Panteones de héroes frente a las fosas de los vencidos…

marzo 23, 2014
Fosa común en el cementerio de San Fernando (Sevilla). // LAURA LEÓN
Fosa común en el cementerio de San Fernando (Sevilla). // LAURA LEÓN

Dice Antonio Gala que, para conocer un pueblo,  es fundamental visitar el mercado y el cementerio. Son testigos mudos de la vida cotidiana y de la historia de cualquier municipio. Así sucede en Sevilla. Las calles del cementerio de San Fernando, una necrópolis de más de 270.000 metros cuadrados en el barrio de San Jerónimo, son elocuentes. Son el documento incómodo de una sociedad que quedó quebrada el 18 de julio de 1936, trazando una línea indeleble entre vencedores y vencidos. “Recoge perfectamente la doble historia del golpe militar y la represión”, explica el investigador José María García Márquez, “panteones y mausoleos de héroes, junto a vencidos en fosas comunes”.

El investigador José Díaz Arriaza ha censado el número de cuerpos depositados en fosas comunes dentro del camposanto sevillano entre 1936 y 1958. Y calcula que hay un total de 28.977 cadáveres en ellas, 3.540 correspondiente a ejecutados, víctimas de la represión directa de los sublevados. Cadáveres hacinados sin orden. “En las fosas del cementerio de Sevilla no solo se enterraban fusilados. Se usó como una forma más de enterramiento depositando en ellas cuerpos de indigentes, fetos, suicidas, fallecidos en hospitales, etc”. Así lo detalló el investigador en el Centro Cívico de Ranilla, en Sevilla, que desde principios de marzo acoge las jornadas Exhumando cuerpos, recuperando dignidades. Se trata, en cualquier caso, de cifras aproximadas, dada la dificultad de documentar los enterramientos.

Solo en los años de la Guerra Civil, se sepultaron 5.615 a cadáveres en las fosas del camposanto -de los 25.435 cuerpos sepultados-. Fue uno de los momentos álgidos, pero no el único: años más tarde, a principios de los 40, las consecuencias del hambre provocaron un repunte en este tipo de enterramientos y al final de esa misma década llegó el tercero, fruto de las “condiciones sociales de violencia e insalubridad” del momento. El horror de la guerra, la dureza de la posguerra y el terror de la dictadura. “Muchas veces nos quedamos en los fusilamentos por bandos de guerra o por consejo, o si acaso, muertos en prisión. Una represión directa”, explicó Díaz, “pero después hay una represión soterrada”. Es difícil clarificar las cifras de represaliados y definir las causas reales de muerte de las víctimas. Pasa, por ejemplo, con los ahogados: ”Un ahogado en el río en el mes de julio vale, y en septiembre, hasta en octubre. ¿Pero en el mes de enero?”, sostuvo el historiador, ”Cuando encuentras a un ahogado y a otro y a otro… ¿Qué son? ¿Suicidios? ¿Palizas y después lo tiraron al río?”.

La primera fosa de San Fernando se comenzó a utilizar en el año 1853, el primer año del cementerio: allí depositaron los cuerpos de un matrimonio procedente de la parroquia de Santa María La Blanca, en el centro de la ciudad, víctimas de una calentura cuando ambos rondaban los 40. Pero fue a partir de 1936, tras el levantamiento militar, cuando se aceleró la actividad en las fosas. La de Pico Reja, un espacio triangular de cuatro metros de profundidad, se abrió en el costado derecho del camposanto: “Durante el mes de julio de 1936, esta será la fosa donde se fueron arrojando los cadáveres de las víctimas causadas por la sublevación”, explicó Díaz. No tardaría mucho en llenarse: el 6 de agosto de ese mismo año, el administrador del cementerio comunicaba al alcalde Ramón de Carranza que la zanja ya estaba próxima a su límite. El investigador estima que allí se depositaron un número de cuerpos no inferior a 1.104: solo 253 están inscritos en los libros de partidas de enterramiento: fallecidos por aplicación del bando de guerra;  ejecutados por sentencia de consejo; heridos por arma de fuego, bomba o metralla; víctimas del enfrentamiento por las tropas, etc. El padre de la patria andaluza, Blas Infante, podría estar allí.

La segunda fosa de la guerra, la del Monumento, empezó a utilizarse en septiembre de 1936. Allí se homenajea cada año, el día 14 de abril, a los fusilados. “Suponemos que se empezaron a depositar cadáveres desde los inicios de septiembre”, explica Díaz, “y el 25 de noviembre de 1939 el administrador del cementerio comunicaba al alcalde que estaba agotada”. Sin embargo, matiza, se siguió utilizando hasta finales del mes de enero de 1940. Allí descansan no menos de 7.401 cuerpos.

Después llegaría la fosa Antigua, un largo pasillo de 25 metros de longitud por unos siete y medio de ancho, donde se enterraron alrededor de 5.621 cadáveres. Su construcción obligó a reutilizar otra zanja en desuso ante los problemas de espacio en el camposanto, utilizándose hasta junio de 1942. Ese mismo año se construyó la fosa de la Rotonda – 10.838 cadáveres- , utilizada hasta 1952. Después llegó la ampliación del cementerio y, con ella, la construcción de dos nuevas fosas. En la primera  -2.153 cuerpos hasta 1955- descansan los cadáveres de los últimos condenados por consejo de guerra. Sobre la segunda -1.860 cuerpos de 1955 a 1958- se construyó un edificio para servicios del cementerio para el año 2009 -los restos hallados fueron incinerados-.

En paralelo, Díaz cree que hay otras dos fosas en la zona del cementerio de judíos y disidentes, donde también fueron enterradas algunas víctimas. Allí están los restos de cuatro víctimas de la represión franquista, militantes de la CNT procedentes de Francia, que se enfrentaron a la Guardia Civil en 1952 en las calles del barrio sevillano de Nervión. ”La prensa local informó de este suceso desvirtuando los hechos para anunciarlo como un delito común y tratando a los protagonistas como un grupo de malhechores con antecedentes criminales”, explica Díaz.

TESTIGO DEL HORROR

El trabajo de Díaz recoge el horror que acompañaba a los enterramientos. Incluso circula información, explicó el historiador, sobre la posibilidad de que algunos de ellos fuesen sepultados vivos, como denunció el capellán del Hospital de San Lázaro ante los servicios religiosas del cementerio. Así se lo comunicó una persona que huyó de Sevilla a las autoridades republicanas en Málaga en 1937: “Con un grupo de los nuestros, no se preocuparon de rematarlos y al día siguiente, el capellán fue a protestar ante el general Queipo de Llano. Fue asesinado un día después”. Para Díaz, es más que probable que la situación fuese frecuente, dados los testimonios. Algunas víctimas fueron rematadas a pie de zanja, incluso por el propio sepulturero.

El título de la investigación, Ni localizados, ni olvidados, resume la situación actual del cementerio de San Fernando. “Ojalá sea posible cambiarlo cuando antes por otro más esperanzador y justo, localizados y honrados”, defendió el historiador. Pero recuperar la memoria de las víctimas, en este caso, parece un trabajo complicado. La mezcla de los restos, el número de cadáveres o la falta de documentación provocan que una eventual exhumación resulte compleja . “No tiene que ser óbice para hacer lo que haya que hacer, son problemas técnicos”, defiende el historiador José María García Márquez. En el cementerio de San Rafael, en Málaga, se han exhumado 2.840 cadáveres de represaliados de unas 4.400 víctimas repartidas por ocho fosas comunes, aunque en este caso todas acogían restos de fusilados. En Andalucía todavía quedan unas 600 fosas sin abrir de las 614 localizadas.

http://www.andalucesdiario.es/ciudadanxs/panteones-heroes-frente-fosas-vencidos/


La mujer, la memoria histórica y las dos caras de la moneda.

julio 20, 2013

Dos historias diferentes, un mismo padecer y sufrimiento. ¿Quién es el culpable? Da lo mismo, lo importante ahora es escucharlas a ellas para poder entenderlas; y quizás, los demás aprendamos algo y nos sirva para empatizar e iniciar ese proceso tan esperado de reparación, reconciliación, pero sin odios, sin olvido y con perdón. Dos mujeres dos historias, mil mujeres mil historias, millones de mujeres son la historia de un país, de nuestro país.

