REPORTAJE: HISTORIA: La mirada de acero de la Legión Cóndor…

Las fotografías muestran un auténtico catálogo de aviones de guerra. Un grupo de militares de la Legión Cóndor observa un bombardero italiano Savoia-Marchetti.- FOTOGRAFÍA DE LA FUNDACIÓN JOSÉ MARÍA CASTAÑÉ

JACINTO ANTÓN 30/05/2010

El álbum fotográfico inédito de un miembro anónimo de la célebre unidad muestra qué fría e inhumana era la visión de los voluntarios alemanes que participaron en la guerra civil española.

“Volamos y combatimos, por la libertad de los españoles nacionales”. Es la inscripción que figura, junto a un “arriba España” y un dibujito del yugo y las flechas, en la primera página del álbum fotográfico inédito de un voluntario de la Legión Cóndor, la célebre unidad enviada por Hitler para apoyar a Franco en la Guerra Civil y que inmortalizó a Gernika por el sutil procedimiento de arrasarla. El álbum contiene alrededor de 200 fotografías que muestran escenas de la vida cotidiana de la Legión Cóndor: aviones de todos los modelos del contingente, en vuelo y en reposo; combates aéreos y terrestres, paisajes bombardeados, instalaciones, algunos momentos de ocio de los militares, imágenes de aliados italianos y españoles, prisioneros, muertos… Las instantáneas ofrecen una visión muy particular, como es lógico, de la contienda y no solo documentan interesantes aspectos técnicos de la Legión Cóndor y su lucha, sino que también revelan detalles de la mentalidad de esos combatientes alemanes en suelo extranjero.

Cañón antiaéreo Flak 18 de 37 milímetros con los artillos Johan, Franz y Fred- FOTOGRAFÍA DE LA FUNDACIÓN JOSÉ MARÍA CASTAÑÉ

  • La mayoría de los voluntarios alemanes llegaban con su cámara al cuello. Curioso turismo del espanto
  • Apenas hay algunos detalles de calor humano y ninguno de compasión, duda o remordimiento
  • Los otros álbumes que se han conservado muestran lo mismo: falta de sensibilidad y ninguna empatía con los españoles

No conocemos el nombre ni el rango del dueño del álbum, actualmente propiedad de la Fundación José María Castañé –que posee una extraordinaria colección de documentos relativos a los conflictos bélicos del siglo XX–. Ni siquiera sabemos si se trataba de un piloto, de un miembro de los servicios de apoyo en tierra de la unidad o de su grupo antiaéreo (hay numerosas instantáneas de los famosos cañones Flak 30 de 20 milímetros –ametralladora– y Flak 18 de 37 milímetros). Lo variado de las fotos y el hecho de que el autor no aparece identificado en ninguna de ellas deja abierta cualquier posibilidad. En todo caso era un tipo ubicuo, vio mucha acción y estuvo envuelto en bastantes fregados. Nunca llegó a dominar el español, como manifiestan algunas de sus numerosas anotaciones macarrónicas en las páginas –”Fotos parra (sic) la patria española”–. No parece que sintiera especial interés por el país y sus habitantes. Los civiles, las grandes víctimas de la guerra, jamás aparecen retratados. La del anónimo militar del álbum es una visión puramente castrense, de alma de acero interesada sobre todo en la tecnología de las máquinas de muerte y su siniestro rendimiento. Apenas hay algunos detalles de calor humano y ninguno de compasión, duda o remordimiento. Tampoco emanan las fotos ese reverso del coraje que forma parte de la experiencia más intensa y valiosa del soldado: el miedo. Nuestro alemán de la Legión Cóndor es alguien con el que difícilmente congeniaríamos. Eran gente especial los legionarios alemanes: el general Volkmann, por ejemplo, segundo comandante de la Cóndor, gustaba de aprovechar cualquier fiesta para subirse a una mesa e intentar tocarse la oreja con el pie. En fin, por lo menos mientras hacía eso no estaba bombardeando.

