesidad. He profundizado –y corregido-  la personalidad del capitán (no comandante) Pollard, pasajero del avión, ex oficial de la Inteligencia Militar británica. He contado con nuevos informes de patólogos e incluso de la Policía Científica.

Han quedado identificadas las peculiares condiciones del militar que, en mi opinión, asesinó a Balmes. La matriz de su hoja de servicios es ya, de por sí, extremadamente significativa en julio de 1936. Su interés se acentúa en la guerra civil. Se trata de alguien sobre el cual se extendió, contra viento y marea, la larga mano protectora de Franco. Contra los informes negativos que respecto a él había recogido el SIPM. Contra la petición del juez instructor que intervino en la preparación de un consejo de guerra que se le abrió (posteriormente me he enterado de que no se trataba de uno cualquiera: fue el general Jesualdo de la Iglesia, un purasangre de la peor especie y antecesor del tristemente famoso coronel Eymar al frente de un juzgado, secreto, para la persecución del comunismo y el espionaje). Contra la propia sentencia del consejo que se vio obligado, a petición –obviamente impuesta- del mismo fiscal, a repetir la vista. Contra la segunda sentencia, menor que la primera, pero que fue incluso disminuida por el Cuartel General. En definitiva, un caso cuando menos sorprendente, aunque también es verdad que después, y durante muchos años, el inmarcesible Caudillo dejó de sonreirle. No de forma definitiva. Lo recuperó en los años sesenta.

He ampliado el número de documentos que debieron existir pero que han desaparecido. Tanto en España como, ¡quién lo iba a pensar!, en la propia Inglaterra. Para ciertos servicios, lo que hubo detrás del vuelo del Dragon Rapide es algo que todavía puede quemar.

Dejemos a los franquistas en sus certidumbres. Ni sus historiadores de postín, ni sus alevines, han sido capaces de aportar pruebas documentales en contra. Cuando lo intentan, fracasan. En la página web franquista por excelencia afirman que el teniente coronel Galtier, que sucedió brevemente a Balmes y comunicó a Franco lo sucedido, era un defensor de la República. No podía formar parte de la conspiración que me he inventado. Poco después lo fusilaron. Mentira. Galtier siguió en el Ejército. Ascendió y pasó al retiro en 1943.  Ni siquiera saben investigar.

Ángel Viñas es el autor de La conspiración del general Franco (Crítica).

http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2012/02/el-extrano-accidente-del-general-balmes-el-16-de-julio-de-1936.html


Poema de Luis Cernuda a un brigadista…

noviembre 13, 2011

03 nov 2011

José Iturmendi, ex decano de la Facultad de Derecho, aspiró al rectorado de la Universidad Complutense en las pasadas elecciones. Fue derrotado por José Carrillo, que el pasado 22 de octubre inauguró un monumento a las Brigadas Internacionales en el campus de la citada universidad, donde muchos de estos voluntarios perdieron la vida defendiendo a Madrid de los bombardeos nazis. En esa misma fecha, Iturmendi comentó en el diario La Razón que con ese monolito en honor de los voluntarios extranjeros que lucharon contra el fascismo en la Guerra de España, Carrillo pretendía “reescribir de manera unilateral la memoria histórica” y que tal monumento “no es pertinente, adecuado ni oportuno puesto que no conmemora algo pacífico”.

Las palabras del ex decano de la Facultad de Derecho parecen haber surtido su efecto el pasado fin de semana. Sobre el monolito apareció una pintada en la que sus autores califican de asesinos a quienes acudieron a defender la segunda República contra el golpe de Estado franquista y los regímenes fascistas de Alemania e Italia que lo apoyaron. Esa rebelión armada contra el estado de derecho legítima y democráticamente instaurado es lo que, como bien debería saber el señor Iturmendi, nunca se debió conmemorar, aunque aquí lo estuvimos haciendo y padeciendo durante casi cuatro décadas.

Pocos años antes de morir, como refleja Antonio Rivero Taravillo en su muy documentada biografía en dos tomos de Luis Cernuda (Ed. Tusquets), visitó el poeta una universidad de los Estados Unidos con objeto de leer allí algunos de sus poemas. Fue en ese acto, al terminar su recital, cuando Cernuda se encontró con un ex soldado voluntario de la Brigada Lincoln que lo vino a saludar con la emoción reverdecida por la evocación que los versos habían sembrado en su memoria.

No espero que quienes pretendieron enlodar la memoria de esos luchadores en el campus de la Complutense lean ese poema, escrito por Cernuda en su hotel la misma noche del encuentro con el brigadista, pues probablemente su sensibilidad esté embotada para tales menesteres, pero que un profesor de Derecho ignore, pase por alto o desprecie el significado de esos versos y los manche con su opinión acerca del proceder de aquellos voluntarios me parece desolador y vergonzoso. El poema se titula 1936 y termina así:

Gracias, compañero, gracias
por el ejemplo. Gracias por que me dices
que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
como testigo irrefutable
de toda la nobleza humana.