Hay un hecho innegable en la historia de nuestro país, hay una época de la misma a la que podemos considerar la etapa más oscura de ella; y eso, que ya desde tiempos pretéritos nuestra historia se escribe con sangre.

La “Guerra Civil” (a mí siempre me pareció un eufemismo y prefiero denominarla la…”Guerra incivilizada”) como todas las historias tiene un hechos irrefutables, los que sucedieron; pero los motivos, circunstancias, implicaciones y las visones que llevaron a esos acontecimientos pueden variar según le haya ido el baile a unos u otros, lo que sí está claro, es que hay como en casi todas las cosas de la vida difeerntes lecturas o  visiones, es como una moneda; y por tanto siempre hay dos caras. Pero, al fin y al cabo, la historia siempre la escriben los vencedores y,  los vencidos son las víctimas de estos mismos. Aún así, eso no significa que no hayan damnificados en ambas facciones, las vencidas y leales a la legitimidad vigente lo fueron en mayor número y forma y los partidarios de los golpistas salvapatrias también sufrieron en las zonas dominadas por el ejército popular republicano su particular calvario. Ambos sufrieron en sus propias carnes la insidia de la violencia, la sinrazón y el oscurantismo del ser humano, sea por interés, por dogma o váyase usted a saber el porqué ; y lo que es peor, por sendas partes se cometieron injusticias en inocentes, entre ellos los niños y, sobre todo las mujeres de este país. Eso no exime de responsabilidad a ninguno de los dos bandos, el golpista, y el gubernamental que tuvo el soporte de una mayoría de la población civil. La barbarie y la injusticia no entienden de colores.

Pero la “ilegitimidad del golpe de Estado”, la “represión salvaje” llevada a cabo durante y posteriormente a la Guerra Civil por los vencedores créó un nuevo orden con la instauración de un sistema de control civil basado en la falta de libertades, miedo, represión, adoctrinamiento  y el sistema de imposiciones entretejido en todos los estratos del poder por el llamado Movimiento Nacional, que han dejado a España sin poder cerrar una de sus etapas históricas más lamentables. No pretendo hacer juicio de valor al respecto, aunque haya dado mi visión a favor de la República de soslayo; entre otras cosas, porque el vencido es el que paga los platos rotos y el número de casos de violencia, represión, vejaciones, adoctrinamiento, exiliados, encarcelados, etc., ya sabemos a quién le corresponde por desgracia en saldo mayoritario y negativo. Ésa, también es una realidad. Como las de las cuentas, barrancos y fosas comunes sin reconocer todavía. Eso crea un hecho diferencial y agravio comparativo entre unos y otros que hay que solventar para pasar página.

Pero hoy os voy a presentar dos historias de las muchas que acontecieron en aquella España desde los fatídicos 17 y 18 de julio de 1936 y que se engloban en el período del enfrentamiento entre el bando sublevado y los defensores del gobierno legal de la II República (no voy a entrar a analizar las circunstancias, modos y formas que llevaron a tales hechos, simplemente me remito a lo objetivamente acontecido y demostrado por los datos y los hechos históricos); ya que posteriormente, el intervalo de espacio que supuso la posguerra con sus diferentes ciclos; desde la dictadura más cruel a la mal llamada “dictablanda” o era menos represiva del régimen franquista y que fue un intento aperturista del régimen caudillista de Franco que coincidió con su declive y final hasta llegar a la muerte del dictador y posterior transición a la democracia. Acciones que dejaron su impronta hasta el día de hoy.

Teniendo al día de hoy esta  cuenta pendiente por saldar todavía, me refiero al Estado con TODAS las víctimas de la Guerra, posguerra y represión franquista o republicana (aunque en este caso casi fue saldada). Y que nunca se saldará, ni habrá perdón si no se inicia un verdadero proceso de reparación y reconciliación con voluntad política. El tiempo ha pasado y todos nos merecemos descansar en paz, libertad y fraternalmente, pero sin olvidar lo acontecido. Es el único modo de que no vuelva a repetir.

Como siempre la moneda tiene dos caras, pero en esta moneda memorialista ambas caras son femeninas, quizás sea el modo de comprender mejor que la guerra las hacemos los hombres y que el coste lo pagan nuestras hacedoras. Insisto, la memoria no puede ser recuperada sino es completamente, y para ello, se deben reconocer y juzgar los hechos desde las dos facciones independientemente del resultado final que fue muy desfavorable por goleada al gobierno tricolor.

La memoria histórica en boca de las mujeres que la padecieron tanto o más que los combatientes, la memoria de las olvidadas, sufridas, vejadas, abandonadas, olvidadas, violadas, encarceladas, maltratadas, asesinadas, asustadas, huídas, etc., etc. Nuestras bisabuelas, abuelas, madres, tías, hermanas, las de ellas… las que en tiempo de guerra son dobles víctimas, las mujeres. ¡Por la justicia, verdad, reparación y la memoria…! Vaya en esta fecha tan señalada después de 77 años del alzamiento o golpe de Estado, del inicio de la “Guerra Incivil” mi más sincero y sentido homenaje a ellas, a todas las que fueron víctimas sin importarme si fueron rojas o azules, sólo el daño que padecieron. A ellas la historia no las juzgará, los juzgará a ellos, y con alguna excepción algunas serán oídas y recordadas, pero la mayoría seguirán olvidadas y muchas de ellas morirán en el silencio de sus malos sueños y temores sin que nadie se lo haya reconocido.

Soy memorialista, republicano confeso; pero ante todo soy un ser humano que cree en la libertad, la justicia y la igualdad, y hasta en esto, ellas pierden… ¡Por las mujeres, por todas las mujeres que padecieron la crueldad e inconsciencia del hombre! Sirva esto como mi pqueño homenaje a todas.

Jordi Carreño Crispín

Vicepresidente de la Memoria Viv@

1ª HISTORIA:

Ibón S.Rosales jueves, 18/07/13

La niña de la Guerra Civil que creció haciendo de espía para los franquistas…

  • A sus 93 años, María José del Pino recuerda el inicio de la Guerra Civil Española en el 77 aniversario del alzamiento nacional.
  • Llevó información a un prófugo franquista, soportó bombardeos y lo que llama “el amor libre de la República”, esta es su historia.

 

Maria José del Pino Ferrer a los 17 años

María José del Pino tiene 93 años, pero aún recuerda con nitidez cómo un día hace hoy 77 años vio que, con patadas y empujones, sacaban de casa a sus vecinos en Málaga para nunca volver a verlos. Se los llevaron a dar ‘el paseo’. Su destino, una cuneta. Su final, una bala en la nuca. Había comenzado la Guerra civil.

El ejército liderado por el General Francisco Franco, que se levantó en armas contra el gobierno de la II República entre el 17 y el 18 de julio de 1936. Málaga pasó los nueve primeros meses con el bando republicano, nueve duros y catastróficos meses para esta abuela de familia conservadora.

“Mataron a dos amigos, los Barceló. Les pillaron repartiendo propaganda falangista y no lo dudaron ni un momento. Tenían solo 17 años”, cuenta tranquila sentada en el sillón del salón de su casa en Madrid, donde lleva viviendo en Madrid desde que se casó con su ya fallecido marido, un oficial del ejército del aire.

Poco a poco, el miedo se fue extendiendo por las calles de la ciudad andaluza. María José tenía pavor dentro y fuera de casa. No había apenas comida. Los milicianos habían robado todas las gallinas de su casa para alimentar al ejército republicano. Ella y sus hermanos caminaban hasta la playa para coger los peces que se salían de las redes de los pescadores, los llevaban a su casa en cubos y su madre los cocinaba.