Confeccionar un álbum parece haber sido todo un pasatiempo habitual entre los miembros de la Legión Cóndor. La mayoría de los voluntarios alemanes llegaban a España con su cámara de fotos al cuello. Curioso turismo del espanto. Les encantaba, al parecer, tener un testimonio de su aventura. Los otros álbumes que se han conservado muestran una visión similar a la de nuestro militar: falta de sensibilidad y ninguna empatía con los españoles.

“Es cierto lo que dices, la Legión Cóndor no sentía respeto ni simpatía por los españoles en general, ni siquiera por los franquistas”, señala Antony Beevor al preguntarle sobre ello. “La única persona a la que parecen haber respetado era al general Juan Vigón, jefe de Estado Mayor de Mola; por lo demás, expresaban desdén y desprecio, como muestran los diarios de Wolfram von Richthofen, que alardeaba de que el liderazgo militar del bando de los sublevados estaba prácticamente en manos de la Cóndor”. Beevor ha buceado en la psique de Richthofen: utilizó profusamente los escritos del tercer comandante en jefe de la Legión Cóndor y primo del célebre Barón Rojo al escribir su libro La guerra civil española (Crítica, 2005).

Cuando uno pasa, retirando cuidadosamente las protectoras hojas de papel de seda, las páginas del álbum, que no se distingue externamente del que cualquiera puede tener en casa con fotos de la familia (aunque luego dentro lo que uno guarda son imágenes de la boda y no de Messerschmitts), se asoma a verdaderas ventanas de la historia. La impresión es más fuerte aún porque en la pared de la sala de consultas de la fundación madrileña, como si te estuvieran echando el aliento en el cogote, cuelgan retratos firmados del estricto Richthofen y de su patrono, Hermann Goering, el despiadado jefe de la Luftwaffe. Para crear más ambiente, sobre la mesa hay un auténtico gallardete de la Legión Cóndor, perteneciente al sargento Heinz Dung, que muestra juntas las banderas de Falange, Marruecos y Portugal y el Fascio y la esvástica, además de la silueta de un avión en picado y un antiaéreo de 88 milímetros.

En la primera página del álbum figura a lápiz la inscripción “LC 88” (el 88 es el número que se le otorgó a la Legión en el seno de la fuerza aérea alemana). En sucesivas instantáneas, ordenadas y documentadas con rigor germánico, podemos ver un verdadero y exhaustivo catálogo de los aparatos de la Cóndor: Junkers Ju 52 (“Olle Adelle”, vieja Adela, escribe el dueño del álbum), Messerschmitts Bf 109, Heinkels He 45 y He 70, o una extraordinaria foto de dos Junkers Ju 87, los famosos Stukas, de los que hubo muy pocas unidades en España (se calcula que 12), repostando. Una imagen de tres Stukas en vuelo como siniestras gaviotas oscuras con alas invertidas está anotada orgullosamente: “Stuka greift uns ar”, ataque de nuestros Stukas. No menos entusiasmo transpira la frase debajo de la foto de tres Heinkel He-111: “Und beste bomber in spanischen krieg”, nuestro mejor bombardero en la guerra española.

Un caza Messerschmitt 109 está identificado como “Maschine von Major Handrick”. Gothard Handrick, jefe de la Jaddgruppe 88, el grupo de caza de la Cóndor, fue uno de los top guns de la legión, con 5 derribos, y luego en la II Guerra Mundial conseguiría otros 10 (y sobrevivió, hasta 1978). El tipo era, además, un atleta olímpico que ganó la medalla de oro de pentatlón en los Juegos de Berlín de 1936 (curiosa forma de celebrarlo, irse a pegar tiros a España). Otras fotos muestran Dorniers 17 (“lápiz volador”), cazas Heinkels 112, la famosa avioneta de reconocimiento Fieseler Storch (cigüeña) –la que emplearon luego Rommel en África y el SS Otto Skorzeny para rescatar a Mussolini en el Gran Sasso; solo se enviaron seis a España–, el Arado Ar 68, que consta con la anotación “Nachtjager” (caza nocturno) y a los Savoia-Marchetti 81 de los “italienische kameraden”.