Público.es

http://blogs.publico.es/felix-poblacion/453/poema-de-luis-cernuda-a-un-brigadista/


LECTURA MEMORIALISTA: Las últimas horas de José Gómez Gayoso y Antonio Seoane Sánchez…

julio 3, 2011

Este opúsculo se publica con motivo de la inauguración, en el Cementerio Civil de A Coruña, del Mausoleo -sencillo- que nuestro Partido inaugurará oficialmente el 13 de diciembre del presente año (2003). Fue diseñado y realizado por el arquitecto don Celestino García Braña a quien nuestra organización rinde tributo de extraordinaria gratitud.
Los dos luchadores antifascistas fueron homenajeados por nuestro Partido, en el mismo Cementerio, el 6 de noviembre de 1998, cincuentenario de su ejecución (polo procedemento do garrote vil*). En esa ocasión, el Partido publicó un díptico en el que figuraban poemas, fragmentos de cartas e ilustraciones fotográficas. Iniciábase el díptico con este texto:
«Los camaradas José Gómez Gayoso (Secretario General del Partido Comunista en Galicia) y Antonio Seoane (Jefe del Ejército Guerrillero de Galicia) fueron ejecutados, por el procedimiento del «garrote vil*», en A Coruña, el 6 de noviembre de 1948. Seoane (coruñés, obrero) y Gómez Gayoso (de Maceda, maestro) fueron torturados cruelmente por defender la causa cien veces legítima de la República.
«Este homenaje que nuestro Partido les tributa es, también, un homenaje a todos los camaradas nuestros y a todos aquellos que fueron abatidos por el franquismo desde la sublevación fascista del 18 de julio de 1936: Manuel Gómes del Valle, Benigno Álvarez, Alexándre Bóveda, Ánxel Casal, Roberto Blanco Torres, Manuel Ponte, Segundo Vilaboi, Florentino Iglesias Varela, Manuela Sánchez, Antonio Ferro, Amador Rey, Daniel Niebla, Humberto Baena…»
Con éste mismo espiritu inauguraremos, el 13 de diciembre, el Mausoleo que va a recordar, para siempre, a Antonio Seoane y José Gómez Gayoso.
El presente opúsculo es publicado, desinteresadamente, Ediciós do Castro, editorial a la que una vez mas, felicitamos por su afán de velar por la memoria antifranquista y republicana. Nuestra fervorosa gratitud a la editorial que hoy ofrece una mustra mas de este cívico labor. Agradecemos también al profesor Xesús Alonso Montero su colaboración literaria en la elaboración del presente opúsculo. También agradecemos a Xosé Ramón Fandiño su labor en el cuidado de la materialidad de la presente edición.**
Diciembre, 2003
Partido Comunista de Galicia
Autores:X. Alonso Montero – X.R.Fandiño
Enlace: Ensenada de Riazor.

http://ensenadaderiazor.blogspot.com/2011/07/las-ultimas-horas-de-jose-gayoso-y.html


Las literaturas ibéricas buscan espacios compartidos en la memoria histórica…

junio 30, 2011

Un seminario analizará el 13 de julio en Donostia el modo en que han reflejado la Guerra Civil las literaturas en todas las lenguas del Estado.

30.06.11 -NEREA AZURMENDI |
San Sebastián. La primera experiencia de colaboración entre el Instituto Etxepare y Eusko Ikaskuntza se materializará el 13 de julio en un seminario internacional que tratará de responder a preguntas novedosas, hasta cierto punto provocadoras, que hasta la fecha no se habían formulado: ¿cómo han reflejado la Guerra Civil y sus secuelas las literaturas del Estado español?, ¿qué memoria histórica comparten?, ¿qué hechos y relatos tienen en común?…
En pleno apogeo de todo lo relacionado con la memoria histórica, el seminario internacional que ayer presentaron la directora para la Promoción y Difusión del Euskera del Instituto Etxepare, Mari Jose Olaziregi, y el director-gerente de Eusko Ikaskuntza, Unai Apaolaza concentrará en un único e intenso día –el 13 de julio– y en un lugar cargado de simbolismo –la Casa de la Paz ubicada en el palacio donostiarra en el que veraneaba Franco– las aportaciones de algunos de los más destacados especialistas en la materia.
Todos ellos, incluyendo a la propia Olaziregi, profesora de la UPV-EHU y estudiosa de la literatura vasca contemporánea, han preparado «intervenciones cortas, de manera que tenga prioridad el debate» para una jornada en la que, previo pago de una matrícula simbólica, podrán tomar parte todos los interesados en conocer cómo «la literatura ha contado lo que no ha contado la Historia, que normalmente escriben los vencedores».
Si Unai Apaolaza subrayó la necesidad de «incardinar la reflexión y la producción científica vascas en un contexto abierto que nos ayude a entendernos a nosotros mismos entendiendo a los demás», Mari Jose Olaziregi consideró la literatura «el escenario privilegiado para mostrar y analizar una realidad histórica silenciada y alterada por la Historia oficial». Porque, a su juicio, entre los más de 50.000 libros que se han escrito sobre la Guerra Civil, son los de carácter literario los que están contando «la historia de las víctimas, del día a día, de las cosas cotidianas…», una tarea que los escritores «han asumido como un objetivo ético».
Aunque, tal como reconoció Mari Jose Olaziregi, «los debates más interesantes han llegado desde fuera», también se ha escrito sobre el tema en España, tanto en castellano, como en euskera, como en catalán y en gallego. Es algo que ya se hizo en el momento de la guerra, y que se ha hecho, sobre todo, en las últimas dos décadas, cuando «la cuestión de la memoria se ha convertido en un ‘boom’ masivo, un tema casi obsesivo». De toda esa producción hablarán los expertos el próximo 13 de julio en una iniciativa que tanto el Instituto Etxepare como Eusko Ikaskuntza consideran muy importante «para prestigiar y difundir el euskera y la cultura vasca y para ir creando redes», en la que se hablara de la memoria histórica desde una perspectiva novedosa, la literaria, buscando espacios comunes y tratando de desvelar si «las obsesiones en común responden a una ética compartida».