Además, estaban los bombardeos. “Íbamos a casa de nuestros vecinos los holandeses. Era el sitio más seguro al que podíamos acudir porque tenían la bandera holandesa”. A María José aún le brillan los ojos, al recordarlo. “Empezábamos a sentir un ruido, y mi madre ya no soltaba el rosario en toda la noche…”.

María José del Pino Ferrer en su casa de Moncloa

Durante aquellos meses María José, que aún no había cumplido la mayoría de edad, incluso tuvo que hacer de espía para el bando Nacional. “Mi padre tenía un amigo escondido en un bidón de agua que solo podía salir de noche. De día le buscaban para matarle”, recuerda.

Todas las noches, apagaban las luces de casa y su padre se ponía los cascos de galena para escuchar la radio franquista, con extrema precaución, si te cogían los republicanos te mataban.

Su padre tomaba nota de los sitios por donde estaban pasando las tropas sublevadas y qué zonas de España estaban ya tomadas por el ejército. Después, le daba esas notas a su hija que se las escondía en el escote. Su cometido al día siguiente era llevarlas hasta el bidón de agua donde estaba el amigo de su padre escondido.

El ‘amor libre’ de la República

María José sufrió también en sus carnes lo que llama “el amor libre de la República”. Según cuenta, consistía en que, si a un chico le gustabas, éste te llevaba consigo y te convertías en su propiedad, obligada a todo lo que él quisiera.

Un día se encontraba sentada en el tranvía cuando un joven miliciano comenzó a mirarla. Los ojos del chico recorrían su cuerpo de arriba abajo y su sonrisa la asustó. Comenzó a ponerse muy nerviosa. Se cambió de asiento, pero la persiguió, y comenzó a decirle que se fuera con él.

Asustada pero valiente, esperó a que el tranvía redujera la velocidad en una curva y saltó. No miró atrás, comenzó a correr todo lo que sus piernas le dejaron.

Una liberación

Pero el momento en el que más miedo pasó, y vio la muerte más de cerca, fue el día en que los nacionales ‘liberaron’ Málaga. Queipo de Llano, locutor de la radio franquista, anunció que las tropas estaban ya a las puertas de Málaga. A la anciana todavía se le ponen los pelos de punta cuando lo cuenta: “Nuestro mayor miedo era que hicieran la guerra dentro de la ciudad”.

Estaba toda su familia con sus amigos holandeses, esperando. Empezaron a escuchar un ruido extraño. No eran bombas ni disparos. El ruido se hizo cada vez más audible y fue entonces cuando escucharon unos gritos: ‘¡Viva España, malagueños salgan de sus casas!’. Eran tanques, el ejército de Franco estaba entrando a la ciudad.

http://www.lainformacion.com/

2ª HISTORIA:

‘Las silenciadas’, la otra voz de la guerrilla antifranquista…

  • El documental ‘Las Silenciadas’ rescata a las mujeres de la resistencia
  • El director Pablo Ces da protagonismo a seis de ellas y a sus familias
  • La figura femenina fue clave tanto como enlace como de guerrilleras armadas
  • La Historia de España obvia la contribución de la mujer a la guerrilla
  • La historiadora Aurora Marco ha recogido sus testimonios en un libro

Natalia Puga | Vilagarcía de Arousa

Actualizado domingo 01/05/2011

Consuelo Rodríguez López, ‘Chelo’, pertenecía a una familia gallega de nueve miembros: sus padres y siete hermanos. La represión franquista posterior a la Guerra Civil le arrebató a sus padres (fueron asesinados tras la contienda) y a cuatro hermanos. Estas dramáticas circunstancias le hicieron reaccionar y pasarse al otro lado, al de la resistencia. Se convirtió en un enlace entre la ‘guerrilla’, que permanecía oculta en el monte con el resto de los opositores al régimen, pero acabó siendo identificada también por la Guardia Civil, de forma que se vio obligada a huir y esconderse en las montañas de Lugo. Allí le esperaban más desgracias. Participó en varios tiroteos y en uno de ellos falleció en sus brazos su ‘marido del bosque’. Después se exilió en Francia, donde vivió oculta hasta el fin de la dictadura.

‘Chelo’ tiene 91 años y sigue viva, pero no ha vuelto a Galicia. Sigue viviendo en Francia y allí le ha trasladado a su hijo sus experiencias y sufrimientos. Los testimonios de ambos son el nudo central del primer largometraje documental que se ha atrevido a narrar esa parte oculta de la historia de España, la de la resistencia, desde la óptica de la mujer. Porque ellas también jugaron un papel muy importante para que en Galicia los opositores al régimen mantuviesen una guerrilla activa hasta bien entrados los años 50, pero “apenas existe documentación sobre estas figuras claves en este momento histórico”. A partir de las investigaciones de Aurora Marco, su madre, el joven director Pablo Ces les ha dado voz en un audiovisual con un título que resume perfectamente cómo fue la vida de estas mujeres, ‘As Silenciadas’ (‘Las Silenciadas’).

Esta mujer y sus desgarradores testimonios pueden aportar mucho a la historia de España. “Yo tengo 32 años y lo que me enseñaron en la escuela no tiene nada que ver con lo que aprendí ahora, a mí me enseñaron que la guerra en Galicia había sido rápida, pero fue uno de los sitios en donde más duró, hasta bien entrados los 50“, relata Pablo Ces, que da a una de las pocas guerrilleras que siguen vivas un protagonismo especial no sólo en su documental, sino también su página web. Una frase de ‘Chelo’ es su carta de presentación.

Familia de Consuelo Rodríguez López, 'Chelo', en O Barco de Valdeorras.

Familia de Consuelo Rodríguez López, ‘Chelo’, en O Barco de Valdeorras.

“Para mí fue un orgullo participar en aquella lucha. Fui varios años enlace y después pase a la guerrilla del monte, con armas y luchando con ellos. No queríamos el fascismo, luchábamos por la libertad, contra Franco. Los fascistas nunca nos pondrán en el lugar que nos corresponde, siempre nos rebajarán. Las guerrilleras éramos como todas las mujeres y nada teníamos que ver con la imagen que tenían de nosotras. Sabíamos cuál era nuestra lucha. Éramos dueñas de nuestros actos y no teníamos que dar explicaciones a nadie”, describe esta particular heroína que se integró en el primer grupo organizado de guerrilleros que surgió en la España de la época: la Federación de Guerrillas León-Galicia.

Historias de vida

Su vida no es la única que protagoniza ‘Las Silenciadas’. Pablo Ces, que ha visto realidad su proyecto gracias a la productora gallega Mr Misto Films, ha querido recuperar “historias de vida de numerosas mujeres que vivieron en la clandestinidad y apoyaron el movimiento guerrillero. Por defenderlo, fueron duramente represaliadas: muerte, cárcel, tortura física y psicológica, exilio…”. Recoge tres perfiles: “las que sufrieron la represión por ser la mujer de, las que eran enlaces o guerrilleras de llano y las que se echaron al monte y cogieron las armas”.

Antonia Rodríguez y Clarisa Rodríguez, violada y asesinada estando embarazada.

Antonia Rodríguez y Clarisa Rodríguez, violada y asesinada estando embarazada.

La familia Valle Valle es otra de las protagonistas. Clotilde Valle, la cuñada del guerrillero ‘Bailarín’ cuenta la historia de la mujer del combatiente, su suegra, sus tres hermanas y su prima, que sufrieron represalias por estar emparentadas con él. “Sufrimos mucho, pasábamos mucho miedo porque cuando nos mandaban ir al cuartel ya pensábamos que podía pasar cualquier cosa”, describe.

Dos enlaces de la zona de Meira, Clarisa Rodríguez y Carmen Geres, son las siguientes protagonistas. Una de ellas fue asesinada en unas circunstancias escalofriantes: “La llevaron para interrogarla y cuando apareció el cadáver estaba embarazada, la violaron y luego la mataron y dejaron en una cuneta. Nos cuenta la historia su hijo”, explica el director.