Una instantánea tomada desde un Ju-52 en vuelo indica “sobre tierra española”. La de una pieza antiaérea de 37 milímetros con sus servidores con el torso descubierto e incluso en calzón corto y tocados con los característicos sombreros blandos de la Legión Cóndor en campaña, reza: “La Cenia”; los artilleros están identificados: “Johan, Franz, Fred”. Otra, con puntitos en el cielo, “Avisiones de rojas”, aviones de los rojos. Muy interesante es una en la que aparece un grupo de soldados junto a un montón de latas y la inscripción “un bombardeo de campo de aviones de nacionales con gas” (?). El propietario del álbum pasó algún tiempo en el aeródromo de La Cenia (La Sénia, Tarragona), una de las bases más famosas de la Legión Cóndor. Varias fotos muestran las instalaciones de “nuestro hogar” e incluso alguna somera actividad social como la visita de “Zwe freunden der Guuarda (sic) Civil”, dos amigos de la Guardia Civil, a los que se ve confraternizando entre cervezas (la Cóndor solía tener buena provisión), o “la grande festa parra un hombre, el sargento Johanno, este un año más”, sintaxis digna de Cruyff. Otras fotos muestran el campamento de los legionarios aéreos en Villalba durante la batalla del Ebro. Entre las instantáneas, imágenes de “prisioneros de la caballería roja,” “Marokan offizier”, “Kavallerie national”, “Mula Kolonne” (columna de mulas) y “bomba sin explotar”. También, “cajas de granadas de manos rusas”, desparramadas por el suelo de un “refugio rojo” y tropas de infantería entrando en La Fatarella.

Algunas fotos, pese a estar tomadas con ánimo documental y pulso firme, nos resultan tenebrosas y desoladoras: ruinas, aviones derribados –en Corbera–, fantasmagóricos “duelos de artillería” como lejanos resplandores en los pequeños mundos encuadrados de las instantáneas. La más escalofriante, macabra, es la de una serie de ataúdes abiertos y desvencijados sobre un pedregal, que el autor fotografió concienzudamente. Puede verse a los soldados en su interior. Abajo, la inscripción “Tote kamaraden”, camaradas muertos. No sabemos qué historia nos refiere esa foto terrible, pero es la que mejor muestra la auténtica cara de la guerra.

Nuestro alemán de la Cóndor sobrevivió, a diferencia de otros legionarios –más de trescientos– que se dejaron la piel en España, como el piloto Fritz Awe, muerto en 1938 al chocar su Messerschmitt 109 con el de un compañero cuya hélice rebanó su cabina (!); el alférez Blankenagel, que recibió un disparo en el pecho mientras descendía en paracaídas tras arrojarse de su caza He 51 en Guipúzcoa, o el oberleutnant Ohlhorst, fallecido en Salamanca en 1937 por espasmo duodenal (véase la lista completa de bajas en la documentadísima obra que han dedicado a la Cóndor Raúl Arias y Lucas Molina, Susaeta, 2009). Especial mala suerte tuvo otro piloto, Kurt Werner, que se abrasó en su He 59 al recibir los efectos de la explosión de un camión enemigo cargado de municiones que él mismo acababa de atacar. Hubo varios accidentes graves de coche y moto a causa del alcohol, y los republicanos, como deplora en sus diarios Richthofen, consiguieron un éxito inesperado al abatir un Ju-52 de transporte en el que viajaban ¡siete pilotos de caza!, que murieron todos al estrellarse el aparato.

El dueño del álbum, en cambio, regresó a casa y, probablemente, desfiló allí triunfal y ufano, muy satisfecho de su aventura en España, cantando, entre otras lindezas, la Marcha de los bombarderos –Bombenfliegersmarsch– de la Legión Cóndor: “Llevaremos la bandera a la victoria y traeremos al pueblo la paz”.

El País.com

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