Borradas de la historia

“Hubo un gran sector de la población que apoyó a esta guerrilla, si no no habría durado lo que duró y todo esto se desconoce. Mucho menos se sabe de las mujeres, que hicieron tanto labores de intendencia (trasladaban cartas, notas, armas; avisaban de los movimientos de la Guardia Civil, abrían casas de apoyo…) como algunas llegaron a coger los fusiles. A pesar de ser la columna vertebral de la resistencia antifranquista, siguen siendo ignoradas o olvidadas”, indica. En este sentido, el documental, además de innovador, es pionero, pues hasta el momento la documentación que había en Galicia al respecto se limitaba a un libro reciente sobre la guerrillera Enriqueta Otero Blanco, María Dolores, y a algunas notas sueltas sobre otras resistentes.

Carmen Fernández Seguín, en la cárcel de Segovia.

Carmen Fernández Seguín, en la cárcel de Segovia.

“No hay ningún trabajo de conjunto que aborde su participación en aquellos años de la década de 1940, porque el silencio y los condicionantes de género ocultaron o borraron su historia”, indican desde Mister Misto, por eso Pablo Ces ha querido aportar “un granito arena para que salga a la luz la historia, para que se sepa lo que ocurrió, sin levantar polvaredas, no para levantar heridas, sino para cerrarlas”.

Carmen Rodríguez Nogueira es otra de sus historias. En su caso, “no fue enlace, pero le fusilaron al marido por ser republicano y los amigos del marido empezaron a ir por su casa para esconderse”, cuenta. “Al final sufrió torturas y estuvo en la cárcel. Entrevistamos a su hijo y a sus nietas y fue muy emotivo, en especial cuando nos cuentan que de las palizas que le dieron tenía el cuerpo tan destrozado que con solo tocarle le salían cardenales”.

El hijo de Carmen Fernández, enlace y guerrillera, relata los 13 años de su madre en prisión. Y el hermano pequeño de la familia de Os Buzos de Mugardos, Guillermo Gallego Abeledo, cuenta cómo sus tres hermanas mayores y su madre colaboraron con la guerrilla y acabaron pasando diez y doce años en la cárcel, para luego exiliarse.

El hilo conductor de todas estas historias son los historiadores Bernardo Maiz y Aurora Marco, que van hilvanando estas vidas con los acontecimientos ocurridos en la época de la posguerra en Galicia. La cinta se proyectó este sábado 30 de abril en la sede de la productora Mr Misto en el municipio de Vilagarcía de Arousa. La entrada era gratuita, “al terminar la proyección pone a disposición del público la ‘caldereta’, para aportar la cantidad de la entrada voluntaria según el gusto del espectador”, cuenta Ces.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/05/01/galicia/1304248966.html


Hasta 727 mujeres fueron víctimas de la represión franquista en la provincia…

marzo 11, 2012

SEVILLA, 8 Mar. (EUROPA PRESS) –

   El historiador José María García Márquez, por encargo de la Asociación Andaluza Memoria Histórica y Justicia (AMHyJA), ha realizado una amplia y exhaustiva investigación sobre las víctimas del régimen franquista en la provincia de Sevilla que verá la luz esta primavera; fruto de su trabajo, se tiene constancia de 727 mujeres que perdieron la vida tras el golpe militar del 18 de julio de 1936.

   En un comunicado, AMHyJA ha indicado que la iniciativa se enmarca en las distintas actuaciones que la asociación lleva a cabo para investigar lo sucedido en Andalucía durante la Guerra Civil y el franquismo, darlo a conocer y honrar la memoria de tantas víctimas olvidadas.

   El colectivo ha explicado que, a diferencia de algunas mujeres que protagonizaron actuaciones destacadas, la gran mayoría no tenía implicación política o sindical alguna y no huyó de sus pueblos, puesto que no temía represalias de los ocupantes, pero en ellas se cebó la represión tras el golpe militar y muchas perdieron la vida por la simple razón de ser madres, esposas o compañeras de dirigentes o militantes izquierdistas huidos que no llegaron a capturar.

   Como ejemplo referido a personas destacadas, AMHyJA ha referido el asesinato el 9 de septiembre de 1936 de Isabel Atienza Lucio, de 72 años y madre del dirigente comunista Saturnino Barneto, o el de Carmen Díaz Ramos, viuda con cinco hijos y hermana del lider del Partido Comunista José Díaz Ramos.

   “Aunque estos hechos se cubrieron con un manto de silencio, sabemos que, como mínimo, doce mujeres fueron asesinadas estando embarazadas, y algunas en avanzado estado de gestación”, ha subrayado la asociación. En palabras de García Márquez, “se trata de asesinatos, de muchos asesinatos; más que 13, 17 o 25 ‘rosas’, hay una auténtica rosaleda de muerte”.

   Y es que solamente en siete pueblos (Fuentes de Andalucía, Villanueva del Río y Minas, Arahal, Paradas, Marchena, Lora del Río y Morón de la Frontera), según los datos de AMHyJA, se registraron más de 200 asesinatos en 1936; en 66 localidades de las 102 que tenía la provincia, “se produjeron crímenes de mujeres y estamos convencidos que faltan muchos casos por registrar”. “Respecto a las mujeres asesinadas por los ‘rojos’, sólo hay constancia de tres en toda la provincia”, han apostillado.

http://www.europapress.es/andalucia/sevilla-00357/noticia-727-mujeres-fueron-victimas-represion-franquista-provincia-20120308175510.html


Mujeres de Puerto Real víctimas del franquismo…

julio 24, 2011

Fotografía extraída del Foro por la Memoria

José Pizarro Fernández

María Concepción Gutiérrez Alfaro y Rosario Prado Gutiérrez estaban afiliadas al Sindicato de Mujeres de la CNT de Puerto Real en 1936. María trataba de sacar adelante a sus hijos como podía. Se había quedado viuda de José Prado, jornalero agrícola y su hija Rosario de poco más de 16 años, la mayor de cinco hermanos, la ayudaba trabajando  en el servicio doméstico.

Cuando sobre las cinco de la tarde del día 18 de julio de 1936 corrió la noticia de que las tropas franquistas habían desembarcado en Cádiz y venían hacia Puerto Real, muchos hombres y mujeres, sobre todo de CNT e Izquierda Republicana, organizaron patrullas de vigilancia “armadas” con poco más de seis escopetas de caza decomisadas que les había entregado la Guardia Civil a requerimiento del Ayuntamiento. Antes, habían registrado algunos domicilios particulares e incluso el colegio de los Hermanos de La Salle en busca de armas que sospechaban guardaban destacados falangistas locales en espera del previsto golpe militar.

Quemaron la Iglesia prioral de San Sebastián y asaltaron la de San José e intentaron cortar las carreteras por ambas direcciones para evitar la entrada de los militares y falangistas que se rumoreaba vendrían desde Cádiz y San Fernando. Al día siguiente, y sin disparar un solo tiro, el Ayuntamiento estaba en manos de la Infantería de Marina llegada de San Fernando que se hicieron rápidamente con la situación deteniendo en primer lugar a las autoridades municipales del Frente Popular. Puerto Real quedaba en manos de los golpistas y en pocos días imponían un nuevo alcalde.

María y Rosario, junto a 73 personas más, fueron procesadas por su participación en estos hechos. Detenidas en el Depósito Municipal, fueron trasladadas al Penal de El Puerto para ser juzgadas en juicio sumarísimo con el resto de inculpados, el 13 de junio de 1938, en la cárcel de la Casería de San Fernando. La pena para ambas, acusadas de “auxilio a la rebelión con concurrencia de atenuación”, fue de doce años y un día, aunque en 1940, les fue conmutada por diez años. A la confirmación de la sentencia, fueron internadas en El Puerto y finalmente, llevadas junto a otras encausadas como María Cumplido Casas, María Garrido Rodríguez o la presidenta del Sindicato de Mujeres Ana Cabello Sánchez, a la Cárcel de Mujeres de Girona donde Rosario, por las duras condiciones en que se encontraban, moría de “tuberculosis pulmonar” el 19 de agosto de 1941. Tenía tan sólo veinte años.

María su madre, continuó presa y un año más tarde, en libertad condicional, volvió a Puerto Real. Durante su reclusión, sus hijos habían sido separados e internados en los hospicios provinciales gaditanos: Juan, Antonio y Manuel en el de Cádiz y Francisco en el de Jerez. La familia había quedado destrozada aunque Juan el mayor, que salió del hospicio en junio de 1940 y Francisco dos meses más tarde, intentaron recomponerla y se establecieron de nuevo en Puerto Real en la casa conocida como la Petit Torre. El último en salir del hospicio fue Manuel, en diciembre de 1942.

Pero igual que su hija Rosario, María, sufrirá también las consecuencias del hambre, hacinamiento e insalubridad del sistema penitenciario franquista. Enferma, ingresaba en el Sanatorio de Santa Rosalía en Jerez, donde murió, siendo enterrada en Cádiz el   20 de julio de 1944. Tenía 55 años.

José Pizarro Fernández es historiador

Memoria Pública (Público.es)

http://blogs.publico.es/memoria-publica/2011/07/20/mujeres-de-puerto-real-victimas-del-franquismo/


‘Las silenciadas’, la otra voz de la guerrilla antifranquista…

mayo 3, 2011
  • El documental ‘Las Silenciadas’ rescata a las mujeres de la resistencia
  • El director Pablo Ces da protagonismo a seis de ellas y a sus familias
  • La figura femenina fue clave tanto como enlace como de guerrilleras armadas
  • La Historia de España obvia la contribución de la mujer a la guerrilla
  • La historiadora Aurora Marco ha recogido sus testimonios en un libro

Consuelo Rodríguez López, ‘Chelo’, pertenecía a una familia gallega de nueve miembros: sus padres y siete hermanos. La represión franquista posterior a la Guerra Civil le arrebató a sus padres (fueron asesinados tras la contienda) y a cuatro hermanos. Estas dramáticas circunstancias le hicieron reaccionar y pasarse al otro lado, al de la resistencia. Se convirtió en un enlace entre la ‘guerrilla’, que permanecía oculta en el monte con el resto de los opositores al régimen, pero acabó siendo identificada también por la Guardia Civil, de forma que se vio obligada a huir y esconderse en las montañas de Lugo. Allí le esperaban más desgracias. Participó en varios tiroteos y en uno de ellos falleció en sus brazos su ‘marido del bosque’. Después se exilió en Francia, donde vivió oculta hasta el fin de la dictadura.

‘Chelo’ tiene 91 años y sigue viva, pero no ha vuelto a Galicia. Sigue viviendo en Francia y allí le ha trasladado a su hijo sus experiencias y sufrimientos. Los testimonios de ambos son el nudo central del primer largometraje documental que se ha atrevido a narrar esa parte oculta de la historia de España, la de la resistencia, desde la óptica de la mujer. Porque ellas también jugaron un papel muy importante para que en Galicia los opositores al régimen mantuviesen una guerrilla activa hasta bien entrados los años 50, pero “apenas existe documentación sobre estas figuras claves en este momento histórico”. A partir de las investigaciones de Aurora Marco, su madre, el joven director Pablo Ces les ha dado voz en un audiovisual con un título que resume perfectamente cómo fue la vida de estas mujeres, ‘As Silenciadas’ (‘Las Silenciadas’).

Esta mujer y sus desgarradores testimonios pueden aportar mucho a la historia de España. “Yo tengo 32 años y lo que me enseñaron en la escuela no tiene nada que ver con lo que aprendí ahora, a mí me enseñaron que la guerra en Galicia había sido rápida, pero fue uno de los sitios en donde más duró, hasta bien entrados los 50“, relata Pablo Ces, que da a una de las pocas guerrilleras que siguen vivas un protagonismo especial no sólo en su documental, sino también su página web. Una frase de ‘Chelo’ es su carta de presentación.

Familia de Consuelo Rodríguez López, 'Chelo', en O Barco de Valdeorras.Familia de Consuelo Rodríguez López, ‘Chelo’, en O Barco de Valdeorras.

“Para mí fue un orgullo participar en aquella lucha. Fui varios años enlace y después pase a la guerrilla del monte, con armas y luchando con ellos. No queríamos el fascismo, luchábamos por la libertad, contra Franco. Los fascistas nunca nos pondrán en el lugar que nos corresponde, siempre nos rebajarán. Las guerrilleras éramos como todas las mujeres y nada teníamos que ver con la imagen que tenían de nosotras. Sabíamos cuál era nuestra lucha. Éramos dueñas de nuestros actos y no teníamos que dar explicaciones a nadie”, describe esta particular heroína que se integró en el primer grupo organizado de guerrilleros que surgió en la España de la época: la Federación de Guerrillas León-Galicia.

Historias de vida

Su vida no es la única que protagoniza ‘Las Silenciadas’. Pablo Ces, que ha visto realidad su proyecto gracias a la productora gallega Mr Misto Films, ha querido recuperar “historias de vida de numerosas mujeres que vivieron en la clandestinidad y apoyaron el movimiento guerrillero. Por defenderlo, fueron duramente represaliadas: muerte, cárcel, tortura física y psicológica, exilio…”. Recoge tres perfiles: “las que sufrieron la represión por ser la mujer de, las que eran enlaces o guerrilleras de llano y las que se echaron al monte y cogieron las armas”.

Antonia Rodríguez y Clarisa Rodríguez, violada y asesinada estando embarazada.Antonia Rodríguez y Clarisa Rodríguez, violada y asesinada estando embarazada.

La familia Valle Valle es otra de las protagonistas. Clotilde Valle, la cuñada del guerrillero ‘Bailarín’ cuenta la historia de la mujer del combatiente, su suegra, sus tres hermanas y su prima, que sufrieron represalias por estar emparentadas con él. “Sufrimos mucho, pasábamos mucho miedo porque cuando nos mandaban ir al cuartel ya pensábamos que podía pasar cualquier cosa”, describe.

Dos enlaces de la zona de Meira, Clarisa Rodríguez y Carmen Geres, son las siguientes protagonistas. Una de ellas fue asesinada en unas circunstancias escalofriantes: “La llevaron para interrogarla y cuando apareció el cadáver estaba embarazada, la violaron y luego la mataron y dejaron en una cuneta. Nos cuenta la historia su hijo”, explica el director.

Borradas de la historia

“Hubo un gran sector de la población que apoyó a esta guerrilla, si no no habría durado lo que duró y todo esto se desconoce. Mucho menos se sabe de las mujeres, que hicieron tanto labores de intendencia (trasladaban cartas, notas, armas; avisaban de los movimientos de la Guardia Civil, abrían casas de apoyo…) como algunas llegaron a coger los fusiles. A pesar de ser la columna vertebral de la resistencia antifranquista, siguen siendo ignoradas o olvidadas”, indica. En este sentido, el documental, además de innovador, es pionero, pues hasta el momento la documentación que había en Galicia al respecto se limitaba a un libro reciente sobre la guerrillera Enriqueta Otero Blanco, María Dolores, y a algunas notas sueltas sobre otras resistentes.

Carmen Fernández Seguín, en la cárcel de Segovia.Carmen Fernández Seguín, en la cárcel de Segovia.

“No hay ningún trabajo de conjunto que aborde su participación en aquellos años de la década de 1940, porque el silencio y los condicionantes de género ocultaron o borraron su historia”, indican desde Mister Misto, por eso Pablo Ces ha querido aportar “un granito arena para que salga a la luz la historia, para que se sepa lo que ocurrió, sin levantar polvaredas, no para levantar heridas, sino para cerrarlas”.

Carmen Rodríguez Nogueira es otra de sus historias. En su caso, “no fue enlace, pero le fusilaron al marido por ser republicano y los amigos del marido empezaron a ir por su casa para esconderse”, cuenta. “Al final sufrió torturas y estuvo en la cárcel. Entrevistamos a su hijo y a sus nietas y fue muy emotivo, en especial cuando nos cuentan que de las palizas que le dieron tenía el cuerpo tan destrozado que con solo tocarle le salían cardenales”.

El hijo de Carmen Fernández, enlace y guerrillera, relata los 13 años de su madre en prisión. Y el hermano pequeño de la familia de Os Buzos de Mugardos, Guillermo Gallego Abeledo, cuenta cómo sus tres hermanas mayores y su madre colaboraron con la guerrilla y acabaron pasando diez y doce años en la cárcel, para luego exiliarse.

El hilo conductor de todas estas historias son los historiadores Bernardo Maiz y Aurora Marco, que van hilvanando estas vidas con los acontecimientos ocurridos en la época de la posguerra en Galicia. La cinta se proyectó este sábado 30 de abril en la sede de la productora Mr Misto en el municipio de Vilagarcía de Arousa. La entrada era gratuita, “al terminar la proyección pone a disposición del público la ‘caldereta’, para aportar la cantidad de la entrada voluntaria según el gusto del espectador”, cuenta Ces.

El Mundo.es (Edición de Galicia)


Una unidad didáctica de FETE-UGT pretende recuperar la memoria histórica de las maestras de la República

abril 15, 2011

Coincidiendo con el 80 aniversario de la proclamación de la Segunda República, el objetivo es rendir un homenaje a las maestras de la República, restablecer su memoria y recordar la represión que vivieron al finalizar la Guerra Civil por la dictadura franquista.

El objeto más importante de este recuerdo es destacar el relato de sus vidas, sus ideales, investigaciones y aportaciones que realizaron a la extensión y renovación de la enseñanza, así como el papel que desempeñaron en la conquista de derechos de la mujer y su lucha por la igualdad de hombres y mujeres, informa el sindicato en nota de prensa.

Este recurso didáctico va dirigido a los alumnos y alumnas de la Educación Secundaria para recuperar la memoria histórica de estas maestras, la actividad educativa renovadora que desarrollaron en la escuela pública, su participación en otro tipo de actividades educativas y culturales (como la Misiones Pedagógicas), su lucha contra el analfabetismo de la población, y su implicación en la elaboración y aplicación del proyecto educativo de la Segunda República.

Esta unidad didáctica se enmarca dentro del Proyecto Sindicadas-Educando en Igualdad, que promueve el Instituto Nacional de la Mujer y las organizaciones sindicales de la enseñanza FETE-UGT, FE-CCOO y STES-i para impulsar la coeducación y la Ley de Igualdad. Se puede descargar de la página http://www.sindicadas.es.

APARTADOS

En concreto, la unidad didáctica estructura sus contenidos en seis apartados que se refieren a ‘La II República y las mujeres’; ‘Educación y Coeducación en la II República’; ‘Las maestras republicanas. Mujeres valientes y comprometidas con la educación en igualdad’; ‘Las maestras en la escuela rural de la República’; ‘La represión de las maestras republicanas’; y ‘Las maestras de la República en el recuerdo’.

Cada punto consta de texto expositivo sobre el tema de estudio, unas actividades para la reflexión donde se especifica metodología, objetivos, tiempo, material, procedimiento, orientaciones sobe la actividad e instrucciones para alumnos y alumnas.

MODELO EDUCATIVO

Con este recurso los alumnos y alumnas de Educación Secundaria y Bachillerato tendrán la oportunidad de conocer el modelo educativo de propuso la Segunda República, la evolución de la educación de la mujer, las “diferencias educativas” entre sexos en la época y la realidad personal y social de la maestras, así como sus logros educativos.

Asimismo, los estudiantes podrán aprender a utilizar el método histórico para comprender y explicar la “importancia” que el trabajo de las maestras supuso durante el periodo de la Segunda República para la construcción de “un presente más justo e igualitario”.

De igual modo, podrán realizar un análisis “crítico” de la “discriminación” de la mujer en esa época, valorando la importancia de la coeducación en ese periodo histórico y el “compromiso” con los principios democráticos.

Europa Press via Yahoo! España Noticias


España masacrada…

marzo 27, 2011

 

Detención de un oficial sublevado en Guadalajara (Fotografía de Albero y Segovia, Ministerio de Cultura (AGA)).

 

La mayoría de los crímenes en la zona republicana se concentraron entre julio y diciembre de 1936, hasta que el Estado recuperó cierto control sobre la justicia y la represión. En la imagen, dos asesinados en una calle de Barcelona (Fotografía: Agustí Centelles, Ministerio de Cultura (CDMH).-

TEREIXA CONSTENLA 27/03/2011

 

Los horrores de la guerra civil siguen saliendo a la luz. Lejos del frente hubo casi tantos muertos como en las batallas. Una represión salvaje contra inocentes que Paul Preston denuncia ahora en ‘el holocausto español’.

El capitán Manuel Díaz Criado no admitía peticiones de clemencia. Admitía, eso sí, la visita de mujeres jóvenes. En la aterrorizada Sevilla de agosto de 1936, tomada ya por tropas sublevadas contra el Gobierno republicano, Díaz Criado disfrutaba a sus anchas día y, sobre todo, noche. “Después de la orgía, y con un sadismo inconcebible, marcaba a voleo con la fatídica fórmula ‘X2’ los expedientes de los que, con este simplicísimo procedimiento, quedaban condenados a la inmediata ejecución”, relató un antiguo gobernador civil. Quienes pululaban a su alrededor le consideraban “un degenerado” que rentabilizó su misión represora para “saciar su sed de sangre, enriquecerse y satisfacer su apetito sexual”.

    Paul Preston

    Paul Preston


    Preston:

    “Un holocausto es la masacre de un pueblo. El dolor del español justifica el título”

    Milicianos llevan en un camión a un grupo de condenados a muerte en Mérida en agosto de 1936 (Fotografía de Iberfoto).
  • “Por cada muerte en zona republicana se registraron tres en la rebelde”.
  • “Falangistas y militares usaron la violencia sexual alentados por sus mandos”.
  • “La crueldad hermanó a individuos enfrentados, pero no igualó acontecimientos”.
  • Carrillo estuvo implicado en la autorización de Paracuellos, según Preston.
  • En las zonas ocupadas por los rebeldes se creaban campos de concentración para alojar prisioneros. Hubo campos de internamiento, clasificación, reeducación y explotación laboral. Fotografía del campo francés de Bram (Fotografía de Agustí Centelles)

    Ese mismo agosto, Pascual Fresquet Llopis, matón de la anarquista FAI, se afanaba en ser digno merecedor del nombre de su patrulla: la Brigada de la Mort. Desde Caspe (Zaragoza) comandaba operaciones de limpieza ideológica en el Bajo Aragón, Teruel y Tarragona, rastreando derechistas a los que ejecutar. La brigada se desplazaba en un autobús de 35 plazas, conocido como el cotxe de la calavera, el mismo símbolo que lucían sus ocupantes en las gorras. Donde los inocentes veían matanzas, Fresquet veía actos de “justicia” revolucionaria. Cuando la CNT decidió frenar sus crímenes, en octubre de 1936, habían asesinado a 300 personas.

    Díaz Criado y Fresquet son algunos de los numerosos depravados con poder que entre 1936 y 1939 contribuyeron a que ocurriese algo salvaje: las víctimas causadas lejos del frente (200.000) casi se equipararon con las bajas del campo de batalla (300.000). La crueldad hermanó a individuos enfrentados, pero no igualó los acontecimientos. Ni por alcance, ni por duración, ni por origen. El alcance: por cada muerto en zona republicana (casi 50.000) se registraron tres en la franquista (entre 130.000 y 150.000). La duración: los crímenes rojos se concentraron en los primeros cinco meses de la guerra, hasta que el Gobierno se rehizo y recobró las riendas, mientras que el terror franquista siguió hasta el final y se adentró en la posguerra. El origen: el exterminio del enemigo -o del sospechoso de serlo formaba parte del plan de los golpistas para doblegar a la población y arrancar la raíz del mal; por el contrario, las autoridades republicanas combatieron a los colectivos extremistas que ajusticiaban por su cuenta aprovechando el colapso del Estado ocurrido tras el 18 de julio. Huelga añadir que unos habían dado un golpe de Estado y otros defendían un Gobierno democrático.

    Al espanto de la retaguardia durante la Guerra Civil viaja el hispanista Paul Preston(Liverpool, 1946) en su nuevo libro, El holocausto español (Debate), donde se recogen las fechorías del capitán Díaz Criado y el matón Fresquet. Y, aun sin conocerlo, el ensayo de Preston también habla de la vida de Valentín Trenado Gómez (Puebla de Alcocer, Badajoz, 1917), que pagó su paso por la milicia republicana con 12 años de encierro en campos de concentración y cárceles. En 1936, el joven Valentín tenía más deseos de divertirse que de hacer la revolución. Hay acontecimientos que, sin embargo, no preguntan. Así que, tras el golpe, recibió un fusil y la orden de dirigirse al frente. “No había cogido un fusil en mi vida”, revive ahora en su piso de Sevilla. Pasó la guerra en Extremadura, le hicieron sargento y, cuando recibió la orden de rendirse, caminó igual de obediente hasta Ciudad Real, donde entregó un fusil que para entonces era un viejo conocido. Tras un consejo de guerra, en Sevilla le destinaron a la construcción de un gigantesco canal para regar latifundios de amigos de la causa franquista. Pasaba hambre y miedo, dormía en barracones. En Tetuán le hicieron picar piedra para una carretera. “No había más paga que la comida: lentejas, patatas y calabaza”, recuerda Valentín Trenado, consciente de una etiqueta que incomodaría a otros: es ya uno de los pocos supervivientes de la guerra, “el último rojo”, le dice su médico.

    Presos en el de Miranda de Ebro, Burgos (Fotografía perteneciente al libro 'Historia del campo de concentración de Miranda de Ebro')

    La biografía de Valentín demuestra que, para los vencidos, no hubo paz, ni piedad, ni perdón. El ensayo de Preston delata la fragilidad de la capa civilizada que recubre a una sociedad. Incomodará, empezando por su título (“Un holocausto es la masacre de un pueblo. Y yo diría que el sufrimiento y el dolor del pueblo español justifican ese título”, defiende) y siguiendo por su contenido: los teóricos y los ejecutores del exterminio de las izquierdas, los robespierres revolucionarios, los alimentadores de checas (centros de detención y tortura en zona republicana) y los pequeños héroes tienen nombre y apellidos. Una gran síntesis histórica sobre el drama de la retaguardia que, poco a poco, se va desvelando sin miradas parciales. La dictadura aireó los excesos republicanos y silenció los suyos. Tras la muerte de Franco, en 1975, los historiadores comenzaron a buscar otras piezas del puzle para recomponer los hechos. Con dificultades: faltan documentos y abundan fosas cerradas. Pero el puzle, empujado por investigadores y asociaciones de memoria histórica, progresa. Lo que aflora, estremece. “Dejando de lado la guerra civil rusa y las dos guerras mundiales, en términos relativos, la española fue una sangría sin paralelo en Europa”, subraya el historiador Ángel Viñas.

    Lo averiguado hoy nada tiene que ver con la verdad oficial asentada cuando Preston era un estudiante que sobornaba a bedeles de la hemeroteca en Madrid para leer diarios de la Segunda República para su tesis. El fantasma de la represión le rondó en sus investigaciones sobre el siglo XX español hasta que en 1998, el año en que publicó Las tres Españas del 36, comenzó a recopilar material y tejió una red de contactos con los historiadores que le han mantenido al día de cada avance. Desde 2003, el libro se ha comido toda la energía del profesor de la London School of Economics. También sus emociones. En su casa de Londres, mientras toma café en una taza donde se puede leer “No pasarán”, en honor de las Brigadas Internacionales, el hispanista confiesa que lloró a menudo. “La inmensa mayoría de los que murieron, donde fuera, no tenían que haber muerto. No me había dado cuenta hasta este libro de la represión en zonas donde no hubo resistencia. Hay una crueldad tan gratuita que el coste emocional ha sido altísimo”. “Mi esperanza”, añade, “es que se pueda leer como una contribución a la reconciliación, lo que no quiere decir olvido, sino comprensión”.

    Coche de Los Guerrilleros de la Noche, de la CNT (Fotografía: Agustí Centelles)

    Preston cree que un historiador suma varias actitudes. Una es la detectivesca, otra, la de empatizar con los demás. Sabiendo esto es fácil entender por qué su esposa, Gabrielle, le encontraba llorando con frecuencia al volver del trabajo. ¿Qué otra cosa puede hacer alguien cuando se pone en la piel del doctor Temprano o de Amparo Barayón para reconstruir el derrumbe de sus vidas?

    Tras la ocupación de Mérida por los rebeldes, se dejó en manos de Manuel Gómez Cantos, un brutal guardia civil, la supervisión de la limpieza. Preston narra su retorcida triquiñuela: “A diario, durante un mes entero, Gómez Cantos recorrió el centro de la ciudad en compañía del doctor Temprano, un republicano liberal, para tomar nota de quienes lo saludaban. De esta manera identificó a sus amigos y pudo detenerlos, tras lo cual él mismo mató al doctor”.

    Ramón J. Sender, escritor de éxito y de izquierdas, y su esposa, Amparo Barayón, estaban de vacaciones en Segovia con sus dos hijos en julio de 1936. El novelista regresó a Madrid. Amparo y sus hijos se refugiaron en su Zamora natal por considerarlo un lugar más seguro. El 28 de agosto, Amparo, junto a Andrea, su bebé de siete meses, fue encarcelada por el delito de protestar por la ejecución de su hermano. La maltrataron, la vejaron y, el día antes de ejecutarla, le arrancaron a su hija de los brazos para internarla en un orfanato católico.

    Es probable que el historiador también hubiera llorado con el testimonio de Mercedes, el nombre falso de una anciana real que perdió a 18 familiares. En el pueblo de Toledo donde ocurrieron los hechos, hace unas semanas revivía lo ocurrido: “En el 36 yo tenía 12 años. Echaron al río Tajo a los dos primeros tíos que mataron, pero el cuerpo de mi tío médico orilló en un pueblo y el forense lo reconoció porque habían sido compañeros de estudio. Al terminar la guerra nos lo entregó. Eran forasteros los que venían a asesinar a la gente que señalaban los del pueblo. A otros tíos los mataron detrás del cementerio. A mi padre lo dejaron morir desangrado, después de tirotearlo por intentar escapar. Yo creo que Dios quiso mucho a mi abuela porque murió el 22 de enero de 1936 y no vio lo que les esperaba a sus 14 hijos”.

    Las mujeres de la familia sobrevivieron con el alma en vilo, entre amenazas y humillaciones. “Nos llamaban los cuervos negros porque íbamos de luto, a veces venían milicianos a exigir que les diéramos cena y cama, y acabaron echándonos del pueblo”. Salieron adelante gracias a gestos solidarios (recibían pan gratis a hurtadillas) y a bordados a destajo de hoces y martillos para la ropa de hombres que odiaban.

    No hay duda de qué causa abrazó la Iglesia, que alentó la violencia contra los republicanos, a los que responsabilizaba del clima de anticlericalismo que había arraigado entre parte de la población. Un sacerdote da la comunión a presos republicanos en la cárcel Modelo de Madrid en 1940 (Fotografía de Juan Guzmán)

    Al final de la guerra volvieron al pueblo, enterraron con honores a sus muertos y acudieron a los consejos de guerra como espectadoras. A veces, Mercedes se encuentra a cómplices de los verdugos en el centro de salud o en la carnicería.

    Los vencidos no pudieron enterrar a sus muertos ni pedir justicia. Ya con Franco en el poder, unos 20.000 republicanos fueron ejecutados, entre ellos Lluís Companys, a pesar de que había salvado a millares de religiosos y otros amenazados por la furia revolucionaria mientras presidió la Generalitat de Cataluña (10.000 personas salieron en barco gracias a sus pasaportes). Después de muerto, un tribunal confiscó los bienes de la familia Companys y se los adjudicó al Estado. La represión se heredaba. Una anomalía que ya habían anticipado los rebeldes durante la guerra en Burgos, donde Preston ubica el fusilamiento de varias mujeres por el “derecho de representación” de sus maridos huidos.

    A las mujeres no bastó con matarlas. Falangistas y soldados usaron con saña la violencia sexual, aunque resulta imposible delimitar su impacto: la violación se borraba a menudo con el asesinato. Preston diferencia la actitud en zona republicana, donde las agresiones sexuales fueron aisladas, y en zona rebelde, donde los mandos militares alentaron los abusos. “Legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y a la vez a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estos comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen”, inflamaba en sus discursos radiofónicos Queipo de Llano.

    Nada más represivo que asumirlo como una actitud desde pequeños, que modele inconscientemente nuestros cerebros. En la famosa fotografía de Centelles, unos niños juegan a fusilar a sus amiguitos como entretenimiento de una plácida tarde infantil

    “La colosal diferencia entre ambas zonas”, señala Preston, “tiene que ver con que uno de los principales fundamentos de la República era el respeto hacia las mujeres. En la zona rebelde, la violación sistemática por parte de las columnas africanas se incluye en el plan de imponer el terror”. Durante dos horas, las tropas disponían de libertad plena para dar rienda suelta a instintos salvajes en cada localidad conquistada. Las mujeres entraban en el botín. Preston describe la escena que presenció en Navalcarnero el periodista John T. Whitaker, que acompañaba a los rebeldes, junto a El Mizzian, el único oficial marroquí del ejército franquista, ante el que conducen a dos jóvenes que aún no habían cumplido 20 años. Una era afiliada sindical. La otra se declaró apolítica. Tras interrogarlas, El Mizzian las llevó a una escuela donde descansaban unos 40 soldados moros, que estallaron en alaridos al verlas. Cuando Whitaker protestó, El Mizzian le respondió con una sonrisa: “No vivirán más de cuatro horas”.

    El periodista John T. Whitaker escribió sobre algunos de los episodios más salvajes del avance rebelde: la matanza de 200 heridos indefensos en un hospital de Toledo o la masacre de la plaza de toros de Badajoz. Preston recupera la respuesta del general Yagüe a Whitaker, que dio la vuelta al mundo: “Claro que los fusilamos. ¿Qué se esperaba usted? ¿Cómo iba a llevarme a 4.000 rojos, cuando mi columna avanzaba contrarreloj? ¿O habría debido dejarlos en libertad para que volvieran a convertir Badajoz en una capital roja?”.

    Al otro lado: Paracuellos. Las conclusiones de Paul Preston no gustarán a Santiago Carrillo. “Decir que no tiene nada que ver es tan absurdo como declararle el único responsable”, resume el hispanista en Londres. Tras un denso capítulo dedicado a las sacas de prisioneros militares para ser ejecutados mientras las tropas de Franco asediaban un Madrid rebosante de ira contra el enemigo, el historiador concluye que Carrillo estuvo “plenamente implicado” en la decisión y la organización de las ejecuciones, a pesar de sus desmentidos. En sus memorias, Carrillo asegura que se limitó a ordenar la evacuación de presos para evitar que se perdiese Madrid (los rebeldes habían llegado a la Ciudad Universitaria) y que el convoy fue asaltado. El odio a los militares hizo el resto.

    Pero los grandes perseguidos en la zona republicana fueron los curas. “Vestir sotana era suficiente para acabar ante un piquete en alguna tapia o cuneta”, escribe José Luis Ledesma en Violencia roja y azul (Crítica). Casi 6.800 religiosos fueron asesinados, a los que se sumaron un sinfín de ataques contra templos y conventos, que fueron incendiados y profanados. “Las iglesias eran saqueadas en todas partes y como la cosa más natural del mundo, puesto que se daba por supuesto que la Iglesia española formaba parte del tinglado capitalista”, escribió George Orwell, tras su experiencia como combatiente en las filas del POUM. En Homenaje a Cataluña (1938) relata que durante sus seis meses de estancia en la zona de España donde también se ponía en pie una revolución solo vio dos iglesias intactas. Los clérigos sufrieron a veces torturas, amputaciones y agonías feroces. Para medir el impacto de esta persecución, el historiador Stanley G. Payne recurre a una comparación: “La fase jacobina de la Revolución Francesa acabó con la vida de 2.000 sacerdotes, menos de un tercio del número de asesinados en España”.

    El anticlericalismo fue un rasgo específicos del conflicto. El brote no fue espontáneo, claro. “La Iglesia católica, que agita la revolución, era vista como parte del statu quo”, señala Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea. Para entender esta persecución son esenciales los capítulos que Preston dedica a describir la placenta del golpe de 1936. La República había aprobado leyes que relegaban a la Iglesia, aliada histórica de la oligarquía y freno modernizador, al plano privado. Se les retira de los colegios y se establecen normas laicas. Amparados en ellas, algunos alcaldes imponen tasas por tocar las campanas o multan por lucir crucifijos. En respuesta a estas provocaciones, la represión del bienio negro (1934-1936) contra la izquierda es jaleada desde los púlpitos, así que los extremistas se van cargando de plomo.

    Casi un millar de religiosos asesinados han sido ya beatificados por el Vaticano, que los honra como “mártires”. Es una memoria selectiva, sin embargo. La Iglesia sigue sin pedir perdón a las víctimas de los curas que empuñaron armas. Unos cuantos. Preston señala que al comienzo de la guerra en numerosas localidades de Navarra faltaban sacerdotes para decir misa porque se habían largado al frente. La violencia de falangistas y militares recibió bendiciones a tutiplén. Entre las rescatadas por el hispanista figura la del canónigo de la catedral de Salamanca, Aniceto de Castro: “Cuando se sabe cierto que al morir y al matar se hace lo que Dios quiere, ni tiembla el pulso al disparar el fusil o la pistola, ni tiembla el corazón al encontrarse cara a la muerte”.

    A Unamuno, que había apoyado en las primeras horas el golpe en Salamanca, le horrorizó: “A alguno se le fusila porque dicen que es masón, que yo no sé que es esto, ni lo saben los bestias que fusilan. Y es que nada hay peor que el maridaje de la dementalidad de cuartel con la de sacristía”.

    Vencidos los ateos, anticlericales y masones, la Iglesia se afanó en salvarlos a partir de 1939. Incluso contra su voluntad. Marcos Ana (Alconada, Salamanca, 1920), que se convertiría a su pesar en el preso político más veterano del franquismo, asistió a escenas dantescas en la cárcel: “Vi a un capellán golpear con un crucifijo a un condenado a muerte porque no quería confesarse”. Ninguna superó, sin embargo, lo que vio en el puerto de Alicante el 31 de marzo de 1939, cuando 20.000 desesperados republicanos se descubrieron atrapados en una ratonera, entre las ametralladoras de la División Littorio en tierra y dos minadores en el mar: “Había gente que se tiraba al agua y otros que se saltaban la tapa de los sesos”.

    Escuchando a Marcos Ana y leyendo a Preston cobra todo su sentido lo escrito por Arthur Koestler en Diálogo con la muerte (1937) mientras esperaba en una cárcel franquista una ejecución por espionaje que finalmente esquivó: “Otras guerras consisten en una sucesión de batallas, esta es una sucesión de tragedias”.

    “El holocausto español”, publicado por la editorial Debate, sale a la venta el próximo 8 de abril.

    El País.com